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EDICIÓN |Julio 2012

Extraño CQC…

Por Nicolás Larrain
Extraño CQC…

…Sí, pero no como animador. Lo extraño los domingos a las diez de la noche… como televidente. Hacer zapping entre tanta cosa predecible me provoca unas ganas terribles de ver a Feito encarando a Don Francisco con un frasquito para pedirle una muestra de orina, o a Iván Guerrero acosando a Carlos Larraín con una revista Playboy.

Y no es que esté usando esta columna para pedir pega. Lo que pasa es que la televisión se está poniendo cada vez más masiva (que no es lo mismo que popular) y ya no hay tiempo para colar una reflexión, para el chiste con el mensaje subterráneo, para la mirada colateral de los eventos. Nadie corre ese riesgo, porque la onda en tele es creer que la gente que nos está viendo es… sí, tonta. Nadie “pica alto”, como decía Bonvallet.

¿Cómo sería un CQC de estos días? Me imagino a los noteros reventando a la Concerta por lo “carepalo” de aparecer reclamando por todo lo que ellos no hicieron, y a los del Gobierno para que aclaren por qué prometieron el oro y el moro si ahora le echan la culpa a las leyes y al sistema de no haber podido trancar la puerta giratoria.

Pero en una tele llena de realities, farándula, potos, pechugas, sangre, asaltos, llantos, lástima, horóscopos, mayas, extraterrestres, síquicos, sismólogos y toneladas de mamones, no cabe un poquito de incorrección. Un poquito. Porque CQC no es The Clinic. No piensen que me estoy creyendo el Dios TV. Solo veo la tele de ahora y no puedo creer que lo más rupturista sean los chistes ordinarios del Club de la Comedia.

Falta la cosa punzante desde adentro del sistema, aunque sólo sea para oxigenar. Y digan lo digan, eso era CQC. En Mega, en televisión abierta, fue un aire fresco a tanta empaquetadura reinante. Los periodistas de los noticieros les pedían a los noteros que hicieran las preguntas que todos se morían por hacer, pero nadie más se atrevía. En el país donde el eufemismo parece ser el único dogma intocable, los hombres de negro en la calle despeinaron a ese ogro de la masividad que hoy se devora todo.

¿Qué pasó? No sé. Cada día las lucas tienen que multiplicarse más rápido, y los aportes cualitativos irse al cable o a la una de la mañana. En otras palabras: si voy a pagar caro por algo, me tienen que asegurar veinte puntos de rating y CQC nunca tuvo eso.
 
En su urgencia por el rating inmediato para llegar a fin de mes, los canales eligieron su camino: el más fácil y el más rápido. El resultado es una industria en la que todos los oferentes venden lo mismo y ninguno hace apuestas de largo plazo. Se acabó la línea editorial, no hay concepto que dure, todos tiemblan si no llegan al numerito mínimo. Y si hay algo distinto, lo paga el Fondart o el CNTV a setenta millones el capítulo (Los 80) y diez episodios por año. Sólo para recordar: CQC hizo cuarenta capítulos al año durante casi una década.

Ya vendrán tiempos en que los jefes de la tele sepan apreciar lo que es construcción de marca y los dividendos que da invertir en productos con un poco más de estética y de reflexión. Tiempos en los que no se crea que detrás de la pantalla hay puros burros porque prefirieron Mundos Opuestos a la competencia: Tolerancia 0, el Kike, Primer Plano, el 133… por favor.

Estoy escribiendo estas líneas un domingo en la noche, y veo la luz al final del túnel… Soltera otra vez, el gran ejemplo de que un contenido bien pensado, una imagen bien cuidada y un show muy atractivo todavía pueden ser la misma cosa. Como dijeron en El Mercurio: “es demasiado entretenida galla”.

“Lo que pasa es que la televisión se está poniendo cada vez más masiva (que no es lo mismo que popular) y ya no hay tiempo para colar una reflexión, para el chiste con el mensaje subterráneo, para la mirada colateral de los eventos”.
 

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