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EDICIÓN | Marzo 2011

Teodoro Lowey y el fuerte Papudo

Por Guillermo Vega Ramírez, Licenciado en Historia por la PUCV. Archivo Histórico de Viña del Mar
Teodoro Lowey y el fuerte Papudo

Teodoro Lowey llegó a Chile de Alemania, contratado como ingeniero de ferrocarriles, participando en la construcción de importantes vías férreas, en el norte y sur, ya que estas constituían el motor del progreso y la civilización, permitiendo la explotación de importantes recursos y el desarrollo de ciudades. Además de trabajar en diversas obras de ingeniería, se radicó en Chile; obtuvo la nacionalidad, se casó con una dama chilena y formó una familia. Trabó importantes lazos de amistad, radicado en nuestra zona, especialmente con el fundador de Viña del Mar, don José Francisco Vergara, el cual estaba empeñado en dar a la ciudad el mayor desarrollo posible.

En sintonía con esto, el señor Lowey adquirió terrenos que eran herencia de Vergara y su esposa, doña Mercedes Álvarez, ubicados entre el sector de Miramar y el Matadero de Portales, en Valparaíso, dando origen a una nueva urbanización que denominó como El Recreo. Lowey proyectó íntegramente el futuro barrio, trazando calles, plazas y solares donde se ubicarían las residencias. Una vez terminados estos diseños, don Teodoro se dedicó a vender las propiedades entre sus conocidos y otras personas para darle verdadera vida residencial. En eso estaba el señor Lowey, además de participar activamente de la vida política de la naciente comuna, cuando se suscitó un fuerte pleito con el Fisco. El 17 de junio de 1896, por necesidades de la defensa nacional, el Estado dispuso la reconstrucción del antiguo Fuerte Papudo, ubicado sobre la curva de Los Mayos y vecino a los terrenos del Barrio de Recreo. Ese día, el Congreso aprobó una Ley Expropiatoria exclusivamente para ampliar el fuerte sobre terrenos colindantes con este barrio, algunos de los cuales ya habían sido adquiridos por terceras personas —es el caso de don Emilio Hesselbart, a quienes el Estado les reconoció sus derechos de propiedad debidamente amparados por la Constitución Política.

Sin embargo, no todos los terrenos fueron reconocidos. Al menos así lo entendió Teodoro Lowey. Precisamente, frente a la propiedad del señor Hesselbart, se emplazó una plazuela en homenaje a don Diego Portales, además de una serie de calles adyacentes. Si bien Lowey dispuso —se desprende de los planos— que estos espacios serían públicos, en la práctica, siempre alegó que estos nunca fueron entregados como tal, y en consecuencia, los reclamó como suyos. El fisco no reconoció la propiedad de Lowey, en circunstancias que exhibió e hizo valer los títulos que poseía y que consistían en los de propiedad inscrita en el Respectivo Conservador. Movido por lo que consideró como injusto, Lowey inició una demanda contra el Fisco, presentando su reclamación ante el Tercer Juzgado de Letras en lo Civil de Valparaíso el día 12 de octubre de 1910, ante el juez don José Fabres Pinto y el secretario don Matías Ríos González. Lowey solicitó que el Fisco se ajustara a derecho en lo que respecta a la expropiación y pago de los terrenos de su propiedad y los que habían sido ocupados “manu militari”. Y una demanda secundaria para notificar al señor Intendente de la Provincia para que procediera a hacer la designación de los “Hombres Buenos” que debían justipreciar el valor de los terrenos en referencia. Por sentencia del 9 de diciembre de 1913, el Tribunal rechazó la reivindicación que solicitó el señor Lowey por considerar que por el solo efecto de la Ley de expropiación, pasaron a dominio del Estado. Con respecto a la petición de “Hombres Buenos” que reclamó Lowey, el Tribunal sencillamente se declaró como “no competente” para conocer de ese asunto.

Esta sentencia fue apelada ante la Corte de Apelaciones de Santiago, la que resolvió que el señor Lowey, “por haber construido calles y plazas para el uso de los vecinos del barrio se desprendió de su posesión inscrita, y como las calles y plazas por ser Bienes Nacionales de Uso Público, en consecuencia, son propiedad del Estado”. Ambas sentencias significaron un duro revés para la reclamación del fundador de Recreo, lo que le motivó a recurrir a la Corte Suprema, solicitando la casación en la forma y en el fondo del asunto. La Corte nunca resolvió la disputa. El Fuerte se erigió y se derribó en el lapso de un siglo, dando paso a un complejo de edificios. De la plazuela de Recreo, de las calles y del propio Fuerte, sólo quedan los recuerdos y esta antigua polémica sin final.

 

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