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EDICIÓN | Noviembre 2012

Hachikō (ハチ公)

Por Maximiliano Mills www.maxmills.com
Hachikō (ハチ公)

No existe en el planeta un diseño urbano que mejor identifique a una ciudad que el icónico cruce triangular de peatones que hay en Shibuya, Tokio… ¿Entonces qué hace aquí la estatua de un perro de raza Akita?

Hay que remontarse al Japón post feudal: en 1925, Shibuya era una estación de trenes que recogía a los habitantes de este barrio para llevarlos a sus trabajos hasta el centro de la ciudad. Aquí se embarcaba todas las mañanas Eisaburō Ueno, profesor de agricultura en la Universidad de Tokio. En 1924 adoptó a Hachikō como su mascota y el perro salía todos los días junto al profesor, acompañándolo en su caminata hasta la estación de trenes de Shibuya. Y también cada día Hachikō comenzó a esperar al profesor en la estación para recibir con alegría a su amo cuando regresaba. Esta rutina continuó y construyó un inquebrantable lazo. Este ritual pasó a formar parte de la vida de ambos, y de los otros ciudadanos de Shibuya que tomaban el mismo tren de ida y regreso al centro. Los comerciantes con tiendas dentro la estación igualmente se deleitaban con esta rutina. Todos llegaron a apreciar el inusual vínculo formado entre Ueno y Hachikō. Pero la tarde del 21 de mayo de 1925, el profesor no regresó a Shibuya. Esa mañana, mientras hacía clases, había sufrido un derrame cerebral y murió a la edad de cincuenta y cuatro años. Esto desconcertó a Hachikō, quien no se movió más de la estación.

Esta historia fue la base para la primera película japonesa de 1987,  Hachikō Monogatari, que recrea la vida de Hachikō hasta su muerte. Hollywood, siempre atento por comprar los derechos de películas extranjeras con éxito comprobado, la recicló, el 2009, en una versión propia llamada Hachiko: A Dog's Story. Protagonizada por Richard Gere, describe la vida de Hachikō y sus breves dos años de convivencia con el profesor Parker Wilson. Se desarrolla haciendo un trueque en la ambientación: Tokyo por Rhode Island.

Pero esta no es una película sobre un perro. Es una historia sobre el más elevado tesoro moral que podemos entregarle a otro ser: “Lealtad”. Sin embargo, no el mismo que aprendimos en Occidente. Aquí se aprecia esa clásica testarudez japonesa; la de “cumplir la misión que se te encomendó” hasta el final. La misma testarudez que hizo seguir en guerra a decenas de soldados japoneses olvidados en islas del Pacífico Sur. La raza Akita es considerada como “los más parecidos a los gatos” y son sumamente difíciles de entrenar. Y aunque Hachikō no fue adiestrado para acompañar al profesor a Shibuya, él lo tomó como su misión natural. Según la película norteamericana, después de la muerte de Wilson, Hachikō fue regalado a su hija Andy, pero escapó para volver a recibir los trenes en Shibuya (como su concepción de la lealtad se lo indicaba… o hasta que su amo le ordenara que dejara de hacerlo). Demostró una elevada lealtad hacia el profesor Parker Wilson y cada día, durante los siguientes nueve años de su vida, Hachikō esperó el retorno de su amo.

Pasaron los días… después se convirtieron en meses, ¡y los meses en años! Hachikō seguía acudiendo fiel y puntualmente a esperar a su amo, con frío, lluvia, calor o nieve; la razón de su vida se transformó en estar presente el preciso momento que Ueno regresara. Hachikō comenzó a llamar la atención de todos en Shibuya; muchos de ellos iban habitualmente y habían sido testigos de cómo Hachikō acompañaba cada día al profesor antes de su muerte. Fueron estas mismas personas las que lo cuidaron y alimentaron mientras Hachikō, estoicamente, esperó el regreso de Eisaburō Ueno. La devoción que Hachikō sentía hacia su desaparecido amo conmovió a los usuarios de Shibuya, quienes lo apodaron “el perro fiel”.

Hachikō murió el 8 de marzo de 1934, a los once años de edad. Su cuerpo fue encontrado frente a la estación. Fue enterrado en una casita de piedra que se construyó al pie de la tumba de Eisaburō Ueno. En abril de  1934, una estatua de bronce fue erigida en su honor en la estación de trenes de Shibuya. Siempre he compartido la vida con nuestros hermanos menores de cuatro patitas y fue estremecedor para mí haber tenido la oportunidad de rendirle mis respetos al espíritu de Hachikō, frente a su estatua y en el mismo lugar donde esperó a su amo… con una lealtad suprema que parece olvidada en el siglo XXI.

“También cada día Hachikō comenzó a esperar al profesor en la estación para recibir con alegría a su amo cuando regresaba. Esta rutina continuó y construyó un inquebrantable lazo”.

 

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