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Entrevistas

EDICIÓN | Septiembre 2012

JINETE DE TOMO Y LOMO

Ernesto Mery Barrios, dueño de la medialuna Fundo El Recreo, Algarrobito
JINETE DE TOMO Y LOMO

A los cuatro años se subió por primera vez a un caballo y nunca más dejó de hacerlo. A los quince, se convirtió en jinete profesional y, en 1980, fue nombrado por el Colegio de Periodistas y la Federación del Rodeo chileno, el mejor deportista de nuestro país. Amante del campo, de la familia y del rodeo, no cambia su vida en el valle, por nada. Dice estar en el paraíso y, a juzgar por las apariencias, tiene toda la razón. Es dueño de una vista privilegiada y, además, de un dinamismo y una energía envidiable. A sus sesenta y siete años, no para, nada lo detiene y todo lo que hace es para y por el rodeo.

Por Verónica Ramos Baldi / fotografía: Patricio Salfate Traslaviña.
 

A quince minutos de La Serena, se encuentra la localidad de Algarrobito, puerta de entrada del Valle de Elqui. Doblando a la derecha de la ruta 41, nos internamos por un camino de adoquines, bordeado por casas de adobe que van marcando el ingreso a la calle principal. Añosos olivos, frondosas buganvilias y cactus, se van alternando entre las casonas y las extensas pircas de piedra. Al llegar a la plaza del pueblo, la iglesia San José de Algarrobito, con su campanario rodeado por un balcón, nos da la bienvenida y, en el centro, descansa una antigua glorieta de pino oregón, traída desde Estados Unidos.

Seguimos por el camino principal y, a unos pocos metros, nos encontramos con el fundo El Recreo. Allí nos espera el hombre que ha dado vida a este lugar. Alto, de voz grave y muy ameno. Todos los días del año, viste sombrero y manta, un ícono que ha marcado, por años, su estampa de jinete. Una habilidad que consagró cuando era un quinceañero y a la que nunca dio tregua, pues, desde entonces, comenzó a competir en rodeos de manera profesional. Motivado por su padre y abuelo, encontró en este deporte ecuestre y nacional, no solo la posibilidad de desarrollar su pasión, sino también la de construir una vida de campo, trabajando siempre por sus dos máximos trofeos: la familia y el rodeo.
Ernesto Mery nació en La Serena y durante su infancia estudió en Santiago. Ya más joven y maduro, volvió a estas tierras para estudiar técnico agrícola en la entonces Universidad de Chile (actualmente Universidad de La Serena).

Hace treinta años que vive en Algarrobito. En este fundo, originalmente de trescientas setenta hectáreas, tiene su casa, la que fue construida hace ciento setenta años y la que él ha remodelado, conservando sus nobles maderas de pino oregón y alerce. A un costado de su hogar se encuentran las caballerizas y, más abajo, los extensos prados de pasto, que sirven para alimentar a sus veinte caballos y más de ochenta novillos, traídos desde Osorno. En la planicie del terreno, rodeado de un verdor que hipnotiza a cualquiera: la medialuna… que no descansa.

Dos jinetes sobre sus caballos, hacen una demostración y detienen al novillo en la zona de las atajadas. En la tarima de este pequeño anfiteatro, el pionero del rodeo en la zona, aporta con algunas instrucciones a la collera. A poco andar, iniciamos nuestra conversación y sin dejar de observar a sus caballos, Ernesto Mery da rienda suelta a su historia.

¿Por qué se fue a estudiar a Santiago?
Mis padres me mandaron por bueno (risas). Estuve internado en el Patrocinio San José, el mejor colegio que había en Chile, en ese entonces.

¿Se portaba muy mal?
Sí, era malo. Muy travieso.

¿Se acuerda de alguna anécdota?
¡Nooooo, no me haga recordar! La verdad es que hacía cosas de niño… no había matado a nadie (se ríe).

Y en la universidad… ¿siguió portándose mal?
No, pues. Ya era un hombre y muy independiente. Me gustaba mucho el comercio y mientras estudiaba en la universidad, trabajaba en la siembra de papas, con Ernesto Varela, un amigo de mi padre. Mis negocios siempre estuvieron relacionados con la agricultura.

¿Y fue muy pololo?
No pregunte esas cosas, “mijita” (risas).

¿La vida que tiene hoy, es similar a su infancia en el campo?
No, era otra cosa. Mis nietos tienen mucho más comodidad de la que yo tuve: caballos, empleados, todo lo que yo hubiese querido tener cuando era pequeño.

