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EDICIÓN | Septiembre 2018

El origen de los barrios de La Serena

Hernán Cortés Olivares. Académico e historiador Universidad de La Serena.
El origen de los barrios de La Serena

El proceso de ocupar y de habitar el espacio territorial de la urbe serenense ha sido, desde su primera fundación, tarea y responsabilidad del cabildo o municipio, los cuales, a través de sus dos alcaldes y el procurador general serán los encargados de asignar los solares y cobrar las rentas anuales a sus propietarios.

Por supuesto que en esta tarea eran asistidos por los regidores, alarifes y alcaldes de la Santa Hermandad. Todo el protocolo de ocupación y habitabilidad estaba escrito en las Leyes de Indias, en donde se establecía un rígido protocolo. Una vez cerrada la solemne ceremonia de fundación de la ciudad se procedía a trazar el plano regulador en forma de damero señalando, en primer lugar, el emplazamiento de la Plaza de Armas.

En torno a esta plaza, símbolo de la soberanía real, se procedía a establecer el barrio cívico con la casa del gobernador, el cabildo, la justicia, la iglesia matriz y, en los solares adyacentes, las casas de los conquistadores, funcionarios de alto rango como los oficiales reales, miembros de la administración de la Corona y los súbditos favorecidos con tierras y/o mano de obra indígena. Hoy, denominamos este lugar como barrio cívico y centro de la ciudad donde se realizan los actos oficiales de gobierno, fiestas civiles y eclesiásticas.

Las cuadras adyacentes a la barranca del mar o sector oriente eran solo cuatro, desde Eduardo de la Barra hasta Colón y, hacia el oriente, desde calle Matta hasta O`Higgins, ubicándose en la periferia de estas los barrios y conventos. El colegio, residencia e iglesia de los jesuitas, ocupan la quebrada y parte de la terraza del alto de Santa Lucía. Los dominicos, iglesia y convento cercanos a la barranca de la playa. Los agustinos en el barrio de la ermita de Santa Inés. Los franciscanos con sus claustros y huertas hacia la quebrada de San Francisco y la parroquia matriz de la orden de La Merced, adyacentes a las del gobierno, tenía la función de registrar el ciclo vital de todos los vecinos y moradores de la ciudad: bautismo, matrimonios y defunciones.

En la periferia o sectores marginales, se ubican los solares que servirán de morada a hombres y mujeres libres: indígenas, mulatos, negros, mestizos y españoles pobres, quienes ejercen los llamados oficios viles o mecánicos, tales como arrieros, herreros, sastres, panaderos, pulperos, matarifes, vendedores ambulantes, albañiles, orfebres etc. Todo el servicio doméstico conformado por los esclavos y los indios de encomienda vivirán en el tercer patio al interior de la casa sevillana o extremeña de sus amos.

El lugar de convergencia de los habitantes, sin mayores distinciones de vasallaje ni discriminaciones raciales, es el barrio de las diversiones nocturnas para bailar, beber alcohol e intercambiar favores carnales, o bien planear delitos para obtener ingresos mayores al de un trabajo físico. Este barrio rojo abarcaba toda la calle de la barranca del río hasta empalmar con la quebrada del “Bolsico del Diablo”, hoy calle Almagro.

Todos los barrios tendrán como tutor una orden religiosa, quienes mediante la misa, la instrucción del catecismo, los autos sacramentales levantados en sus plazoletas tratarán de mantener los principios de la moral cristiana. En última instancia, para reprimir el delito en los barrios, serán los alcaldes como jueces urbanos quienes dictarán las diligencias necesarias al alcalde de La Santa Hermandad, para poner prisiones a los delincuentes, que no tienen temor de Dios.

 

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