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EDICIÓN | Agosto 2018

CERRO SANTA LUCÍA, MODERNIDAD, CIUDADANÍA Y PATRIMONIO URBANO

Eliana Urrutia Méndez Académica Facultad de Ciencias de la Educación Vicerrectoría de Aseguramiento de la Calidad Universidad San Sebastián
CERRO SANTA LUCÍA, MODERNIDAD, CIUDADANÍA Y PATRIMONIO URBANO

Entre 1872 y 1874, inspirado en ideales modernistas bajo la forma de la doctrina del progreso, Vicuña Mackenna prospectó el destino del Santa Lucía como un parque urbano al estilo de los que conoció en sus viajes a Europa.

La naturaleza de los objetos patrimoniales puede ser diversa. En una primera aproximación se define como natural o cultural. Luego lo cultural advierte desde su carácter material o inmaterial. En estas dos categorías se inscribe el Cerro Santa Lucía, paseo tradicional del centro de Santiago. Lugar que comporta la denominación formal de ser patrimonio en su categoría de monumento histórico, pero también de ser un espacio valorado y reconocido como un referente de la ciudad, reflejo de su legado inmaterial.
Tal como lo refiriera el decreto de 1963, que declaró al Cerro Santa Lucía monumento histórico, este paseo releva el pasado de la ciudad de Santiago. Tempranamente la silueta de este otrora monumento natural aparece en un antiguo grabado realizado por el padre Alonso de Ovalle en su Histórica Relación del Reino de Chile, inscrita en la parte superior de esta elevación, resaltada por una incipiente perspectiva, la figura de una cruz, dando muestra de la importancia religiosa que tuvo este lugar desde la mirada de los conquistadores, misma que posiblemente tuvieran las poblaciones indígenas de la zona como un espacio sagrado, dada la asociación con la madre tierra que se ha advertido en el imaginario del mundo incaico presente también en este territorio y que ha sido objeto de estudio en diversas investigaciones.
Antes de ser un paseo, el Santa Lucía tuvo diversos significados y funcionalidades. Con anterioridad a la llegada de los españoles y durante gran parte de la colonia no tuvo grandes cambios. Su fisonomía se presentaba únicamente como un peñón rocoso, árido y con escasa vegetación. El cerro fue visto como el punto desde donde observar el valle, además de estar cercano a fuentes de agua. La importancia de su situación geográfica lo situaría, además, como un eje de vigilancia, un atalaya de la naciente ciudad. Luego de ello, su ocupación y uso pasaría por varios momentos: emplazamiento del primer observatorio astronómico en Chile, refugio de delincuentes, lugar de encuentro de jóvenes que eludían los estudios, basural, incluso cementerio de disidentes. Todo menos un espacio de habitabilidad e integrado a la dinámica urbana. Condiciones que daban cuenta de un lugar marginal, lo cual tendría un importante vuelco bajo la visión del intendente Benjamín Vicuña Mackenna casi en las postrimerías del siglo XIX.
Entre 1872 y 1874, inspirado en ideales modernistas bajo la forma de la doctrina del progreso, Vicuña Mackenna prospectó el destino del Santa Lucía como un parque urbano al estilo de los que conoció en sus viajes a Europa, el que además se insertaría en un concepto mayor de transformación de la ciudad de Santiago bajo preceptos de orden social, de seguridad, higiene y moral pública propios de su época.
Estas ideas se materializaron en los diversos hitos, construcciones y estilos artísticos que convergieron en el paisajismo y la ornamentación gótica y neoclásica que se mezclarían con las diversas especies nativas que fueron introducidas, lo cual desafió la propia inventiva de su autor, así como la de los arquitectos Manuel Aldunate y Victor Henry Villeneuve que desarrollaron el proyecto en sus etapas iniciales, el que no sólo implicó una aspiración urbanística, sino también una transformación de este hito natural en un espacio cultural, de formación ciudadana y democrático, según palabras del propio Vicuña Mackenna. 
 
 

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