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Durante un día compartí con los socios de este grupo tuerca, con quienes conversé, reí y viví mi primera competencia en las empinadas y pronunciadas dunas de Ritoque. A continuación, los pormenores de un novato en la materia.
Por Alberto Irarrázabal R.
Esta no es una nota periodística normal, de esas que son éticamente correctas; no, para nada. Esta es una crónica que grafica lo que es vivir con la adrenalina al tope, sentir el rugir de los motores y, en cierta medida, saber que un error puede pagarse caro. Tal vez demasiado, para mi gusto.
11 horas: Copec de Concón. - Periodista: “Aló, Pato. Te estamos esperando”. - Patricio Paiva: Ok, voy a mandar a Luis Amenábar a buscarte; anda en un jeep negro descapotable. Esperamos un rato hasta que aparece un tipo joven, con un gorro de ala completo, con lentes, como salido de uno de esos programas de Natgeo o Animal Planet. Nos dice que lo sigamos (en el auto en que andamos junto con mi intrépido reportero gráfico), a lo cual accedemos. Así enfilamos rumbo a Ritoque. Minutos más tarde, nos salimos de la carretera para adentrarnos hacia las míticas dunas. Ingresamos por un predio que es de propiedad de la Inmobiliaria Las Mercedes, que gentilmente deja entrar a los miembros de Amistrack
Estacionamos el auto y Luis nos invita a subir a su jeep, que debe valer varios millones de pesos. Así enfila hacia un coloso de arena y nos dice: ¿camino fácil o difícil? Pero antes que dijéramos algo, él mismo responde: “el difícil”, dice entre risas. Luego de unos sube y baja, llegamos a una planicie, donde detiene el vehículo y nos dice: “llámenme Arriero”.
Al llegar al epicentro de los jeeperos, nos recibe un grupo encabezado por Paiva y otros socios que nos explican que esperaremos a los otros pilotos que participarán, pues la carrera comenzará alrededor de las 13 horas. Así que aprovechamos de conversar de diversos temas, amenizando el tórrido paso del tiempo. Mientras tanto, acuerdo con Paiva, que es conocido como Hidro-gen, para ser su copiloto en la competencia.
“Enfilando hacia los montículos, nos sigue un vehículo construido artesanalmente. Subimos y bajamos pronunciados caminos, con unos 50 grados de pendiente. Al bajar, el que nos seguía se vuelca y los dos pasajeros salen disparados de sus asientos”
12.30 horas: Hay poco movimiento, los demás brillan por su ausencia. Arriero me invita a hacer un recorrido por el circuito. Acepto, después de todo ¿qué podría pasar? Enfilando hacia los montículos, nos sigue un vehículo construido artesanalmente. Subimos y bajamos pronunciados caminos, con unos 50 grados de pendiente. Al bajar, el que nos seguía se vuelca y los dos pasajeros salen disparados de sus asientos. Con Arriero nos bajamos rápidamente y nos percatamos de que uno de ellos tiene una pierna rota. En cosa de minutos llegan los demás, entablillamos la pierna fracturada y subimos al herido a una camioneta para trasladarlo a un centro asistencial.
Posteriormente, otro socio remolca el vehículo accidentado y los demás “peinamos” la zona en busca de fragmentos de fierros o vidrios. Arriero me explica: “debemos dejar la zona mejor que como estaba antes, esa es la regla”. Paiva me mira y dice entre risas: “¿todavía quieres ser copiloto?” Realmente lo pensé.
14.00 horas: Nos comemos un “choripán”, mientras comienzan a llegar más pilotos. Hay unos quince todo terreno de todas las marcas y modelos, muchos de ellos con propaganda y calcomanías: Raid 4x4, Colliguay, Monster truck, Raid Dakar y, por supuesto, Tell, se repite en varios. En ese momento, por los altoparlantes se da instrucciones para que los pilotos se inscriban, se explica en qué consiste la prueba y se sortea el orden de partida.
15.00 horas: Se inicia la vuelta de reconocimiento, momento cuando aclaran que la Copa revista Tell Magazine es una prueba por tiempo. Y donde el copiloto cumple un papel clave, pues debe bajarse en dos oportunidades, primero para mover unas ruedas y tirarlas a un foso, para que el jeep pase por encima, y luego dejarlas en su lugar. La segunda, bajar y subir una duna, tomar una bandera y devolverse. La cosa ya no se veía tan fácil.
“Tomo la bandera y regreso; todos me alientan, pero en mitad de la duna, ya no puedo más, cada pierna pesa varios kilos más y parece que el coloso de arena me abraza y atrapa”
15.25 horas: Tenemos el tercer turno. A bordo de un Suzuki Samurai rojo nos ubicamos en la línea de salida. “3-2-1, fuera”. Hidro-gen acelera, toma las curvas y sube los cerros con habilidad. Mi turno se acerca, temo hacerlo mal y quedar como un tarado.
