|  |
|
|
|
|
|
| |
*Creadora de un estilo de jardín único, el Andescape, esta botánica de profesión ha logrado hacer obras de grandes magnitudes en sitios extremos, dando protagonismo a las plantas, piedras, rústicos materiales de construcción y piezas de arte que brillaron en ese mismo lugar hace miles de años.
“Los troncos añosos graban en sus vientres la historia de sus vidas y en la eterna búsqueda de la luz, las ramas cantan sus goces y sus llantos”, versos como estos nacen en la mente de la paisajista Verónica Poblete, cada vez que su propia esencia se mezcla, o más bien mimetiza, con el entorno que proyecta devolver a su estado natural. Sí, porque esta botánica viñamarina, en sus años de experiencia, se ha dedicado a crear ecosistemas que van mucho más allá de un simple jardín. No importa si es un hotel, una empresa inmobiliaria o un particular quien contrata sus servicios, ella siempre intenta ser fiel a sus principios y priorizar lo que la naturaleza quiere decir en ese espacio.
Tras estudiar Botánica en la Universidad Católica de Santiago y de Valparaíso y ejercer por años la actividad, recorriendo el país a cuatro patas –literalmente-, una enfermedad repentina provocó un cambio de rumbo.
¿Cómo derivas de la botánica al paisajismo? Hace quince años atrás, cuando era botánica, quería encontrar plantas nuevas para el país y, de hecho, encontré una, que se llama Nitrofila Atacamensis. Para esto tenía que subir los cerros más altos y bajar las quebradas más profundas, para ir adonde nadie había llegado. Pues en la orilla de los caminos no había nada que hacer. Pero me enfermé de las piernas, algo muy terrible que todavía me aqueja, y que me está echando a perder y desarmando las rodillas. Pensé qué podía hacer y resolví reciclarme en el paisajismo e irme a estudiar a París, en una organización experta, y aprovechar de visitar los grandes parques.
¿Cuál ha sido tu especialización? El paisajismo con plantas de zonas extremas, es mi fuerte; por ende, yo sé trabajar donde casi nadie sabe. Con mi marido, Pedro Jordán, que es ingeniero civil, formamos la empresa De Jordán y ya llevamos años dedicados a esto a lo largo de todo el país. Mis hijos colaboran también, Pedro, de 26 años, se encarga del dibujo de planos, que le quedan fantásticos y también cálculo de presupuestos y administración de obras. Ximena, de 28, es especialista en filosofía del arte, y ha contribuido mucho en el estudio de los petroglifos, por ejemplo, y en relaciones públicas. La mayor es Verónica, de 31, es sicóloga y no trabaja directamente con nosotros, pero nos acompaña, pues también ha tenido bastante actividad en su especialidad en la empresa Codelco.
NACIÓN ANDINA
“Lo que más me ha gustado hacer hasta la fecha es el paisajismo para hoteles, pues son lugares donde se cuidan mucho los parques y donde hay financiamiento para hacer algo interesante. Como el Hotel Llanuras de Diana en Punta Arenas o el Alto Atacama; no obstante, he trabajado más en el norte, tengo una ligazón con esa zona, pues he estudiado no sólo sus plantas, también la antropología, la arqueología y su arte nativo. Me refiero al altiplano, no sólo de Chile, también de Bolivia, Argentina y Perú. Es una verdadera nación andina que existe hace más de diez mil años.
Sé que creaste tu propio estilo de jardín, cuéntame más…
En el mundo no hay muchos estilos de jardín, los hay ingleses, franceses, islámicos, españoles, japoneses o Xeriscape, que nació en California. Entendí, entonces, que podía ser capaz de dar a luz un estilo absolutamente propio, que he llamado Andescape o un estilo altiplánico.
¿Cuáles son sus características? Es un estilo que sale de la tierra, de la historia, que resume un ecosistema mágico, que es el altiplánico, con todas sus características naturales de plantas, piedras, topografía y la etnia atacameña. Un ejemplo claro es el parque de Las Vegas en Calama y el proyecto que estoy terminando en San Pedro de Atacama, el Hotel Alto Atacama con su parque de cuatro hectáreas.
¿Cómo logras convencer al inversionista para que crea en tu estilo de jardín? No ha sido fácil, especialmente en el caso del parque de Calama. Mi cliente era una minera, pero el destinatario era el Gobierno, por ende tuve que ponerme de acuerdo con los seremis, gente del Ministerio de la Vivienda, alcaldes, CONAF, etc. Yo llevaba mi estilo y me encontraba con frases como “señora Verónica, nosotros no queremos nada de esto, sino un jardín moderno, aerodinámico, de vanguardia, algo que entregue el mensaje al visitante de que esta ciudad avanza y es pujante”. Incluso, alguien llegó a pedirme que hiciera una pista de patinaje en hielo en el medio de este desértico parque nortino.
¿Yaaaa? Así mismo quedé yo, perpleja. Todo surgió porque alguien de la comitiva había viajado a Arizona y había visto un parque de esas características, muy al estilo Disney World.
¿De qué forma consigues que entren en razón? Con una úlcera. Estuve a punto de renunciar; llevo demasiados años estudiando y trabajando en serio como para aceptar esos disparates. Finalmente, logré que entendieran el valor de mi idea y cuando les pillaron los plazos, aceptaron todo y hoy están felices.