PIONERO DEL RODEO REGIONAL

En el año 1950, con el objetivo de honrar la memoria de Gabriel Coll Dalmau, la familia del patriarca dona al fisco los terrenos donde actualmente descansa el principal pulmón verde de La Serena: el Parque Coll. Este lugar es uno de los más concurridos por la familia serenense durante las fiestas patrias, y donde su principal atractivo es la medialuna, obra de Ernesto Mery.

En el año 1980, fue nombrado por el Círculo de Periodistas y por la Federación de Rodeos, como el mejor deportista de rodeo, a nivel nacional. “He obtenido muchos reconocimientos y medallas de oro, pero ahora ya ni quiero aparecer en los diarios”.

¿Su padre también fue jinete de rodeo?
Por supuesto, el me contagió esta pasión. Pero en ese tiempo, se hacían muy pocos rodeos, uno en Ovalle, uno en La Serena y otro en Vallenar, y de ahí pare de contar. Hoy en día, solo en el valle, hacemos seis o siete rodeos oficiales.

Y en esos años, ¿dónde estaba la medialuna de La Serena?
En Peñuelas. Para ser exactos, donde hoy está el casino de Coquimbo. Después se trasladó al frente, donde se hacía la expo Peñuelas; aún quedan algunos recuerdos, de lo que fue esa medialuna. Después yo construí, la medialuna del Parque Coll, más tarde la eché abajo y se construyó la que existe actualmente.

Entonces, ¿usted fue pionero en el rodeo, en esta zona?
Sí, y con el tiempo, he ido traspasando esta afición a mis nietos. Tres, de mis siete nietos, corren desde chicos y el más pequeño, que tiene cuatro años, es loco por los caballos; entonces, yo creo que aquí, esto no se va a terminar.

¿Ese es su gran anhelo, que nunca se termine?
Por supuesto y que se traspase a muchas generaciones más.

¿Qué ocurre con usted, cuando ve competir a sus nietos?
Yo nunca me he puesto nervioso cuando corro, pero cuando los veo a ellos, sí.

¿Es aprensión?
No, porque corren muy seguros. Son los nervios del orgullo (se emociona).

¿En ese tiempo, alguien le hacía el peso en las competencias?
En ese tiempo, era bueno, pero sería muy autorreferente decir que era el mejor.

Durante treinta y dos años consecutivos, Ernesto Mery fue presidente de la Asociación Coquimbo de Rodeo. Entre risas, comenta que este cargo le trajo más de alguna complicación. “No es fácil hacer rodeo en esta zona, porque no hay ganado. Por eso me dedico al negocio de los novillos. Los traigo desde Osorno, de lo contrario no podríamos correr”.

PASIÓN CORRALERA

Estos meses son agitados para Ernesto Mery. En agosto participó en un rodeo de la minería en Alto del Carmen y en septiembre los destinos de competencia son Copiapó, Vallenar, Vicuña y La Serena. Eso sí, que el día veinte, lo reserva para celebrar. Su fundo se llena de amigos y corredores. “Hago una ramada en la medialuna y la última vez nos reunimos más de trescientas cincuenta personas. Se vino toda La Serena y lo mejor es que no te avisan (risas). Pongo un novillo, corderos… es muy bonito”.

¿Cómo debe ser la conexión entre el jinete y el caballo?
Debe existir mucho entendimiento y eso se logra entrenando siempre con el mismo caballo, que tenga la técnica.

¿Es un buen ejercicio?
Muy bueno. Es brusco… muy de hombre. Debes tener buenas condiciones físicas, porque requiere fuerza y una buena espina dorsal.

¿Tiene alguna otra entretención, fuera del rodeo?
Soy presidente del Club Social de La Serena y mi entretención es jugar dominó con mis amigos. Tengo muchos y buenos amigos.

¿Cuál es su mayor satisfacción?
Este campo. Cuesta tener algo así. Acá hay mucho trabajo y dedicación. Pero ahora lo disfruto.

Y su mayor dolor…
Mi hijo… murió de cáncer cuando tenía nueve años. Ese es un dolor que nunca se supera (mira su campo, con la vista perdida en el horizonte y suspira).

Algo que le falte por hacer…
Seguir disfrutando a mis nietos. El que diga que no es abuelo “chocho” es mentiroso.

¿Nunca pensó en irse a vivir al sur?
¡No, pues! Para qué, si acá estoy en el paraíso.

“Con el tiempo, he ido traspasando esta afición a mis nietos. Tres, de mis siete nietos, corren desde chicos y el más pequeño, que tiene cuatro años, es loco por los caballos, entonces, yo creo que aquí, esto no se va a terminar”.

 

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