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EDICIÓN | Junio 2018

POR “SUS” VIEJOS

Maite Zubia, creadora de Fundación Expreso
POR “SUS” VIEJOS

Risueña, dispersa, divertida. Su libertad resulta inspiradora, tal como la pasión que pone en el trabajo diario con sus “viejos”, a quienes se dedica en cuerpo y alma y por quienes cambió radicalmente su estilo de vida: hoy necesita mucho menos y decidió vivir de manera más consciente, aunque para lograrlo haya tenido que arrastrar a toda su familia.

Por Mónica Stipicic H. / Fotos: Andrea Barceló y gentileza Maite Zubia

“Máximo Lobos, cargador de oficio. Cantante, amigo y nuestro inigualable “besador”. Hombre dulce, risueño, alegre y trabajador. Donde hay una sonrisa, ahí está Máximo. Le fascina estar vivo y sólo con la mirada, regala vida al trabajar. Hombre de poco hablar y de mucho coquetear. Don Máximo es luz y vida en Expreso. Cada una de sus tablas es una pieza única de incalculable valor. ¡Gracias Máximo, gracias por estar!”.

Maite llega y nos entrega una pequeña tarjeta con esta reseña y la foto de un dulce viejito con gorro de lana. Máximo era uno de los viejitos de Expreso. Máximo murió hace un par de semanas. Máximo representa el día a día de esta institución y de su fundadora.

Ella no lo llora. Se emociona, pero desde la alegría. Y en sus ojos se nota la satisfacción por la labor cumplida: Máximo, como tantos otros, murió con la sensación de que sus últimos años en la tierra valieron la pena. No se fue en la calle, en medio de la noche y enrollado en alguna esquina, inconsciente por el alcohol. Y eso es justamente lo que ella quería.

Pero esta paz no siempre estuvo instalada en su vida. De hecho, hasta hace cinco años, Maite Zubia tenía una vida completamente distinta. “Tenía una vida tranquila, como la de cualquier persona. Tres hijos, marido, pega, venía llegando de vivir en Estados Unidos donde mi marido hizo un doctorado. Una vida con muchas oportunidades que me permitió abrir una microempresa de chocolates y trabajar desde mi casa, cuidando a mis hijos”, recuerda.

Todo cambió gracias a Pablo Walker, capellán del Hogar de Cristo y el sacerdote que la había casado y bautizado a sus hijos. “Yo no leo nada, ni las instrucciones para preparar tallarines, pero ese día el computador estaba abierto en la página de un diario y vi una foto de Pablo. Me acerqué a mirar y vi que el título decía “No calles”… era una columna y la leí. Quedé helada, el mensaje era muy potente porque decía que al Hogar de Cristo no le cabían más muertos y que a Chile no le cabía más indiferencia. Se notaba desesperado. Sólo atiné a llamarlo y preguntarle qué podía hacer… a lo mejor pensé que iba a pedir que juntara frazadas, pero no; me pidió que lo ayudara a sacar gente de la calle. Y partí para allá”.

Hasta hoy Maite recuerda ese trayecto, que hizo junto a su hijo de cinco años. Obviamente no era la primera vez que iba a esa zona, pero por primera vez se dio cuenta de que todo era gris, que ya no había árboles ni plazas. Al llegar se encontró con muchos ancianos que realmente daban miedo: uno sin ojos, otros sin una pierna, todos con la mirada perdida, sin querer verse y observando a este niño que, recién llegado, les ofrecía dulces y les preguntaba el porqué de sus “sin”. Pero también se fascinó con sus respuestas, con la interacción lúdica y las explicaciones que inventaban para satisfacer la curiosidad. Y simplemente se enamoró de ellos.

 

¿Había alguna cercanía tuya con la tercera edad antes de ese día?

