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Reportajes Investigación Domingo, 15 de Octubre de 2006
Relatos de la colonia árabe en Chile:
EMOCIONES DE MEDIO ORIENTE
Enviado por:  [ Admin ]
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Según la Organización Islámica para América Latina (OIAL), la migración árabe a nuestro continente fue bastante significativa: más de 17 millones de paisanos asentaron raíces en tierras de Occidente que les prometían un futuro mejor. La desgarradora guerra del 14, que devastó gran parte de los territorios de medio oriente, provocó que miles de sirios, jordanos, libaneses y palestinos buscarán, en Brasil, Argentina y Chile, reconstruir su vida, sólo contando con las esperanzas y sueños de recuperar lo que la guerra y la constante dominación les había arrancado.

Por Natalia Saavedra M.

Con un pedazo de la patria que dejaban atrás y sin mucho dinero en los bolsillos, miles de árabes cruzaron el Atlántico a vapor, soportando duras condiciones para concretar su viaje. La mayoría llegaba a Argentina y luego viajaban hasta Mendoza, para continuar a Los Andes, en el ya desaparecido Tren Trasandino. Es que la historia de la colonia árabe en Chile y de la labor que clanes como los Mafud, los Cury, los Hales o los Haleby han forjado, están repletas de emociones imposibles de ignorar.

Rachid Mafud Massú, inmigrante sirio, comerciante retirado: “Durante quince días no comí más que hojas de parra y luego comenzamos a pelear por la maleza”

Don Rachid Mafud tiene 96 años. Tras sus ojos claros se esconden cientos de historias que comenzaron en 1919, tras su partida de Homs, Siria, cuando su casa quedó devastada luego de los bombardeos de la Primera Guerra Mundial. Rachid, de 10 años, y Badia, su hermana de 14, comenzaron su travesía hacia nuestro país luego que su madre muriera.

Su padre, que se encontraba en Chile, les envió 100 libras esterlinas para que se embarcaran a la América. Partieron de Homs al puerto de Beruit, con papeles ilegales y esperando no ser deportados a Siria. Luego siguieron a Marsella, Francia, y allí estuvieron esperando cuarenta días para continuar su viaje. De Marsella a México y de allí a Argentina. Para cuando llegaron a Buenos Aires, el barco en que viajaban fue declarado en cuarentena y pensaron que regresarían a Siria, estando casi al lado de Chile, pero su padre, Abdo Mafud, logró traerlos a Valparaíso en tren.

Hoy han pasado más de 80 años de esa esperanzadora llegada y Rachid, se ha convertido en un personaje admirado dentro y fuera de la colonia árabe. Es miembro fundador del Club Unión Árabe y del Deportivo Árabe, miembro número uno de la Bomba Árabe, gestor de la construcción de la primera iglesia ortodoxa en la región, expresidente de la Unión Homsenia Siria y campeón de la corrida de bicicross de los años 1926 y 1927, entre otras de sus muchas labores.

¿Cómo llegaron a Chile usted y su familia?
Llegué en 1920, con una hermana. Mi papá llegó a Chile antes que empezara la Primera Guerra Mundial; vino a visitar a un pariente en Santiago, pero se declaró la guerra y la familia quedó allá en Siria: mi mamá, mis hermanos y yo. Entregaron mi casa a soldados alemanes y en el primer bombardeo de los ingleses y franceses para desalojar a los alemanes, la destruyeron. Ahí falleció mi mamá, mi hermano y mi hermana. Durante quince días, no comí más que hojas de parra y, luego, comenzamos a pelear por la maleza. Como mi papá se vino para acá, yo no lo conocía, porque era chico cuando viajó. Él nos envió dinero cuando supo que la mayoría había fallecido y que quedábamos sólo dos Entonces navegamos de Homs a Beruit, y allí tuvimos que esperar cuarenta días por un barco, porque teníamos pasaporte turco. Gastamos toda la plata en el “tenterillo” (estudiante de abogado), y nos quedamos si un veinte. Nos embarcaron de noche en un barco italiano, estuvimos ahí durante treinta días y nos fuimos a Marsella, donde permanecimos otros veinte días hasta que consiguieron embarcarnos, porque era todo de contrabando. Nos fuimos a Buenos Aires, ahí mi papá le escribió a un amigo, quien nos dio comida y compró ropa. Después viajamos a Chile en tren. Veníamos en tercera clase, sin asientos, y no sabíamos que mi papá nos había ido a buscar y venía en primera clase. Entonces él recorrió todo el vagón preguntando (porque no se acordaba de nosotros): “¿Es usted Rachid, es usted Badía?”, hasta que nos encontró y nos llevó a primera con él.

