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EDICIÓN | Julio 2018

Vino desde la tierra

Roberto Henríquez, enólogo
Vino desde la tierra

En una industria dominada por cepas tradicionales, su producción natural de tintos País ha deslumbrado por su complejidad de sabores. Instalado al sur del Biobío, este productor de vinos que exporta a Estados Unidos, Europa y Australia, elaborando de forma campesina sus mostos desde parras de doscientos años, gana elogios y premios de las bocas y narices más expertas de la vitivinicultura nacional e internacional.

Por Víctor Bascur A. / Fotografías Sonja San Martín D.

Roberto Henríquez Ascencio es el mejor enólogo del país 2017, según el círculo de cronistas gastronómicos y del vino de Chile y, además, ha sido elegido como el mejor enólogo joven innovador de Chile 2017, según El Mercurio. Con treinta y tres años, fue el único sudamericano citado entre los “25 vinos imperdibles del 2017” de la publicación especializada Punch de Estados Unidos y obtuvo el premio al mejor vino País en la prestigiosa Guía Descorchados 2018, con su “Santa Cruz de Coya”; pero definirlo por sus premios sería injusto. De hecho, él reconoce no sentirse cómodo con esa descripción. Prefiere llamarse “productor de vino”. Prefiere llamarse artesano: “Me siento orgulloso de serlo, de ponerme botas, de hacer la cosecha en el campo, de acarrear, dar vuelta cajas, lavar máquinas, moler, remontar vinos. De hacer la vendimia de verdad”, dice, mientras recorremos la bodega de sus vinos en Coelemu.  

Hasta ahí hemos llegado con el destacado sommelier chileno Héctor Riquelme y el chef español Manolo Aznar, con quienes probaremos sus mostos que se convertirán en una producción de entre veinticuatro mil y treinta mil botellas de vinos provenientes del valle Biobío y el Valle del Itata. En su infancia, la familia de Roberto vacacionaba en Florida, a cincuenta kilómetros al sur del lugar donde nos encontramos, donde su tío Vicente Ascencio hacía moscatel y cargadora (cinsault) y fue ahí donde entendió que quería hacer su propio vino. Ahí supo que quería ser enólogo.

Por eso, en 2003 entró a estudiar Agronomía en la Universidad de Concepción y empezó su incursión en el trabajo con viñas. Pasó por Undurraga, Santa Ema y Santa Rita, donde trabajó con la reconocida enóloga Cecilia Torres, mientras estudiaba para titularse. “Decidí viajar para ampliar mi visión de la vitivinicultura y fui a especializarme en viñas del extranjero que tuvieran condiciones similares a las nuestras. Viajé para salirme de la teoría y aprender con los pies en la tierra”.

Su primera vendimia fue en Sudáfrica, a donde llegó tras una postulación poco tradicional: “hice un listado de las cien viñas que más me interesaban y les mandé correos electrónicos, con mi historia y mis sueños, explicando las ganas de aprender que tenía. De los cien contestaron tres. De los tres, engancharon dos. De los dos, me decidí por uno. Y partí”.

Trabajó en una viña ubicada a treinta kilómetros del mar y se dio cuenta de que ellos se publicitaban como viñedo de clima frío, con treinta y cinco grados de temperatura, lo que distaba de la realidad local. Estuvo cuatro meses ahí, durante la vendimia, y se fue a probar suerte a Canadá. “Los enólogos tenemos la posibilidad de viajar para hacer dos vendimias por año y eso es lo que hice. En Canadá tuve un trabajo bastante convencional. Me pasó lo mismo que en Sudáfrica, donde me encontré con procesos muy parecidos a los que desarrollan las grandes viñas en Chile. Y lo que yo estaba buscando era otra experiencia”.

VOLVER A COMENZAR

Roberto Henríquez no encontró lo que andaba buscando hasta que llegó a Loire, Francia. Ahí trabajó en la viña familiar Domaine Mosse. “Me metí en el proceso de una pequeña producción realizada por personas que viven en el mismo lugar donde tienen su viña. Salen de sus casas y la uva está a metros de ellos. Viven el vino, lo respiran. Eso me marcó. Eso me gustó. Eso es lo que yo quería y a eso volví a Chile”.

Con veintinueve años regresó al Biobío a elaborar pipeño con viñateros de Nacimiento, en parras de más de doscientos años. “No tenía auto así que llegué a dedo hasta Santa Juana y luego me dirigí hacia los campos para empezar a trabajar en nuestro vino. Vino en raulí, en yunta de bueyes, usando pilones. Yo era enólogo y había trabajado en vendimias en el extranjero y ahora estaba haciendo dedo para producir vino como campesino. Fue un momento de mucho aprendizaje y me siento muy orgulloso de ello”.

