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EDICIÓN | Diciembre 2011

Entre la trompeta y el canto

Daniel Lencina, músico
Entre la trompeta y el canto

La primera vez que Daniel Lencina (73) tocó la trompeta fue a los catorce años. La escasez de recursos familiares le impedía tener una propia, por ende, esos instantes en que alguien le prestó el instrumento, se volvieron mágicos e imborrables. Debido a su insistencia y claras dotes musicales, su mamá hizo un esfuerzo y logró comprarle una de segunda mano.

Por Maureen Berger H. / Fotografías Vernon Villanueva B.

Aprendió asistiendo a algunas clases con un buen maestro norteamericano, y todo el resto fue de manera autodidacta. A los pocos años, ya formaba parte de las principales bandas de Uruguay, con las que llegó a Chile. La televisión le abrió las puertas por varias décadas y los escenarios de nuestro país, de Uruguay, Argentina, Paraguay y Perú, entre otros, continúan aplaudiendo de pie sus espectáculos. Tal como ocurrió en América en la Piel, organizado por la Temporada Musical de Reñaca, donde compartió con otros dos grandes, Maria Cecilia Toledo y Valentín Trujillo, y se dio el tiempo para conversar con Tell.

¿Qué tan loco lo volvió la trompeta?
Totalmente, todo partió cundo vi en el cine la película Escuela de sirenas, con la orquesta de Harry James. Desde ese día me volví loco y estuve cuatro años sufriendo, yendo a las tiendas de música, intentando que me dejaran tocar sus trompetas. Hasta que mi madre cumplió mi sueño.  

¿Cómo surge su vínculo con Chile?
Son tres mis llegadas a Chile; la primera en 1961, cuando tenía dieciocho años. Vine con una orquesta uruguaya, contratado por el dueño del teatro Caupolicán, para estar dos meses tocando en su local, restaurantes, boîtes y un programa en Radio Minería. Todo anduvo bien hasta que nos vendió a otro representante que nos llevó a Punta Arenas. Pero una vez allá, ¡el fresco se arrancó con la plata! Nos quedamos sin nada, hubo que juntar fondos para volver a casa. En 1962, regresé en otra gira al norte y conocí el amor con la chilena Elizabeth. Formé mi familia con ella en Uruguay, pero musicalmente sentí que ya había hecho todo en mi país y quería más. Le propuse a mi esposa volver a Chile en 1972.

Usted partió en programas de TVN…
Así es, en Tiempo de Swing, luego me levantaron los de Sábados Gigantes y me quedé con ellos por más de veinte años, entre otros espacio de Canal 13. Viajé a grabar a Miami, estuve en muchas Teletones, pero jamás fui el Chacal de la Trompeta, ¡eso es un mito! Menos mal que no era, porque al tipo, ¡los concursantes intentaron matarlo un par de veces! (ríe).

¿Por qué dejó Sábados Gigantes?
La verdad es que no aguantaba más tantos viajes, subirme al avión era estresante. Yo no renuncié, solo dejé de ir un par de veces a grabaciones en Miami y la gente de Sábados Gigantes simplemente me cortó, me dijeron chao, Daniel. En ese entonces yo estaba muy mal anímicamente, mi esposa se estaba muriendo, no podía dejarla sola y la gente de la televisión no entendió cuál era mi problema. 

¿Don Francisco no intercedió para darle un tiempo?
Que yo sepa, no. Fuimos amigos, pero ya no lo somos. Ni siquiera sé si él está enojado conmigo, jamás hemos hablado del tema. Fue un momento muy desgraciado de mi vida, que no me gusta recordar.  

¿La televisión se cerró para usted?
Sí, sólo hice algunas cosas pequeñas en otros canales. Yo no le puse mucho empeño para estar en la televisión tampoco. Prefiero no hablar más, para no ponerme a despotricar contra ella.  

¿Y si le llamaran de jurado a uno de los programas de talento de hoy?
Son espantosos y siniestros y los “talentos” que han salido de esos programas no han tenido ninguna trayectoria real. No son ídolos ni proyectables fuera del país. Si me ofrecieran ser jurado, tendría que pensarlo mucho.  

Usted tuvo un grave infarto cardiaco en el 2009, ¿cómo está hoy?
Me operaron y estoy totalmente recuperado; claro que me agoto más que antes, pero sigo viajando y tocando la trompeta en shows por Chile y otros países. Lo que sí he tenido que hacer es matizar entre la trompeta y el canto —que me fascina— para no resentir tanto mi físico. Hace como seis años tuve que decidirme a este cambio, pues si no abandono un poco la trompeta ¡podría terminar matándome! (ríe). Es un instrumento que requiere bastante esfuerzo, sobre todo cuando uno toca con el corazón. 

¿Cómo enfrentó la muerte de su primera mujer?
Con Elizabeth Saavedra fui muy feliz hasta que ella falleció de cáncer en el 1995. Con ella tuve a Daniel (44), músico y propietario de un estudio de grabación, y Andrea (42), gráfica en computación y dueña de casa. En el 2001 me casé con Marilia Boussac y tenemos a Francisco José (11), que canta maravilloso y tiene más dotes musicales que todos nosotros.

¿En algún momento pensó en volver a Uruguay y olvidarse de Chile?
Olvidarme de Chile es muy difícil, llevo casi cuarenta años viviendo acá. Si tuviera el dinero suficiente, libre de todos los compromisos, me iría a Uruguay a sentarme en una silla con un mate a orillas del río Uruguay, donde nací, esperando a que la muerte me lleve.

 

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