¿Es verdad que empezó a trabajar de muy chico y que, inclusive, una vez provocó una pelea para que lo echaran del colegio para poder ganar dinero?
Es verdad, eso fue en Siria. Mi tío quería que yo aprendiera a leer y escribir y yo no quería. En el colegio estaba a cargo de la fila de los niños y se me ocurrió que la forma que me expulsaran era pegándole a los compañeros para que se armara un disturbio. Pero no me echaron, entonces justo me dio sarna y le dije a mi tío que no podía ir a así al colegio y me fui a buscar trabajo a una zapatería. Me preguntaron: “¿Sabe clavar y enderezar clavos? Sí, le dije yo. ¿Sabe enhebrar la aguja? Sí, respondí” y entonces quedé contratado. En Chile mi primer trabajo fue con la familia Maluk, pero era gratis, porque me enseñaban castellano, y durante seis meses no me pagaron. Después, mi primera paga fue lo mismo que costaba un par de zapatos en esa época: quince pesos.

¿Hasta qué año funcionó la paquetería “La Novia” en calle Rawson?
Desde 1924 hasta 1982. Como construyeron el Congreso, esos terrenos se vendieron y pagaron buena plata, pero nosotros no éramos dueños, sino que arrendatarios, así que no recibimos nada. Ahí yo me puse a buscar negocio, pero como estaba el auge de que Valparaíso iba a estar mejor por el Congreso nuevo, todos los comerciantes empezaron, no a vender, sino que a cobrar derecho a llave. Busqué y encontré un local de unos judíos que tenían una mueblería en calle San Ignacio y me ofrecieron el derecho a llave en un millón. Yo llevé el millón y me dijeron: “no, el precio subió, ahora son dos millones”; vendí unas alhajas y volví a los días con los dos millones y me contestaron: “ahora subió a tres millones”. Entonces me puse a pensar que los tres millones mejor me los guardaba y vivía un tiempo.

¿Cómo gestionó la construcción de la primera iglesia ortodoxa en Viña de Mar?

Éramos un grupo de personas, Maluk, Massú, Dabik, yo y otros más. Empezamos a buscar un terreno para construir la iglesia y fuimos a ver uno que estaba al lado de la gruta Lourdes, pero no se podía, porque estaba a un par de pasos de la iglesia católica y los sacerdotes no iban a permitir que quedará una al lado de la otra. Entonces, Juan Massú, que había edificado unos chalets en uno poniente y le había quedado un terreno, nos ofreció venderlo.¿ Y sabe en cuánto me lo vendió?, ¡en quince pesos, un regalo¡ Yo fui presidente de la Comisión Ortodoxa, pero renuncié por mi problema al oído, porque como ahí se me solicitó que aceptáramos a las damas como parte de la organización y yo dije que bueno, me di cuenta que hablaban muy bajito y que susurraban todo el tiempo y yo no les entendía nada. Aunque ahora soy presidente honorario de la comisión.

“Entregaron mi casa a soldados alemanes y en el primer bombardeo de lo ingleses y franceses para desalojar a los alemanes, la destruyeron. Ahí falleció mi mamá, mi hermano y mi hermana”




Aída Haleby Cury, inmigrante siria, abogada y presidenta del Instituto Chileno-Árabe: “Este es un país bendito, lo tiene todo, recibió lo mejor del planeta, ¡somos muy afortunados de ser parte de él!”