- Pato: Anda sacándote el cinturón, no más. - Periodista: Perfecto
Me bajo y corro para tirar las tres ruedas al interior del foso. Pato pasa, pero con tan mala suerte que una llanta queda enganchada debajo del bólido y es arrastrada, lo cual nos resta valiosos segundos. El recorrido sigue y nuevamente debo bajarme, esta vez una amenazante duna me hace temer y enfrentarme cara a cara al ridículo y dejar en evidencia mi evidente sedentarismo.
Bajarla es fácil, subir se complica, mientras todos los rivales de turno y los espectadores están viendo mi performance, listos para reírse. Tomo la bandera y regreso; todos me alientan, pero en mitad de la duna, ya no puedo más, cada pierna pesa varios kilos más y parece que el coloso de arena me abraza y atrapa. “No puedo, no puedo”, grito. Jota (José Peña, uno de los jueces de esa oportunidad) me agarra de un brazo y me arrastra; mis extremidades inferiores no respondían. Parecía uno de esos ebrios que no pueden ponerse de pie. Finalmente, subo al vehículo y llegamos a la meta, nuestro tiempo es cinco minutos y algo más, no es malo, pero hay que esperar el desempeño de los otros.
Bajé del vehículo, me tiré en el suelo y experimenté la peor media hora del último tiempo. Me dolía hasta el alma, mis piernas estaban anestesiadas por el dolor. Traté de disimular, pero qué más da. Estaba hecho pedazos. Curioso, periodista deportivo sin reacción, sin una gota de energía. Cuando por fin pude reaccionar y volver a caminar, vi que todos los copilotos sin excepción sufrieron idénticos rigores de la prueba, unos más que otros. Es digno de destacar a dos féminas que no echaron pie atrás, pese a que después ni siquiera emitieron sonidos.
Para la posteridad quedará que salimos cuartos entre diez competidores, nada mal para empezar, creo. En tanto, en el plano personal, puedo asegurar que, pese a sentir un poco de vergüenza por mi mediocre rendimiento físico, sentí el espíritu de Amistrack, un grupo que en torno a los motores tiene una instancia para divertirse y recrearse sanamente. Gracias a todos. Pero ahora volvamos al periodismo.





DE LOS FUNDADORES Y OTRAS VIVENCIAS
Amistrack nació hace ocho años, cuando unos jeeperos se encontraron casualmente en las dunas de Ritoque, conversaron sobre sus máquinas y acordaron reunirse el fin de semana siguiente. Así, luego de algún tiempo, surgió la idea de formar un club. Los integrantes eran: René Álvarez, Miguel Bustamante, Marcos Bustamante, Marcos Martínez, Patricio Rojas y Jurgen Dahl-Skog. Este último es el único que se encuentra activo, pues los demás no continuaron.
“Cangrejo”, como le gusta que lo llamen, lamenta la ausencia de sus camaradas y explica que por diversas razones están alejados, aunque “sé que aún mantienen el espíritu y amor por las máquinas. En el corto plazo, volverán a reunirse en torno a los motores”.
Pero pese a que sus socios originales no están presentes, Cangrejo reconoce que disfruta cada minuto en las dunas, junto a su hijo y su 4X4. Un vehículo que cuida mucho, pues para él esto no es competitivo, “es divertirse en familia; además, hay que ser responsable, cuando no lo eres suceden accidentes”.
También aprovecha de mandar un mensaje: “venir acá solo en un jeep, es complicado”. Además, explica que hay que tener sólidos conocimientos de mecánica, pues siempre hay algún detalle que arreglar.
Se acerca a la conversación otro socio, un hombre con aspecto alemán. Su nombre es Franz Wilder, su apodo Makaco, quien confiesa que llegó el 97, al poco tiempo que se fundó el club, y que ha visto pasar a mucha gente que viene y se va, pero él sigue siendo fiel a este estilo de vida.
¿Qué se necesita para ser parte del club? Tener un jeep y que te guste, pues es medio sacrificado. Básicamente a uno le tiene que gustar andar en jeep, estar preparado por si falla y arreglarlo en el camino.
¿Pero no te da miedo quedar varado? No, pues acá hay harto compañerismo, nos ayudamos mutuamente, pues todos sabemos que estamos expuestos a que te pase algo. Y lo bonito de esto es todos los que salimos volvemos, si salimos diez volvemos diez, no importa el percance que haya.
¿Y le ha tocado que lo ayuden? Claro, una vez me tocó estar hasta las tres de la mañana en el Aconcagua, donde me quedé pegado (enterrado) y todo el grupo ayudó hasta que logramos sacar el vehículo. Imagínate que era como arenas movedizas, estuvimos desde las 20 horas hasta las 4 de la mañana, hasta que salió.
Le debe salir caro mantener el jeep Hay que ponerle jaula, buenas ruedas, radio comunicador. No terminas nunca, pero si tuviera más plata, le pondría más. |
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