Roberto se independizó en 2015 y formó su empresa. “Me puse a trabajar en bodegas prestadas. Compré unas cajas cosecheras, me gané unos tanques y empecé a puro empuje a formar mi nuevo desafío. Agarraba la camioneta para mover la fruta, empecé a moler y a lavar mis cajas. Todo fue muy artesanal y con muchas ganas de sacar adelante el proyecto”, recuerda.

Partió con una producción de dos mil botellas. Hizo el tinto Rivera del Notro y un pipeño y las coincidencias aparecieron en su camino. “Mi amigo, Eduardo Aragonés, viajó a España pocas semanas más tarde y en Barcelona, en uno de los bares de vinos naturales más importantes de Europa, le dijo a la dueña que debería tener mis vinos en su bar. Yo había formado mi empresa en junio. Tenía dos mil litros fantasmas y me llamaron de España para pedirme cuatrocientas botellas. Esa venta fue la clave”, asegura.

“Tiempo después, una compradora de vinos de Nueva York entró a ese bar de vinos y le preguntó al mozo cuál era el mejor vino chileno y él le respondió: Roberto Henríquez. Ella probó el vino, le gustó y viajó a Chile a conocerme. Actualmente es mi mejor cliente y compra cerca del cuarenta por ciento de mi producción. Nunca he sabido quién fue ese mozo, pero le estoy muy agradecido”, complementa.

Lo que ha pasado desde entonces es una carrera donde los expertos se deshacen en elogios. El sommelier Héctor Riquelme lo resume así: “Soy un testigo privilegiado al ver año a año el crecimiento de los vinos de Roberto y hay uno que me conmueve sin lugar a dudas: su Santa Cruz de Coya. El carácter y sentido de lugar que tiene me lleva por un viaje de sabor; el vino tiene tensión y muchos años, logrando capturar una vendimia en una botella, algo que muchos buscan, pero que no siempre se consigue en el esquivo mundo de vinos con carácter y electricidad, en una variedad mirada en menos por la industria del vino, donde Roberto ha logrado, reiteradamente, tapar bocas o, más bien, llenarlas”.

A ello, Manolo Aznar, fundador de Colmado Coffee & Bakery e Híbrido Restaurant, agrega: “Roberto tiene mucha sensibilidad como productor, en sus vinos se nota que hay un profundo conocimiento del territorio donde elabora; son vinos muy honestos y detrás de esa aparente sencillez denotan personalidad y complejidad a la vez.

SIEMPRE NATURAL

Henríquez hoy trabaja con su socio Enrique Herrera en el Santa Cruz de Coya en una viña de Nacimiento y compra la fruta a pequeños productores para desarrollar una línea de vinos naturales que está cambiando paradigmas. “Sacamos lo mejor de la viña y en la bodega seguimos tratando el producto de la manera más natural posible. No filtro, no estabilizo y la dosis que uso de preservantes es menos de un quinto de lo que ocupa la enología moderna. Ese es mi sello y voy a seguir trabajando así”, cuenta.

Actualmente sus vinos, como Santa Cruz de Coya, Rivera del Notro tinto, Rivera del Notro blanco, Molino del ciego y País Verde (bautizado como “Chicha de tu madre”, por poseer menos del grado alcohólico que se exige para la denominación de vino), se venden en Estados Unidos, Canadá, España, Irlanda, Inglaterra, Suecia, Bélgica, Australia y Brasil. Y en Chile se pueden comprar directamente a través del sitio web: http://robertohenriquez.com.

“Lo que viene ahora es seguir trabajando de manera sencilla. Seguiremos haciendo el vino desde la tierra y, en algún momento, me gustaría replicar todas las variedades con las que trabajo hoy, en un campo propio en Nacimiento, pero sin perder la mirada original. Soy un productor pequeño y me gusta trabajar así, rescatando la tradición campesina, de uva blanca con piel, de la vendimia de operario, del país hecho desde la tierra”, concluye.

 

“Me siento orgulloso de serlo (productor de vino), de ponerme botas, de hacer la cosecha en el campo, de acarrear, dar vuelta cajas, lavar máquinas, moler, remontar vinos. De hacer la vendimia de verdad”.

“No tenía auto así que llegué a dedo hasta Santa Juana y luego me dirigí hacia los campos para empezar a trabajar en nuestro vino. Vino en raulí, en yunta de bueyes, usando pilones. Yo era enólogo y había trabajado en vendimias en el extranjero y ahora estaba haciendo dedo para producir vino como campesino. Fue un momento de mucho aprendizaje y me siento muy orgulloso de ello”.

“Soy un productor pequeño y me gusta trabajar así, rescatando la tradición campesina, de uva blanca con piel, de la vendimia de operario, del país hecho desde la tierra”.

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