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EDICIÓN | Julio 2013

Vértigo

Por Maximiliano Mills, www.maxmills.com
Vértigo

La atmósfera creada por la partitura de Herrmann y las imágenes de Hitchcock en Vértigo te rodean con la inquietante realidad del otoño inmutable, en un San Francisco inalterado. La tensión es sutil y la intriga llega a irritar. La pantalla exuda la sensación de mareo que el título propone.

Vértigo es considerada el pináculo en la carrera cinematográfica de Alfred Hitchcock. Estrenada en 1958, es un melodrama de cine negro y suspenso. Su guión está basado en la novela Vértigo: de entre los muertos, escrita por Boileau y Narcejac. Protagonizada por James Stewart y Kim Novak, describe a un detective jubilado que sufre de acrofobia. Pero en la segunda capa del guión, es una obra visual sobre las parálisis sicológicas y físicas, lo frágil que es el amor y lo peligroso de la obsesión.
 
California, enero de 1994. Iba a reunirme con mi editor fotográfico cerca de la Misión San Juan Bautista, y pasé en mi auto frente a una pequeña iglesia que me pareció desconocidamente familiar. Durante el almuerzo le pregunté qué nombre tenía... “es la iglesia donde se filmó Vértigo”... “¡Nooooo!”, fue mi respuesta inmediata. Como admirador de Hitchcock, no podía creer lo afortunado que era y apenas terminado el almuerzo, me dirigí a recorrer la icónica iglesia, incluyendo la torre, la misma donde Madeleine cae en la escena que origina el enigma. Si hay algo encantador de Vértigo es cómo retrata el área de la bahía de San Francisco y sus aquietados alrededores, envuelto en la música tensa y circular de Bernard Herrmann (la otra mitad de Hitchcock y quien para mí fue su complemento decisivo en sus cinco mejores películas realizadas durante su etapa en Hollywood).
 
La trama de Vértigo roza en la simpleza; el detective de policía Scott Ferguson padece de acrofobia y es forzado a retirarse cuando su compañero cae desde una cornisa, mientras los dos perseguían a un delincuente. Ya jubilado, lo llama Gavin Elster, un ex compañero de colegio, que lo contrata para vigilar a su esposa Madeleine. Es una mujer hermosa que vive un estado de retraimiento y melancolía, quien dice estar poseída por el espíritu de su bisabuela, Carlota Valdés, la que murió hace cien años. Ferguson vigila a Madeleine por variados lugares de la ciudad: museos, tiendas, hoteles y cementerios. Incluso intenta impedirle un intento de suicidio. Aquí descubre que se ha enamorado de ella y sufre un colapso nervioso. Tiempo después conoce en la calle a Judy Barton, una mujer común que asocia de inmediato con Madeleine. Decidido a recuperar su amor perdido, se vuelve su amigo y se propone intentar transformarla en su vivo recuerdo, haciendo que se vista como ella y que reproduzca sus maneras de gesticular. Uno de los sellos más característicos en el cine de Hitchcock —sus cameos— aquí tampoco está ausente: en el minuto diez con cincuenta segundos, el robusto director pasa la puerta de entrada al astillero.
 
Una vez le preguntaron a Hitchcock qué gesto individual definía su cine: “Cuando niño estaba en una confitería, y cuando suponía que el dueño no me estaba mirando, saqué de un frasco un puñado de caramelos. Llegando a la puerta me tomó del hombro diciéndome ‘¡te voy a castigar pequeño ladrón!’. Me sentó y comenzó a subir su inmensa mano para abofetearme con violencia. Justo antes de recibir el golpe en mi cara, detuvo su mano y me dijo que me fuera y que no regresara. Nunca he sentido tanto miedo y suspenso combinados. Los eternos segundos del tipo levantando su mano para golpearme es lo que intento reproducir para crear el suspenso que emanan mis películas”.
 
La atmósfera creada por la partitura de Herrmann y las imágenes de Hitchcock en Vértigo te rodean con la inquietante realidad del otoño inmutable, en un San Francisco inalterado. La tensión es sutil y la intriga llega a irritar. La pantalla exuda la sensación de mareo que el título propone. Quedas atrapado y la única salida es acompañar al detective Ferguson hasta el final en su descabellada obsesión. Cine puro, efectos especiales mínimos y un guión enervante y sostenido. Si una voz como la de Pavarotti nace cada cincuenta años, la genialidad de Hitchcock debería ser clonada para que pudiéramos seguir disfrutando del estilo más crudo y cinéfilo jamás creado: mantenerte pegado a la butaca del cine esperando el siguiente crimen.
 

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