Sólo cinco años tenía Aída cuando dejó Siria, junto a sus hermanos Daed y bassin, y en compañía de sus padres, Víctor Haleby Sabbag y Josefina Cury Cahmy. Su tío Luis había partido unos años antes junto a su abuela y ahora ellos lo seguían, porque se habían entusiasmado con la idea de La América. Y aunque su idea original era llegar a Brasil o Argentina, fueron a parar al otro lado de la cordillera.

Aída es una mujer moderna, abogada de la Universidad de Chile, separada y madre de dos hijos. Enfatiza que, a pesar de que ella nunca ha sido discriminada, sabe que existe un tremendo mito sobre la mujer árabe que ella está dispuesta a desmentir. Dice que la mujer de Medio Oriente es tan moderna como la chilena y que sólo tienen la gran virtud de ser unas artistas de la mediación, de allí que tengan matrimonios de esos para toda la vida.

¿Cómo fue su llegada a Chile, fue muy difícil acostumbrarse?
Mi padre trabajó en la Compañía de Petróleo en Siria y mi madre era profesora; al llegar a Chile se instalaron con una fábrica de ropa interior y un negocio del mismo rubro. Lo más notable es que el cambio de ambiente entre Siria y Chile fue benigno para mis padres, por la semejanza del clima y de sus frutas y verduras. Nunca olvidaré que mi madre mostraba las cebollas y las naranjas y decía: “pero si son iguales a los de Siria, no nos podemos quejar”. Y yo, ahora mayor, siempre digo: “Este es un país bendito, lo tiene todo, recibió lo mejor del planeta, ¡somos muy afortunados de ser parte de él!”

¿Sigue cultivando costumbres árabes junto a su familia?
En nuestra familia, cuando aún estaba viva mi madre, continuamos hablando el árabe, cocinando comida árabe e intentando bailar y cantar en árabe, sin perjuicio de que todos estamos absolutamente insertos en las costumbres y la cultura chilena. Esta dualidad de influencia y sentimientos nacionalistas, la puedo retratar con una anécdota: en Chile, tanto nosotros como mis padres, cuando hablamos de Siria o Líbano, nos referimos a “la Patria”, pero curiosamente, cuando estuvimos en Siria y hablamos de Chile con nuestros familiares, decíamos “la Patria”. Desde aquí, Siria y Líbano son “la Patria”, y desde allá, Chile es “la Patria”. No hay duda de que el corazón se puede dividir y el amor da para todos.

¿Ha regresado a visitar Siria?
Sólo en el año 2000 volví, junto con mi hermano y mi cuñada, a Siria, Líbano y Egipto, para visitar a nuestros tíos y primos paternos y maternos, que viven en Damasco y Homs en Siria, y Beirut en Líbano, época en la que los libaneses celebraban la retirada del ejército israelí de su país, después de una ocupación de dieciocho años. Desafortunadamente, poco les duró la alegría. La emoción de volver a pisar la tierra que nos vio nacer y que dejamos hace tantos años, es indescriptible y sólo comparable a la que vi en los chilenos residentes en países europeos cuando visitamos ese continente con el coro de la Universidad Católica de Valparaíso. Entonces, esos compatriotas nos abrazaban, besaban y lloraban, porque éramos un trozo de su Chile querido. Cuando llegamos a Siria, mi hermano se arrodilló y besó su suelo. Mi hermana, junto a su marido, había viajado a Siria en el año 1985.

