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EDICIÓN | Octubre 2012

Siete años en el TÍbet

Por Maximiliano Mills/maxmills.com
Siete años en el TÍbet

Me encontraba en mi tienda de Reñaca el verano de 1997 cuando veo entrar a tres rubios turistas: una pareja más un amigo. Mientras ella era atendida por un dependiente, me acerqué a preguntarle al tercero si estaban en vacaciones, a lo que me respondió “estamos trabajando en Argentina y nos dieron el fin de semana libre, por lo que vinimos a conocer Chile”. “¿De dónde son?”, le pregunté, “de Canadá”. Ah, “¿y en qué están trabajando en Argentina?”. “Yo soy camarógrafo y junto a ellos, que son vestuaristas, estamos trabajando en la película Siete años en el Tíbet”. Como fanático del cine pensé: “bueno, mientras tus amigos se prueban la ropa, ‘acércate al fogón’ y conversemos”. Disparé de inmediato “¿Y cómo es trabajar con Brad Pitt?”. “Es terrible”, me respondió. “Es un pésimo actor. Cada escena suya hay que repetirla más de diez veces, pero por su atractivo con el público femenino, de entrada le asegura a los productores que recuperarán entre treinta y cinco y cuarenta millones de dólares de lo ya invertido en la película.”

En una época sin internet, donde uno soñaba como cinéfilo la visita de una producción fílmica mayor, fue una “derrota” la opción por Uspallata en esta “postulación”. Así, mi siguiente viaje a Mendoza —después de haber visto la película— pasé a visitar durante dos días Uspallata. Después de recorrer los mismos lugares de las escenas tibetanas de la película, comprendí y apoyé la decisión del director francés Jean-Jacques Annaud. Las “desventajas” del lado chileno eran que no ofrecía valles planos y suaves sin contaminación visual moderna, y que fueran fácilmente identificables como un paisaje de alta montaña. Como segundo factor, pesó la cercanía logística de Mendoza para abastecerse con prontitud de todo lo necesario para sacar dentro de plazo una película de esta magnitud.

Al regreso de Uspallata, arrendé la película y la volví a ver dos o tres veces más. Recién aquí pude “reconocer” los paisajes de nuestra cordillera, maquillados como un cordón montañoso de Asia. Como en la escena donde Heinrich Harrer (Brad Pitt) es sorprendido vomitando su última cena por su compañero Peter Aufschnaiter (David Thewlis), es fácil reconocer al fondo el caudal del río que baja por la cuenca del Aconcagua hacia el océano Atlántico. En las escenas donde se planea cómo impedir el avance del ejército chino que viene a invadir el Tíbet, es imposible no sentir familiaridad con el tipo de rocas y piedras que rodean a los actores, pues las conocemos desde niños.

La historia de Siete años en el Tíbet es extraordinaria en su narrativa, sorprendiendo que sea verídica. Se basa en el período de vida cuando el destacado montañista austríaco Heinrich Harrer, intenta escalar el monte Nanga Parbat en la India Británica. Ya en ruta hacia su objetivo se declara la II Guerra Mundial, y Harrer junto a su equipo son apresados por tropas inglesas, siendo enviados al campo de prisioneros Dehra Dun. Después de varios fracasos intentando escapar, lo consigue junto a su grupo, para después separarse de ellos y terminar su periplo en la ciudad sagrada de Lhasa, donde se reencuentra con Peter Aufschnaiter en 1946. Aquí Harrer conoce al Dalai Lama cuando este tenía nueve años, dando inicio a una inusual amistad que traspasa historia, lenguaje, tolerancia, edad y cultura, transformándose en un vital asesor para que el Dalai Lama pueda entender y prepararse para los tiempos de cambios radicales que deberá enfrentar como líder espiritual del Tíbet. Dos años más tarde, Harrer es nombrado oficial del gobierno tibetano, recibiendo un salario por traducir noticias del extranjero, ser el fotógrafo de la corte y tutor del Dalai Lama, instruyéndolo en inglés, ciencias y geografía.

Para nosotros aquí en Chile, una visita a los valles de Uspallata será lo más cercano que podamos estar de esas montañas consideradas “el techo del mundo”. Y si su santidad, el décimo cuarto Dalai Lama vuelve a visitar Chile, podremos tener “un grado de separación” con Harrer, quien falleció el año 2006, a los noventa y tres años.

“Mi siguiente viaje a Mendoza —después de haber visto la película— pasé a visitar durante dos días Uspallata. Después de recorrer los mismos lugares de las escenas tibetanas de la película, comprendí y apoyé la decisión del director francés Jean-Jacques Annaud”.

 

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