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EDICIÓN | Diciembre 2012

Viven

Por Maximiliano Mills www.maxmills.com
Viven

“Cuando comenzó la proyección de la película no me fue difícil imaginarme a bordo de este avión. Y créanme, la recreación del accidente es de una realidad espeluznante: después de perder la cola y quedar el solitario fuselaje flotando entre las cimas andinas, solo se puede esperar el desvanecimiento”.

Debo mencionar lo obvio: yo no iba a bordo del avión Fairchild FH-227 de la Fuerza Aérea Uruguaya FAU, pero este mes se cumplen cuarenta años del “Milagro de los Andes” y la vida me ha cruzado con involucrados directos del accidente. Como Carlos Páez y Roberto Canessa (sobrevivientes), además de Claudio Lucero (Socorro Andino) y Rodrigo Jordán (productor del documental 30 años). Y cada vez que visito las Termas El Flaco y bordeo el río Tinguiririca, me emociono al pensar que este valle y estas aguas guiaron a los uruguayos hasta su regreso a la vida el 23/12/1972. Aún tengo pendiente visitar el Valle de las Lágrimas en Argentina, pero sí conozco las cercanías donde se produjo el encuentro entre el arriero Sergio Catalán con Parrado y Canessa.

Adicionalmente, soy fotógrafo de montaña, andinista y esquiador aficionado, con conocimientos en avalanchas de nieve. Cuando comenzó la proyección de la película no me fue difícil imaginarme a bordo de este avión. Y créanme, la recreación del accidente es de una realidad espeluznante: después de perder la cola y quedar el solitario fuselaje flotando entre las cimas andinas, solo se puede esperar el desvanecimiento. Los segundos son largos. La poderosa muerte es cercana. Hasta que la nieve amortigua y posibilita que la mayoría sobreviva en el medio de un desierto blanco (que los jóvenes uruguayos no conocen, no imaginan ni están preparados). Hasta aquí la película tiene la validez de la no ficción, detallando la máxima proeza de sobrevivencia jamás alcanzada por el ser humano (la más cercana es la de Shackleton en la Antártida, pero este explorador y su grupo sabían a lo que iban en 1914). Desde que el avión se recuesta en las montañas, la película pierde el pulso de la sensibilidad latina para dar paso a una narración previsible. Un elenco de rostros vendedores en Hollywood no alcanza para trasladarte visualmente a esos infernales setenta y dos días atrapados en la cordillera. Ni siquiera Ethan Hawke da la talla. Ni las peleas por el liderazgo ni el momento crucial sobre “quién sería el primero en tragar” logran conmover. Mucho menos la soporífera voz de John Malkovic que intenta retratar las emociones de Carlos Páez.

Aunque fue filmada en Canadá -cuya topografía de montaña es muy similar a nuestros Andes- la cinta queda como un híbrido entre “documental-realidad” y “biografía-película”. Vuelve al morbo del canibalismo forzado desdeñando otros desafíos más difíciles en la cordillera. En una charla de Carlos Páez recuerdo que dijo: “¡que tanto hablan de haber comido carne humana! Nadie habla de la sed que yo sufrí allá arriba. Descongelar hielo para conseguir agua era tedioso y siempre escaseaba, ¡sufrí mucho más de sed que de hambre!”

La segunda farra narrativa está cuando Canessa y Parrado emprenden el descenso hacia los valles en busca de ayuda. En estos días se convirtieron en los mejores montañistas de la historia: nunca habían estado a esa altitud, no tenían el equipo técnico adecuado, ¡nunca habían visto nieve!, jamás habían escalado y poseían un conocimiento nulo de sobrevivencia en la montaña… ¿Cómo no se congelaron? ¿Cómo no se perdieron? ¿Cómo no se desbarrancaron? ¿Cómo no se murieron mientras dormían? ¿Cómo no se desvanecieron por la fatiga? La travesía que realizaron sobrepasa lo extraordinario y solo puede ser explicada por la responsabilidad que acarreaban Canessa y Parrado; si ellos fallaban en encontrar ayuda se morían sus otros catorce compañeros.

Y por más que trato de imaginarme el decisivo encuentro con el arriero Catalán, me cuesta visualizarlo, ¡y la película se lo salta premeditadamente! ¡Ni siquiera se muestra su silueta o se menciona a Sergio Catalán! La parte más emotiva y crucial de la epopeya es obviada sin respeto alguno por el guión. De todas maneras, es un filme emotivo con una fiel recreación escénica, que navega asépticamente en un tema controversial. Y cada vez que estés deprimido, abatido o desganado, arrienda el Dvd y siéntate cómodamente a recrear esos setenta y dos días donde estos jóvenes tuvieron que formar su propia sociedad para sobrevivir… ¡Comprobarás que tus problemas son minúsculos!

 

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