¿Cuál es el papel de la mujer en la cultura árabe?
Hay quienes piensan que la mujer árabe llegada de Siria, el Líbano o Palestina debió modernizarse con la influencia chilena, pero se equivocan, porque esa mujer siempre fue moderna. Un poco más o un poco menos conservadora, pero moderna. Mi madre, de la generación nacida entre la primera y la segunda guerra mundial, estudió en Siria y se recibió en la universidad de profesora de matemática. Tanto sus vestimentas como sus costumbres no tenían nada que envidiar a la mujer chilena. Tanto es así que cuando llegamos de Siria, las operarias de la fábrica que instaló mi familia en Chile, no podían creer que los hermosos y modernos vestidos de mi madre y nuestros eran hechos en ese país. Creo que, debido a una distorsionada difusión de las costumbres árabes, en Chile se tiene una errada percepción de ellas, especialmente en relación con sus mujeres. Hay que visitar Siria, Líbano, Egipto, Palestina, Jordania y ojalá se hubiese visitado Irak antes de la invasión que la tiene devastada, para saber que, tanto los hombres como las mujeres, son igual o más modernos que nosotros los chilenos. En todo caso, las costumbres de los pueblos, sus valores, principios, ropajes, modales y sistema de vida, se debe respetar, aunque sean distintos a los nuestros. Son igualmente valiosas y válidas. En Oriente a nosotros nos miran mal; primero nos miran como libertinos, como gobiernos que mantienen en una pobreza espantosa en su gente, nos miran que propendemos a la desigualdad de nuestra gente. Para ellos, América Latina es tan submundo o más que ellos. Entonces, ¿tenemos derecho nosotros a despreciarlos?, ese es su modo de vida, diferente tan sólo.

Aída: “Siria y Líbano son La Patria, y desde allá, Chile es La Patria. No hay duda de que el corazón se puede dividir y el amor da para todos”


Galeb Hales, inmigrante jordano, dueño de las tiendas “Yarur” “Los chilenos tenían la misma cara de los árabes. Yo pensaba que me iba a encontrar pura gente rubia y de ojos azules”

Galeb Hales llegó a Chile en la década del 60, fue vicepresidente, durante más de veinte años, de la Cámara de Comercio Detallista, y es un exitoso empresario del rubro textil. Aunque confiesa que hace años fue adicto a jugar en el casino, dice que gracias a su esposa se alejó del vicio. Es un hombre que se considera feliz, padre de tres hijos y amante de la cocina árabe. Su plato favorito es el Mashav, comida típica a base de carne de cordero que se sirve en Mádaba, Jordania, cuando se celebra algún acontecimiento digno de felicidad. Es un hombre moderno y, a la vez, conservador; recalca el orgullo que para él representa que sus hijos sean todos profesionales, pero acota que un matrimonio entre ortodoxos y musulmanes para él, es ir demasiado lejos.

¿Cómo supo de Chile, alguien le había contado algo del país?
Mi tío abuelo vino a Chile. En aquellos tiempos eran cuatro hermanos y no había mucho que esperar en Jordania. Lo mandaron a Estados Unidos a hacer plata, pero el barco paró en Argentina y de ahí cruzaron a Chile. Mi hermano se vino en el año 1948 y de ahí partí yo, que tenía 20 años. Terminé el colegio en Jordania, trabajé allá un año y mi hermano me mandó a buscar. Yo tenía ambiciones, porque todos mis amigos habían ido a estudiar afuera y yo dije: bueno, si no voy a Chile me voy a Alemania, pero al final vine a Chile. Salí de Jordania a Ámsterdam y de ahí a Chile. Yo no sabía lo que iba a encontrar, todo el tiempo estaba llorando por mi mamá, por mi hermana; me costó mucho, porque las familias eran más unidas en esa época. Cuando llegué al aeropuerto, había más de sesenta parientes esperándome. Fuimos donde mi tío Emilio Hales y de ahí vinimos a Valparaíso, a la calle Victoria, porque mi hermano tenía un departamento ahí. Cuando bajé a esa calle, estaba lleno de puros paisanos. Fue una sorpresa. No se cambió el ambiente, los chilenos tenían la misma cara de los árabes. Yo pensaba que me iba a encontrar pura gente rubia y de ojos azules.

¿Cómo llegó a ser dueño de las tiendas de telas Yarur?
A la semana de llegar, fui al local de géneros que era de mi hermano. El compraba aquí, porque en aquel tiempo no se podía importar tela de afuera. Se llamaba Depósito Yarur, porque la fábrica Yarur era muy famosa y el sólo hecho de ponerle el nombre le hacía buena fama. Mi hermano abrió en 1950. En 1977 me independicé de mi hermano, y me fui a trabajar a los dos locales que tengo hoy, uno en el pasaje Quillota y otro en calle San Antonio. Actualmente, mi hijo está a cargo de todo eso y lo hace muy bien. Importa telas de India, Pakistán, China y vende al por mayor a restaurantes, hoteles y hospitales; distribuye a casi todo Chile. Pero yendo más atrás, a mí siempre me gustó el comercio. Y gracias a Dios, he tenido harta suerte.

