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EDICIÓN | Enero 2013

El último emperador

Por Maximiliano Mills / maxmills.com
El último emperador

“Llegar hasta el “Salón de la Suprema Armonía” es traspasar el umbral espacio-tiempo pues pareciera que Pu-Yi se hará presente en cualquier instante, para sentarse en su trono y quedar ubicado exactamente bajo la estrella polar”.

Cuando en 1987 verifiqué si esta película había sido efectivamente filmada dentro de la “Ciudad Prohibida”, el impacto fue total…

¿Cómo? ¡Pero cómo se había autorizado este permiso! Y cuando leí las palabras de Bertolucci justificando esta decisión debido a que “este es el escenario de filmación que Hollywood no se atrevió a construir”, comprendí que no había otra opción posible: la película se filmaría en el mismo lugar donde en realidad transcurrió la historia. El mismo palacio que estuvo cerrado a los habitantes de Beijing durante
catorce siglos, ¡ahora abría sus puertas a occidente de la mayor forma concebible! (permiso obtenido también gracias a que los chinos fueron coproductores).


Me tomó dieciocho años llegar a traspasar los portalones de la “Ciudad Prohibida” y la sensación de que un lugar sagrado fue totalmente vejado durante la filmación de esta película, fue lo más alejado que
tuve como primera impresión. La paradoja es que esto se agradece. De otro modo jamás hubiéramos tenido acceso a la fiel recreación de la vida de Pu-Yi, el último emperador. Su existencia es pendular hasta lo
inimaginable. Cuando uno de nosotros crea que lo ha perdido todo en la vida, ver esta película es una obligación. Pu-Yi no solo nació en cuna de oro, ¡nació como una d-i-v-i-n-i-d-a-d! Y terminó su vida como un
solitario y sencillo jardinero en el parque botánico de Beijing, alejado de todos sus privilegios de nacimiento.
La película se desprende de la autobiografía de Aisin-Gioro Pu-Yi, Yo fui emperador de China. Subió al trono a los tres años y fue reverenciado por seiscientos millones de personas como un ser de origen divino. Fue
el último emperador que habitó la ciudad y gobernó China, hasta que la revolución comunista abolió el sistema imperial, encerrándolo en sus murallas. Presionado, abdicó y se convirtió durante unos años en un
títere manejado por las fuerzas de ocupación japonesas en Manchuria (con quienes pensaba aliarse para recuperar su poder). Expulsados finalmente los japoneses de China, Pu-Yi fue encarcelado para
“reprogramar” su mente lejos de todo pensamiento divino e imperial.


Pasó desapercibido como un silencioso testigo del culto a Mao y en los años finales en que la “Revolución Cultural” se consolidaba.
La película ganó nueve premios Oscar a mejor: película, director, guión adaptado, música, fotografía, dirección artística, vestuario, sonido y montaje. Su hermano menor, Pujie, le ayudó a escribir su autobiografía
y estuvo presente como asesor en el rodaje del filme. La cinta tuvo escenas de bastante complejidad que llegaron a incluir hasta diecinueve mil extras. Una de las escenas que marca la narración es cuando Pu-
Yi quiere salir al mundo exterior y le cierran las puertas de la ciudad.


Tenerlo todo, incluso mil trescientos eunucos como servidumbre personal no le proporcionaba una vida satisfactoria. La superficie de la “Ciudad Prohibida” es gigante, pero en el fondo Pu-Yi solo era
prisionero en una cárcel llena de reglas, intrigas y crueldad, donde ni siquiera tuvo relaciones íntimas con sus esposas y concubinas.
El director de fotografía Vittorio Storaro realizó un diseño excepcional con una mínima intervención, sobre todo en los grandes salones donde penetra poca luz natural. Al sacar la entrada te dan la opción de adquirir
unos audífonos donde te van dictando un recorrido guiado y la historia del palacio. Me negué pues había llevado desde Chile la banda sonora de la película compuesta por Ryuichi Sakamoto, David Byrne y Cong Su.
Ingresé rodeado por sus melodías y estremecido por el tan esperado momento: conocer el hogar donde habitó Pu-Yi. Llegar hasta el “Salón
de la Suprema Armonía” es traspasar el umbral espacio-tiempo, pues pareciera que Pu-Yi se hará presente en cualquier instante, para sentarse en su trono y quedar ubicado exactamente bajo la estrella polar.


Visitar la “Ciudad Prohibida” es de una magnificencia que te eleva.
Las imágenes panorámicas capturadas por Bertolucci son fascinantes por el detallado relato de una forma de vida que ya desaparece. La película es tan sobrecogedora y real que hasta podría llegar a hacer innecesario viajar a Beijing. Si su derrotero existencial les presenta ambas alternativas, no se pierdan ninguna de las dos.

 

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