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EDICIÓN | Mayo 2013

“No tengo pudor”

Pilar Ovalle, escultora
“No tengo pudor”
Con veinte años de carrera escultórica y varias nominaciones a los premios Altazor, las obras de Pilar están repartidas por el mundo. De gran formato, ensambladas con madera nativa de distinto tipo, textura y grosor, su trabajo sigue siendo fecundo. Dueña de una creatividad inagotable y fiel a su estilo constructivista, acaba de exponer en Washington.
“Es la madera la que me cautiva”. 

por Macarena Ríos R. / fotografía José Luis Salazar A.

La luz de la tarde cae a raudales sobre las esculturas y el pelo ondulado de Pilar. La madera está presente de todas las formas posibles en los amplios espacios que conforman su casa. Acaba de llegar luego de trabajar todo el día en una obra de doce metros que está haciendo en el sector de El Bosque. Y a pesar de su evidente cansancio, hablar de arte la reactiva. 
 
Menuda, observadora, y con un discurso rayano en lo poético, dice que le encantaría fundir una obra en bronce, que le gustan mucho las esculturas del británico David Nash y que la mejor hora para crear es el crepúsculo.
 
¿Por qué la madera?
Me encontré con ella cuando estaba estudiando arte en el Mulato Gil, un lugar que me dio mucha libertad y personalidad frente a esta disciplina y que fue creado por Milan Ivelic junto al artista plástico Eduardo Garró. A pesar de que me encantaba el dibujo, durante el primer año de carrera me dijeron que tenía que seguir escultura porque me salía muy bien el volumen. Investigando materiales llegué a la madera y nunca más la solté.
 
¿Qué te inspira?
Mi manera de mirar el mundo, de entender el estar aquí. Mi trabajo es un espejo de lo que a mí me está pasando, consciente o inconscientemente.
 
¿Hay algunos días más creativos que otros?
Hay momentos de lucidez total frente a lo que quieres reflejar y sacar adelante, como hay otros días más pasivos, en los cuales estás absorbiendo. En esos días lo importante para mí es mantenerme trabajando sistemáticamente en el taller, para no enfriar la mano, para no enfriar la línea.
 
¿Tu creación es permanente?
Aunque tengo momentos en que dejo la acción escultórica, sigo ejerciendo mi creatividad en la huerta o cosiendo ropa o cocinando. La creación tiene que ver con la motivación.
 
¿Qué te mueve?
La emotividad frente al entusiasmo de estar vivo. Nací muy despierta hacia la vida. Mi entusiasmo viene de la capacidad de hacer y de transformar y de reparar, y de encontrar.
 
¿Te sientes expuesta?
No me siento expuesta, no tengo pudor frente a lo que hago, a sacar fuera cualquier tipo de creatividad. Al contrario, creo que he sido una persona muy coherente, porque he hecho lo que he tenido que hacer. Me siento muy productiva y eso me tiene feliz.
 
¿Los nervios siempre están?
Los nervios han ido cambiando según mi crecimiento personal. Al principio tuve bastante pánico escénico, pero eso ya no ocurre porque cada vez me distancio más cuando tengo mi obra expuesta, incluso creo que en las inauguraciones no tengo por qué estar.
 
 
INOLVIDABLE
 
Pilar Ovalle dejó su casa a los pies del cerro San Cristóbal —lugar al que llegó luego de un paréntesis de algunos años en El Algarrobito, a donde partió recién casada y tuvo a sus tres hijos—, y se trasladó hacia el oriente, con todas sus esculturas hechas de ciprés de las Guaitecas, de avellano, de crea bordada, de lino, de alerce, de ciruelillo, de coigüe, de trupán. Con sus libros de carpintería italianos, con sus hijos, con las gubias, los serruchos y las lijas. Montó un nuevo taller en su nueva casa junto a su segundo marido, frente a la cordillera y al lado del colegio de Juan, Clara y Luca.
 
¿La escultura más desafiante?
Flow, un trabajo a pedido de un arquitecto ya mayor que vio mi obra en una exposición en Curitiba y quiso tener una escultura mía en su casa en Oregón. Me invitaron en avión para que fuera a ver el espacio —un espacio curvo que albergaba una galería— donde sería puesta, maqueteara un proyecto y después regresara a Chile con los planos e hiciera la obra. Fueron meses de mucho trabajo en que hice una pared de pino, de doce metros, con la curvatura de la arquitectura del lugar. Luego la tuve que cortar en pedazos de dos metros, amarrarla entera, embalarla, viajar con ella a Estados Unidos y ensamblarla de nuevo. Para algunas cosas soy muy torpe, como con las direcciones, pero soy muy asertiva para otras.
 
Sonríe, y sus ojos verdes se achinan. “Trabajo mucho con las vetas de la madera, con los nudos, las texturas. Ahora estoy investigando el collage con madera, el superponer capas de madera, pero siempre partiendo de un trabajo constructivista. Agregando y ensamblando pequeños pedazos voy armando un gran muro”.
 
¿Una exposición inolvidable?
La primera. Se llamó Esculturas 1994 y significó un desafío tremendo. Con solo veintitrés años, me gané un Fondart y tuve que trabajar de sol a sol para poder hacer las diez obras que había propuesto, porque nunca pensé que me lo iban a dar. Me conseguí pedazos de madera en barracas: raulí, pino oregón y las fui tallando, armando y recortando, como un verdadero mosaico. Me demoré diez meses en tenerlas listas y la acogida que tuve fue enorme. Se pelearon todas las esculturas.
 
¿Es la madera la mejor forma de entregar tu mensaje?
Es la madera la que me cautiva, más allá de que sea la apropiada. Me encantaría hacer mi trabajo en bronce. De hecho quiero probar ahora fundir algunas piezas en bronce para dejarlas al exterior, pero es la madera la que me entretiene.
 
¿El mejor consejo que te han dado en la vida?
No sé si el mejor, pero me gustó mucho uno que me dio la Tatiana Alamos (artista plástica) cuando la fui a ver a su taller: “Pilar para que seas una buena artista tiene que importarte un bledo lo que piense el medio. Tienes que trabajar con el coraje necesario”.
 
 
UN PRIVILEGIO
 
Inagotable, ordenada, rigurosa, sensible, su obra ha crecido con ella. Ha expuesto en un sinnúmero de galerías nacionales e internacionales. Ha ganado premios, ha ganado experiencia, ha ganado reconocimiento. Sus esculturas se han paseado por museos de Canadá, Estados Unidos y Brasil. Algunas han itinerado. Otras se han quedado en colecciones privadas.
Pilar —la Pilo, como la llaman en su círculo más cercano—, afirma que fuera de Chile los artistas están totalmente integrados a la sociedad, que las maderas más difíciles para trabajar son el coigüe y el raulí y que a veces se pregunta si existe la originalidad.
 
¿El público más sensible?
En Brasil valoran mucho al artista. A todos les interesa el arte, es algo muy común, muy masivo. Por eso fue muy potente exponer en el Museo Oscar Niemeyer en Curitiba.
 
¿Qué significa trabajar en lo que te gusta?
Siento que es un privilegio enorme.
 
¿A quién admiras?
A Federico Assler, por su disciplina y creatividad.
 
¿Se nace artista?
Me parece que sí y creo que somos mucho más artistas de lo que creemos y que nos atrofiamos en el camino.
 
¿Si no hubieras sido escultora?
Hubiera sido cantante. Cuando cantaba en el coro del colegio sentía que estaba al lado de los ángeles.

 

 

"Creo que somos mucho más artistas de lo que creemos y que nos atrofiamos en el camino”.

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