¿Cómo describiría a la colectividad árabe en la región, cuál es su labor dentro de ella?
Yo creo que somos como una sola familia, porque somos pocos. Siempre el Club Unión Árabe nos mantuvo a todos unidos: palestinos, sirios, jordanos y libaneses. No hay muchas diferencias entre nosotros. Nunca peleamos, uno puede discutir, pero somos unidos, tanto nuestros padres, nosotros y ahora nuestros hijos. Acá en Valparaíso, la colonia más grande es la siria y luego la palestina; jordanos como yo, hay menos. Yo fui presidente de la Iglesia Ortodoxa, ahora está mi hermano; salí porque ya trabajé muchos años. Hasta el año pasado, fui dirigente de la Cámara de Comercio Detallista; fui vicepresidente más de veinticinco años y dejé el cargo que asumió mi hijo Daniel. Hasta ahora soy director del Deportivo Árabe.

“El papel del hombre es proteger a su familia, a sus hijos. Yo doy mi vida por mis hijos y mi señora”


¿Qué personajes admira al interior de la colonia árabe en Chile?
La colonia árabe, especialmente los palestinos en Santiago, son muy importantes, tienen mucha plata. Pero un personaje que admiro es mi tío Alejandro Hales; él fue el ministro más joven de la historia de Chile. Un político honesto que fue Ministro de Minería de Eduardo Frei padre y fue el gestor de la nacionalización del cobre. Fue ministro de Alwyn también. A ese personaje lo admiro, más que a otro por su plata, porque aportó mucho a Chile y siempre hablan bien de él.

¿Cuál es el papel del hombre en la familia árabe?
El hombre es casi el ochenta por ciento de la importancia de la familia, porque el hombre hace a la mujer, la tiene que proteger. Esa es la ley de la vida, casarse para siempre y proteger y querer a lo que tiene alrededor de él; el papel del hombre es proteger a su familia, a sus hijos. Yo doy mi vida por mis hijos y mi señora.

Los primeros registros de ciudadanos árabes en la región, datan del censo de 1895. En 1930, se registró un total de 6.703 árabes en Chile, de un total de un poco más de 4.181.982 habitantes y de 105.463 extranjeros. Se estima que la colonia en el país está compuesta, principalmente, por palestinos (63%), sirios (30%) y libaneses (76%), aunque hay un número no menos importante de ciudadanos jordanos.

Los primeros habitantes que llegaron a Santiago se instalaron en las comunas de Recoleta, Independencia y Matucana, y sus primera instituciones colectivas fueron la Juventud Homsiense en 1913, y la construcción de Estadio Sirio en 1938. En Valparaíso se congregaron a lo largo de toda la calle Victoria.

Después de la Segunda Guerra Mundial, comenzaron a instalarse en Chile las representaciones diplomáticas de los inmigrantes árabes y, actualmente, en nuestro país se encuentran las embajadas de Jordania, Líbano, Marruecos, Palestina, República Árabe de Egipto y República Árabe de Siria.

Hasta el año 1918, y debido a la dominación turca en territorios orientales, los árabes que salieron de sus países debieron hacerlo con pasaporte turco; de allí que con frecuencia se les confunda o se les llame así, a pesar que de turcos sólo tienen el pasaporte. Los puertos de salida más frecuentes eran Beirut, Haifa y Alejandría y el viaje se hacía hacia Génova y Marsella. La mayoría de las familias eran muy jóvenes y llegaron entre los años 1900 y 1930, aunque hacia 1950 también se produjo una importante ola migratoria de los familiares de los primeros que se establecieron. Se estima que en América Latina sumarían 25 millones.

A raíz de ello, se publicaron cerca de una decena de diarios y boletines especiales para la colonia árabe, entre los cuales destacan Al Muercher, el primer periódico chileno escrito en árabe que apareció en 1912.



 
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