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EDICIÓN | Julio 2018

ARTE VIVO

Mauricio Allel, bonsaista

Lleva una vida dedicado al tema y es por lejos quien más sabe de bonsáis en nuestro país. Recolectando y plantando semillas dio vida a sus primeros arbolitos y junto con ellos creció y aprendió del oficio. Hoy sus manos moldean árboles espectaculares y sólo espera que el legado continúe una vez que él ya no esté.

Por Carolina Vodanovic /Fotos Andrea Barceló

Traspasar la puerta de su vivero en Los Domínicos, es encontrarse con más de ocho mil mini ejemplares que conmueven por su belleza. Bonsáis, que en japonés significa “plantado en maceta”, es lo que toda su vida ha hecho Mauricio Allel, arquitecto de profesión, pero sin duda mucho más: un verdadero artista.

Recuerda que de niño, mientras sus amigos jugaban flipper, él ya estaba sembrando semillas y cultivando arbolitos. Un compañero de curso le regaló un libro sobre árboles enanos y desde ese día comenzó a profesionalizar su pasión. “Desde chico acaparé toda mi casa con plantas; en el colegio todos los trabajos manuales que hacía eran relacionados con plantas, sin duda traía esto en el ADN”.

A los dieciocho años ya tenía una colección de quinientos árboles; en ese entonces también ya hacía jardines. Ingresó a estudiar agronomía, pero rápidamente derivó a arquitectura en la Universidad Central. Ahí comenzó su lucha para que incorporaran ramos de paisajismo en la malla. “¡De chico compraba plantas o legos!, siempre me gustó mucho también la arquitectura”, cuenta entre risas.

Hoy, con poco más de medio siglo y una basta y reconocida colección de árboles en miniatura, repasa su historia y se siente súper orgulloso. “Tengo piezas que no existen a nivel mundial, están hechas de semilla, y ya con cuarenta y cinco años de vida son consideradas una maravilla… Los bonsái son las únicas obras de arte vivientes y cada año que pasa son más espectaculares, pues van tomando proporciones más pequeñas, sus hojas, flores y frutos se achican y, por ende, nunca se termina”.

Un trabajo que, sin duda, nunca termina, y que hoy por hoy lo tiene alistando maletas para viajar a Nueva York. De ahí parte a Punta del Este, luego a Ibiza y en noviembre a Taiwán, donde montará una exhibición de paisajismo sustentable en la Taichung International Flora Exposition.

“Me encanta mostrar mi trabajo y que la gente lo disfrute. Siento que lo aprecian porque saben que mis árboles son absolutamente naturales, saben que no sufren ningún tipo de manipulación brusca, y eso lo valoran”.

 

A LA RAÍZ

El trabajo de Mauricio Allel sigue los principios básicos del bonsái chino —no japonés—, y allí la intervención es la mínima posible.

 

¿En qué se diferencia tu trabajo del resto?

Nunca me gustó el hecho de que los japoneses trabajaran forzosamente los árboles con alambres. Ellos toman un árbol en pleno crecimiento y lo fuerzan a achicarse cortándole las ramas, los brotes y las raíces. El árbol brota y todos esos brotes se van cortando y amarrando para formar un tronco rápido; el alambrado es justamente para darle formas de la naturaleza… En el caso de mis árboles, la cosa es al revés, el mío parte desde muy chico creciendo proporcionalmente y se va formando perfectamente, con todo pequeño.

Todo el trabajo es minucioso y Mauricio presta mucha atención también a la elección del recipiente del bonsái. “Hay que escoger la base según la pieza de arte que tengas; es tan simple como buscar un buen par de zapatos para tu tenida. Desde chico me ha gustado tallar; cuando empecé a tener piezas de bonsái que necesitaban ciertas formas de piedra, empecé a buscarlas y esculpir, hoy trabajo con espuma volcánica, porcelanas chinas y japonesas, además de cristales y maderas”.

 

¿Requiere mucho cuidado un bonsái?

