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EDICIÓN | Septiembre 2018

El Qhapaq Ñan al sur del valle del Maipo. Un patrimonio arqueológico por conocer y proteger

Por Cristián Urzúa Aburto. Creador del sitio Memoria de la Sexta Región, Magíster en Historia, Universidad de Santiago de Chile
El Qhapaq Ñan al sur del valle del Maipo. Un patrimonio arqueológico por conocer y proteger

El Qhapaq Ñan fue el sistema vial que conectó al imperio inca, asentado en el Cusco, con una parte importante del territorio de Sudamérica y que facilitó su expansión sobre un vasto territorio, dejando hoy en día grandes vestigios y expresiones culturales. En atención a su valor patrimonial, por una gestión internacional (de Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador y Perú), la Unesco, el 2014, declara al Camino del Inca como Patrimonio Cultural de la Humanidad bajo la categoría de itinerario cultural. Para Chile, esto supone un desafío para la gestión de una extensa área arqueológica desde Arica hasta el Maule. En su parte más austral, al sur del valle del Maipo, donde los picunches ejercieron una férrea resistencia a la dominación incaica, su patrimonio es menos conocido y protegido.

Un itinerario cultural es resultado del movimiento e interacción humana continua en el tiempo, de carácter dinámico y con un patrimonio cultural evidente. El Qhapaq Ñan reúne estas características, como un símbolo del poder del inca, el que se expandió a distintos pueblos transmitiendo su cosmovisión e influencia.

La presencia del Camino del Inca es particularmente notoria en el norte de Chile, aunque algunos vestigios dan cuenta decidida de su presencia en el valle central. En las regiones de O’Higgins y Maule existen distintos hitos arqueológicos del imperio incaico: los pucarás o fortalezas del cerro La Compañía en Graneros y el cerro La Muralla de San Vicente de Tagua-Tagua, entierros y piezas cerámicas (platos, aríbalos o escudillas) de factura o influencia incaica en el cerro Tren-Tren de Doñihue, Rengo, Malloa y Palquibudi (Curicó). También se vislumbra, a través de los sistemas de regadío, el arte rupestre y en los documentos dejados por los conquistadores hispanos, que atestiguan la enemistad del inca con los pueblos autóctonos. En conjunto, estos vestigios son parte integral de lo que fuera el Qhapaq Ñan en los valles de Cachapoal, Colchagua y Maule, donde la resistencia “promaucae” impidió la expansión del tawantinsuyo más al sur.

En esta área el patrimonio arqueológico está sumamente vulnerable. Citemos el caso más dramático al respecto, el del Pucará del Cerro La Compañía, que ha estado en el más completo abandono, sin cierre perimétrico, expuesto a visitas espontáneas y, ante todo, perjudicado por la instalación de una antena telefónica, cuyas obras destruyeron uno de sus muros. De acuerdo a la Ley 17.288, los “lugares, ruinas, construcciones u objetos de carácter histórico o artístico; los enterratorios o cementerios u otros restos de los aborígenes, las piezas u objetos antropo-arqueológicos”, entre otros, quedan bajo tuición y protección del Estado. Sin embargo, los escasos recursos asignados a esta materia hacen difícil su fiscalización y resguardo, aunque la creación del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio constituye un avance en la materia.

Positivamente, profesionales (arqueólogos, antropólogos, historiadores) e instituciones (como el Museo Regional de Rancagua y la Fundación Añañuca) han desarrollado iniciativas para la protección y conocimiento de los yacimientos arqueológicos regionales. El concepto del Qhapaq Ñan como itinerario cultural, en este sentido, tiene la virtud de unificar el patrimonio material e inmaterial, los paisajes culturales y las comunidades, en una compresión global desde lo local.

 

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