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EDICIÓN | Julio 2018

Poesía no sexista

por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D.
Poesía no sexista

Escuché el clamor enardecido por educación no sexista; vi claustros retenidos por iracundas estudiantes. Entonces, calmé mi espanto al recordar cuatro poetas, dos hombres y dos mujeres; dos de Occidente, dos de Oriente. Cuatro, que sí sabían de no sexismo, porque lo sublimaron. También enclaustrados, pero sin violencia alguna, llevaron el alma desde la discordia a la Unidad.

San Juan de la Cruz (1542-1591), explica ese tránsito de modo lúdico-onírico: “En una noche oscura/ con ansias en amores inflamada/ ¡oh dichosa ventura!/ salí sin ser notada/ estando ya mi casa sosegada”. Juan, asocia el alma a imagen femenina, que escapa de su morada terrena y se aventura por el infinito, y añade: “A oscuras y segura por la secreta escala disfrazada./ En la noche dichosa y en secreto, cuando nadie me veía/ ni yo miraba cosa sin otra luz ni guía/ que el corazón ardiente y enajenado”. Juan estuvo preso por una falsa acusación; aunque ya vivía en presidio voluntario, desde donde lanzaba su alma al encuentro de la Luz que opaca al mismo sol. En otro verso dice: “Tan embebido (estaba), tan absorto y enajenado, que se quedó mi sentido de todo sentir privado/ y el espíritu dotado de un entender no entendiendo/ toda ciencia trascendiendo”.

Santa Teresa (1515-1582), la monja reclusa de Ávila, vivió en una época de gigantes; conoció a Juan de la Cruz, y juntos formaron la Orden Carmelitas Descalzos. Ambos, incansables buscadores del fuego que abraza y no quema, vivieron con frugalidad y sencillez, agradecidos del palacio corpóreo que es la plataforma de lanzamiento hacia el abismo del universo: “En esta divina prisión en que vivo, he hecho a Dios mi cautivo./ Y causa en mí tal pasión/ ver a Dios mi prisionero, que muero porque no muero”. Y, en otro: “¡Ay, qué larga es esta vida! / ¡Qué duros estos destierros! / ¡Esta cárcel, estos hierros en que el alma está retenida!/ Sólo esperar la salida / Me causa dolor tan fiero. / Que muero porque no muero”.

Kabir (app.1440–1518), es un poeta de poderosa influencia sobre nuevas formas religiosas en la India, como el Bhaktismo y el Sikhismo. Kabir habla del Amor que todo lo puede, que hace dulce aún el trago más amargo; y dice: “El que ha bebido ese néctar, vagará por la vida como un loco". Relaciona el apego a lo material —en cualquiera de sus niveles— como la belleza que cautiva, pero que esclaviza: “¡No te desplaces al jardín lleno de flores!/ ¡Oh amigo! no vayas allí/. En tu cuerpo está el jardín más fragante y florido. / Siéntate sobre los mil pétalos de loto y contempla ahí la verdadera Belleza”. En otros versos asimila el abrazo místico al regazo materno: “¿Veré amanecer el día, ¡Oh Madre Divina!,/ en que al pronunciar Tu Nombre afluyan a mis ojos torrentes de lágrimas/ inundando los bancos de arena de mi ignorancia,/ y acabando con la aridez de mi corazón?”. A veces se pregunta si la sapiencia lo puede alejar del Amor: “¿Florecerá (en mí) el loto luminoso de la sabiduría, que disipe para siempre mis tinieblas?/ No. Sólo quiero tu presencia ¡Oh Madre Mía y Señora de la Creación Permanente!”.

Meera Bai, o Mirabai (1498–1546) princesa de Mewarh, India. Renunció a su privilegiada posición, y vivió como monja y esposa de Krishna. Su poesía describe la pasión que la consume: “Estoy enloquecida, trastornada por el Amor/ y nadie entiende mi entrega./ Quién está malherido entiende su agonía; un joyero conoce el valor de su joya./ Así, sólo la enamorada sabe cómo el fuego le consume el corazón”. Su diario encuentro extático es unión erótica: “Mi Amado ha vuelto a casa; Él, a quién añoraba, ha venido a abrazarme./ Apenas ya se acerca siento su calor./ Nuestro regocijo llena el valle de felicidad. Los pavos reales danzan ebrios de alegría./ Mi Señor, no te vayas, hazme tuya eternamente”. O bien: “Mi Señor me cubre de amor,/ mi miseria de vagar por el mundo ha terminado./ El lirio estalla en flor a la vista de la luna; (así) mi corazón florece de alegría./ La quietud impregna este cuerpo mío;/ su estancia llena mi casa de dicha./ El dolor de la dualidad ha desaparecido”.

Juan, Teresa, Kabir, Mirabai, no hacen diferencias ni separan. Recluidos, lejos del bullicio, en simples rutinas abrían la mente a la inseminación que causa la creación.  Hoy, las universidades, herederas de la rica tradición escolástica, gustan de llamarse “claustros”. Pero, en ellas no hay lugar para el goce contemplativo, ni la búsqueda de la trascendencia que supera la ciencia. Si no se han vuelto sitios oscuros, densos, odiosos, donde hasta se discurre cómo destruir a la sociedad. Aunque, quizás no sea tan malo. Siendo que el sistema educacional se ha transformado en una caverna, tal vez luego vendrá el proceso reverso y el espíritu desesperado de tanta ignorancia volará otra vez a la Luz, Ex umbra in solem.

 

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