No, el cuidado de mis bonsáis es simple: sólo regarlos diariamente en verano, dos o tres veces a la semana en invierno, y una vez al año traérmelos a mantención. La mantención que se les hace es como ir a la peluquería, a algunos se les cortan las puntas, a otros se les limpian las raíces o se les cambia parte de la tierra… Si de ubicación se trata, lo ideal es mantenerlos en la terraza, afuera de la casa para que tengan un ciclo natural. Si mantienes, por ejemplo, un liquidámbar o un ácer japónico en el interior, y pasa el invierno ahí, no le va a producir ningún cambio: no se va a poner la hoja de color, no va a brotar ni florecer. Deben estar afuera.

Cada uno de los más de ocho mil ejemplares que Mauricio mantiene en su vivero, de los cuales cerca de cien corresponden a su época de infancia, sostienen una grifa de autenticidad, una suerte de RUT, que le proporciona información importante: nombre de la especie, fechas importantes, cuidado, riego e información de contacto, una vez que se venden.

“Trabajo con más de doscientas especies de árboles y la gran gracia de esto es que tú, tus hijos y tus nietos pueden ver el árbol, ¡viven más de doscientos años! La filosofía china habla de tener un árbol que perdure diez veces lo que tú vas a vivir, lo lindo es justamente tener un bonsái en la casa y traspasarlo de generación en generación”.

 

¿Cómo se calcula el precio de un bonsái?

Los años por supuesto que ayudan, pero lo que le da el precio a un árbol es el diseño, el refinamiento, la forma y la proporción que tenga. ¡Lo que le da el valor es, definitivamente, lo que a todos nos llama la atención! Cuando ves una ropa linda, sabes que es de buena calidad, es el refinamiento que tenga. Además, por supuesto que la especie, pues hay alguna muy lentas de crecimiento y otras que viven más de mil  años.

A la hora de elegir su favorito, dice que le resulta imposible escoger menos de cincuenta árboles. “Dentro de cada especie de las que tengo, hay dos o tres que tienen formas alucinantes”. Respecto a la elección de sus clientes, suelen inclinarse por los Ácer Japónico y Liquidámbar, además de los Juníperos —los árboles inclinados—.

Desde hace algún tiempo, Mauricio se ha especializado en “jardines japoneses”, y en jardineras o patios interiores de pocos metros cuadrados logra recrear la magia de oriente, con un toque zen. “La arquitectura y el paisajismo van de la mano, me encanta intervenir los espacios y que se vuelvan el eje de la casa, un lugar que te dé energía. En mis propuestas siempre incorporo volcanes de agua, cortezas, además de piedras de colores que recolecto de todo Chile. Yo crío árboles especialmente para este tipo de jardines, me caracterizo por entregar jardines que dan la impresión de haber estado toda la vida. Son espacios que requieren poca mantención y que, sin duda, ayudan al buen vivir”.

Para quienes gustan de esta técnica ancestral y quieran apreciar el trabajo de Mauricio Allel, pueden acercarse al Pueblito de los Domínicos y visitar el museo que allí tiene desde hace quince años. “El mío es un trabajo diferente a lo que tú ves en todas partes; de hecho, en Chile no me consideran un bonsaista japonés, me consideran un artista, porque lo que yo hago es modelar la naturaleza”.

 

¿Algún pendiente?

Me encantaría que el día de mañana quedara un legado, una huella; amo lo que hago, es mi vida, estoy todo el día en esto. Quiero hacer un lugar que sea de peso para que todas estas especies perduren en el tiempo.

 

“Los bonsái son las únicas obras de arte vivientes y cada año que pasa son más espectaculares, pues van tomando proporciones más pequeñas, sus hojas, flores y frutos se achican y, por ende, nunca se termina”.

“El cuidado de mis bonsáis es simple: sólo regarlos diariamente en verano, dos o tres veces a la semana en invierno, y una vez al año traérmelos a mantención”.

“Trabajo con más de doscientas especies de árboles y la gran gracia de esto es que tú, tus hijos y tus nietos pueden ver el árbol, ¡viven más de doscientos años!”.

“El mío es un trabajo diferente a lo que tú ves en todas partes; de hecho, en Chile no me consideran un bonsaista japonés, me consideran artista, porque lo que yo hago es modelar la naturaleza”.

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