¿Te pasó lo mismo con el Hotel Alto Atacama que estás por terminar? No, todo lo contrario, los accionistas son maravillosos; dieron luz a que todo esto fuera realidad, creyeron realmente en mí. De hecho, hoy se ha construido un parque de cuatro hectáreas, dentro del cual hay un hotel, que respeta el entorno y casi no se ve.
PATRIMONIO GENÉTICO
“Estoy convencida de que en el mundo la salvación de las etnias, será cuando se logren consolidar negocios viables con la conservación”.
¿Es cierto que trabajas con los atacameños en estos proyectos? Absolutamente, el 90 % son nativos de la etnia atacameña, a ellos le compré los materiales, ellos trasladaron todo y construyeron conmigo. Siempre la gente trata de “darle” a las etnias, como si fueran unos idiotas que no pueden hacer nada. Yo, en cambio, que en mis investigaciones de años me gané su confianza y cariño de a poco y me hice amiga de ellos, opté por proponerles un negocio para ambos. Estoy convencida de que en el mundo la salvación de las etnias será cuando se logren consolidar negocios viables con la conservación.
¿Con qué te encontraste en ese sector antes de comenzar el parque? Con un valle muy bonito, de colores mágicos, con árboles plateados, cerros rosados y muchas plantas, con una paleta de tonalidades que cambia a lo largo del día. Para desarrollar el proyecto –que ha tardado más de un año- primero hice análisis de suelos, de agua y fui recogiendo una a una las semillas que encontré y las mandé a criar en nuestra Quinta Región en viveros especializados. La idea es repoblar con lo mismo que existía en el pasado e incorporar otras especies del lugar. De esta manera, contribuyo a preservar el patrimonio genético del lugar, que es la forma más moderna de conservación.
¿Piensan incluir animales? Sí, puntualmente llamas, hay una amplia pradera para que vivan estos animales. Nosotros hemos comprado y escogido una a una, pues hay que domesticarlas bien. Es importante que sean de carácter dulce.
¿Qué pasa con los materiales? También se buscan en el sector, nada se compra en la multitienda. Esta tarea implica caminar muchísimo entre las piedras, andar en auto, subir cerros a más de 4.500 metros y una vez que encuentras la piedra que podría servir, hay que preguntar al geólogo si sirve o no y ver si realmente la puedes sacar y bajar. Hubo piedras que sacamos en burro hasta la camioneta 4x4 y de ahí al camión, toda una historia. Luego se hace el trabajo fuerte, con máquinas. Y como te dije antes, toda esta labor la realizamos con gente de allá, quienes dieron su consentimiento. No se violó ninguna de sus creencias en la Madre Tierra que yo acato con toda seriedad. Para mí, la base de la conservación está en creer en la Pachamama.
EL EQUECO
Pese a las bajas temperaturas de las regiones extremas de Chile, Verónica no se saca su falda, jamás usa pantalones; es tan particular su indumentaria, que la gente de Atacama la llama “el Equeco”, pues para sortear el frío debe usar varios ponchos, botas, varios chalecos, dos faldas de lana gruesa y gorros. También les llama la atención su cabello tan largo, muy al estilo de los habitantes de esa etnia y no del citadino común.
El parque del Hotel Alto Atacama recibe al visitante con un comité de bienvenida: “son los guatones, como me gusta llamarles, pero en realidad son amplificaciones a escala perfecta de unas jarras antropomórficas (con cara de hombres o mujeres), vasijas que los atacameños llenaban con chicha, agua u otras bebidas y colocaban en las tumbas de sus seres queridos, pues creían en la vida en el más allá”, comenta la paisajista.
“Aquí nada ha sido inventado, sino que todo nació y es producto de la riqueza natural que había en el lugar”, afirma, mientras describe otros rincones del parque. “Hay una suerte de zoológico de animales, cuya silueta se ha realizado de mano de un escultor, con tuberías de cobre. Son especies del sector, como llamas, ñandúes, flamencos y pumas”. “También incluimos un huerto protegido entre muros, con algarrobo y chañar autóctonos del lugar, higueras, tunas, membrillos, granados, damascos, uvas, etc.”
A diferencia de un parque tradicional, aquí no predominan los árboles, ni las flores, ni menos el pasto, sino los troncos de árboles secos, las piedras de origen volcánico, mármoles, lajas, en fin, de todo tipo, que hacen las veces de muros o esculturas, hay cactus, gravilla de colores. Entre medio hay miradores de la luna, una gran laguna para recibir a las aves, explanadas para hacer yoga, sectores para disfrutar de una fogata nocturna y algunas piscinas termales que aprovechan las aguas mineralizadas del sector.
¿Cómo fue la reacción de los atacameños cuando les propusiste volver a aplicar las técnicas ancestrales? Se sorprendieron, pero logré convencerlos para que retrocediéramos juntos 300 ó 400 años de historia en sus técnicas de construcción.






|
|
|
|
|
|
Envía esta noticia a un amigo Página para imprimir | |
|
|
|
|
|
|
|
|
|