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EDICIÓN | Julio 2012

Mística oriental en el acantilado

El Loft de Gustavo Ponce

En Los Vilos, el maestro y fundador de la escuela Yogashala, levantó su hogar, donde predomina el respeto por la naturaleza, especialmente la roca dominante en estos parajes costeros, la madera y una decoración ecléctica con toques asiáticos. 

Por Maureen Berger H. / Fotografías Vernon Villanueva B.
 

Un faro muy particular, que con sus intensos ojos azules vigila infatigable el entorno, sobresale de la casa de Gustavo Ponce, quien nació en La Calera, vivió treinta y dos años fuera de Chile -veinte de ellos en Japón, donde trabajó en varios oficios, fue un humorista reconocido en la TV y llegó a ser embajador-, y que al volver fundó la escuela Yogashala en Santiago, con sede también en Brasil. Es su hogar en Los Vilos, un paradisíaco lugar que escogió, primero en un sueño y luego volando en avioneta sobre las costas, entre las regiones de Coquimbo y Valparaíso.

A partir del 2001, fueron tres años en que el arquitecto a cargo —el argentino Marcelo Budnik— estuvo llevando a la realidad los particulares deseos de Gustavo. Toda la estructura es de hormigón armado, incluyendo la torre. El revestimiento y el techo es madera finger join y predomina el pino Oregón, traído especialmente de las salitreras. Las ventanas cuentan con termopaneles, considerando que el viento golpea con furia buena parte del año.

“La casa se construyó en lo que era un cerro rocoso que miraba al mar. Este cerro estaba recubierto por arena y piedras. En la cima asomaban dos rocas pequeñas que, al retirar la arena, se transformaron en dos impresionantes rocas, o en una roca partida por la mitad que dejaba pasar a una persona para meterse en el vientre del cerro. Fue ahí el lugar que elegí para construir la casa que solo se aprecia al mirarla desde el mar, por sus ventanales. Desde atrás la idea fue reconstruir el cerro con un faro (la torre)”, explica Ponce. “La idea fue agredir lo menos posible la naturaleza y aprovechar las rocas para hacer las paredes, la chimenea, etc. La roca es un material noble y firme que no requiere de cuidado”, agrega.

Para acceder a la casa es necesario pasar por entremedio de las rocas prejurásicas, para luego hallar un enorme portalón de nueve metros de altura. “Es así por las dimensiones que tienen las rocas de la entrada. Además, por la misma razón las catedrales y templos se construyen con techos elevados creando una sensación de amplios espacios”, acota Ponce, quien no tiene reparos en definir el estilo arquitectónico de su casa simplemente como “volado”, con tendencias eclécticas y asiáticas en lo decorativo, labor que estuvo a su completo cargo.  

Al ingresar al primer nivel de esta casa diseñada al estilo de un loft (donde un gran espacio común une los ambientes), destaca el gigantesco ventanal, que hace de la luz un habitante más de este hogar. El piso es de pino Oregón calentado por losa radiante, con algunas acogedoras alfombras por aquí y por allá, y el techo fue construido en base a vigas que cruzan todo el perímetro, hechos de madera laminada de pino insigne, “y representa más bien el esqueleto de un pez y bien podría ser el de una ballena.”, añade Ponce.

En el living, una imponente chimenea de piedras y la mezcla de sillones orientales y curvos responden a la óptima utilización del espacio. “Como es tan grande el living, fue necesario diseñar muebles curvos, pues la casa es como un huevo cósmico”. Acá, un espejo refleja el mar, sin una razón particular, pues en general Gustavo no consultó a ningún fengshuista, “pero los que se dedican a esto han comentado que la casa está totalmente de acuerdo con los dictados del feng shui que es sentido común y sensibilidad”.

La mesa de comedor es larga y de madera de raulí, rodeada de sillas de líneas simples, para resaltar la belleza natural y rústica de la mesa. Muy cerca está la cocina, donde priman la madera, el mármol y los tonos verde pastel, cosa de mimetizarse con el mar. Está integrada al living comedor y es un lugar de encuentro y conversación. En este nivel, el baño de visitas mantuvo la presencia de la roca, que se fusionó con el lavamanos de piedra y un enorme espejo mural.  

Los elementos decorativos provienen especialmente de sus años vividos en Japón y la India. Budas, diosas de Indonesia, antiguas puertas de la India, maceteros, caligrafías y libros japoneses, son algunos de estos tesoros.

En el segundo piso, la habitación principal está separada del escritorio por una puerta de más de doscientos años de antigüedad traída de Rajastán, en India. Cerca, en la pieza de su hijo de diez años, predomina el azul, un dragón volador, otra roca (transformada en escritorio) y los murales. En el escritorio (que perteneció a un antiguo contador inglés), destaca una completa biblioteca con obras japonesas, de medicina alternativa, comida vegetariana y varios libros de autoría del propio Gustavo Ponce, quién a lo largo de los años ha desarrollado y enseñado diversos métodos de yoga. El baño principal posee piso marmoleado, jacuzzi con vista al mar y plantas de bambú.

Es posible subir más aún, subiendo hacia el interior del faro. “Como la casa se hizo horadando un cerro empinado sobre el mar, se visualizó un faro para que se guiara a las embarcaciones. Sentía que venía bien un faro ahí. No cumple un propósito práctico, excepto para los pescadores artesanales de las caletas vecinas que lo toman de referencia cuando salen a pescar de noche. Es un mirador extraordinario también”, señala Ponce.

Existen varias terrazas, miradores o descansos naturales y por la parte de atrás de la casa hay murales que “muestran lo que uno ve cuando está mirando el mar. Son como un espejo de lo que uno ve al mirar por las ventanas”.

Si bien el feng shui no determinó la decoración de este loft, Gustavo puntualizó que “las rocas que cobijan como en el útero materno, la calidez que entregan las nobles maderas y las propiedades minerales de cristales y cuarzos hablan de la armonía presente”.

Por último, un detalle importante, tal como dicta la cultura japonesa: a esta casa no se puede ingresar con zapatos: “cuando uno deja  los zapatos afuera, además de entrar suciedades, deja el ego afuera. Además, ¡es tan rico andar sin zapatos!”, remata con una sonrisa pícara Ponce.

 

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