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EDICIÓN | Octubre 2018

El destino manifiesto de La Serena y la resiliencia de sus habitantes

Hernán Cortés Olivares. Académico e Historiador Universidad de La Serena.
El destino manifiesto de La Serena y la resiliencia de sus habitantes

Nuestra ciudad, célebre por sus jardines aromáticos y huertas generosas en frutales y cultivos de todo tipo de hierbas, junto a las carnes frescas y secas de ganados menores, su evolución urbana y arquitectónica, es descrita por los contemporáneos coloniales con imágenes de suma pobreza, abandono y precariedad de materiales. Además de una siempre escasa población, 800 habitantes en el siglo XVI, 1.800 a fines del siglo XVII y 6.500 al iniciar la República.

El viajero francés Frezier, en 1712, describe sus calles sin veredas, calles polvorientas sin adoquines, con las aguas de canales que inundan las calzadas, pero lo interesante es que también sus calles están orladas de higueras, granados, palmas y flores que embellecen el paisaje y proporcionan sombra al transeúnte. Medio siglo después, 1757, el obispo Manuel Alday y Aspee, en visita pastoral a los partidos del norte, repite lo mismo, 40 cuadras con 120 a 130 casas de barro, techos de totora y caña recubiertos con retortas de barro para impedir los incendios. El gobernador y militar irlandés, Ambrosio O`Higgins, en 1783, reitera las mismas reconvenciones sobre el panorama deprimente de la ciudad. Todo es precario, no hay inversiones privadas o del gobierno real representado en el corregidor. El cabildo, que debe velar por los adelantos, la seguridad y el bien común, poco puede hacer con los escasos ingresos a sus arcas comunales. Recién en 1786, se inician  los trabajos de la cárcel y la casa consistorial de la ciudad. La catedral debió esperar hasta el año 1844 para que el feligrés pudiese mirar hacia lo alto su torre.

Podemos comprender la falta de adelantos urbanísticos en los siglos XVI y XVII, pues la mayor parte de la riqueza de las arenas auríferas de toda la región permitía financiar los gastos del ejército vecinal cumpliendo sus compromisos como vasallos de la Corona. El oro de Andacollo, Mincha, Illapel y Chigualoco terminaba en las arcas de los comerciantes peruanos, o bien, en el enriquecimiento ilícito de los gobernadores quienes llegando a Lima veían desaparecer las acusaciones de sus juicios de residencia, siendo recompensados con nuevos y mejores cargos.

El destino manifiesto de la ciudad parece estar siempre en la minería del oro, la plata, el cobre y la producción de sus ubérrimas costas; en sus valles y planicies con el cultivo de cereales, alfalfa, viñas y viñedos y los derivados de la industria agropecuaria: charquis, jamones, quesos, cabritillas, mantas de lana, frutos secos; aparejos para las tropas de mulas y cabalgaduras. Nada falta en este supuesto paraíso o cornucopia de la abundancia, pero al revisar los anales de la historia infausta emerge la imagen siniestra de la sequía que puede durar trece años (1772 y 1786), dejando su ciclo de hambrunas, muerte y desolación en animales y cultivos, más las epidemias en los habitantes. Debemos sumar los terremotos, a los que resisten solo las precarias viviendas, que oscilan sin mayor problema. Y para colmo, sobrevienen los inviernos de aluviones y aguaceros con la destrucción de la red de canales y los sembradíos. Sobrevivir en tiempos coloniales era una verdadera hazaña para los 396 españoles, los 173 indígenas y los 461 individuos de color negro, en la ciudad en 1778.

 

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