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EDICIÓN | Septiembre 2018
Perdidos en Viña del Mar

El perderse en una ciudad, caminando por sus calles sin rumbo, buscando un poco de nada. Persiguiendo algo nuevo que ver, sentir, experimentar. El percibirse como parte de la metrópoli: urbano, moderno, rápido; y a la vez, extraño, ausente, vibrando en forma paralela, en una Viña del Mar que avanza, corre y grita (literalmente, los vendedores ambulantes hacen grandes esfuerzos vocales por vender sus productos). Y este deambular, nos hace hallar algo increíble, nos asombra y nos genera un placer estético.

Caminamos por las calles céntricas de Viña del Mar y nos encontramos con una escultura de Mario Irarrázabal, ese creador chileno, religioso y apegado a la materia, que nos conmueve a todos con su mano en el desierto (cerca de Antofagasta) y en Punta del Este (Uruguay). El artista que le gusta crear objetos concretos, reales, tangibles. “Es que yo vivo pensando y soñando. Eso debo hacerlo materia. Una buena escultura tiene fuerza primitiva, mágica. Lo que busco es la dimensión mágica de la realidad”, nos plantea. A través de su obra, busca crear una metáfora que sorprende y sugiere, hablando de los seres humanos, del amor y la entrega.

La escultura hallada, es un cúmulo de personas de piedra de gran escala que miran hacia un centro. La obra intriga, divierte e interesa. Asombrados, sobrecogidos, la recorremos, la rodeamos. Notamos que no tiene información y que está expuesta de manera desinteresada, poco cuidadosa. En el primer encuentro con la obra, sentimos que el corazón palpita y pensamos que todos y todas deberían venir a verla o, por último, saber que ella existe. El siguiente pensamiento no fue tan positivo, derivando en una reflexión triste: que el arte público está recluido a estatuas de héroes u obras de artistas no valoradas por la sociedad (y pienso en el simbólico incendio que acaeció esta semana en el Museo Nacional de Río de Janeiro).

La escultura “no identificada” de Irarrázaval es un secreto escondido en una gran galería de la calle Valparaíso. No daré el nombre, la idea es que ustedes busquen esta gran obra, se detengan y la observen. Que olviden, por un minuto, el ruido de la ciudad y las tiendas de celulares. Y luego, los invito a conocer otro recóndito lugar de esa galería: el restaurante puente, donde se come la mejor fondue de queso de la ciudad.

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