Todo lo contrario, les tenía terror. De hecho, la primera vez que hablé con Pablo le pedí que no me hiciera trabajar con viejos, porque se morían y yo era demasiado sensible como para enfrentarme a eso. Pero me enamoré apenas los vi y del desafío que implicaba saber que muchos de ellos se iban a morir muy pronto y que no podían irse así, en medio de la nada, sin sonreír…

Lo primero que se le ocurrió fue terminar con el ambiente gris. Así que empezó a imprimir mandalas y a pedirles a sus cercanos que le regalaran lápices de colores. Y se pusieron a pintar. Gracias a su personalidad, que ella misma define como avasalladora e intensa, comenzó a conocer a los ancianos y a invitarlos a pintar. Su propio hijo les enseñó acerca de los colores y patrones. “Algunos me decían ‘es que yo no pinto’ y yo les decía ‘no importa, dime qué colores uso y yo pinto por ti…’. Nunca quise relacionarme con ellos desde la lástima”, recuerda.

Cuando ya llevaban miles de mandalas pintados y todas las paredes del lugar ocupadas, Maite tuvo que replantearse todo. Mal que mal, sabía que pintar no iba a cambiar su vida y, mucho menos, la de esos viejitos. Hasta que un día, bajando por General Velásquez, se dio cuenta de que en la calle había mucha basura. Basura desechada igual que sus viejos. Y en medio de esa basura, tablas, trozos de madera, puertas… decidió desafiarlos y desafiarse.

 

¿Cómo llegaste a la fabricación de tablas para la cocina?

No sabía nada de carpintería, pero una amiga me pasó un libro de cocina y me di cuenta de que todos los platos estaban preparados sobre madera muy rústica. Como no tenía plata llevé un par de lijas y empezamos a trabajar. Cuando teníamos tres tablas las llevé donde una amiga que tenía una tienda y las vendió en veinte lucas. Y las primeras tres tablas se transformaron en tres lijas eléctricas, las siguientes en una caladora y después en un taladro. En un minuto nos vimos con dos millones de pesos, quince viejos trabajando, un voluntario y un espacio en el hogar. Empezó a oler a transformación por todos lados y, además de las maderas de la calle, comenzamos a robarnos a los viejos desechados de la calle. Ellos empezaron a entrar y a cambiar el trago por esto. En ese momento quise conocer más de ellos, ya no me servían sus apodos, necesitaba sus nombres y apellidos. Ya no era “el correcaminos”, era Francisco Paredes, y me conseguí delantales para bordarles sus nombres completos.

 

Una forma de darles identidad…

Más que identidad, fue vestirlos con dignidad, con su propia historia. Permitir que se reconocieran entre ellos y se creara un vínculo, pero también permitirme a mí robar sus historias, acercarme a ellos.

 

SU PROPIO CAMBIO

“Le debo una disculpa a mi familia. Porque esta era una cosa mía, pero al final arranqué, como un parche curita, todo lo que ataba y me empecé a desprender hasta sentirme lo más liviana posible: cambié a los niños de colegio, me fui de Vitacura a Peñalolén, me deshice de los psicopedagogos y de los happy hour, de los apellidos y de las historias del tipo ‘¿en qué colegio estuviste?’. Y los arrastré a todos en ese cambio”, dice.

 

Un giro tremendo…

Sí, porque en el fondo el modelo tradicional siempre va a ser más cómodo. Pero yo cambié ir a la playa por ir a la Vega… aunque tampoco quiero parecer Benito Baranda, porque sigo viviendo en un buen barrio, mis niños siguen yendo a un buen colegio y tengo las seguridades necesarias. Pero vivo el día a día.

 

¿Sientes que todo te pasó de un minuto a otro?

O sea, llevo cinco años en esto, pero nunca me he sentado a pensar cuál va a ser el próximo proyecto. Se me aparecen en el camino y los tomo porque ando muy despierta y atenta a las señales de la vida. Trabajar con viejos tiene un tinte fascinante, que se relaciona con la urgencia; de aquí a una semana este viejo puede no estar. Y en esa misma semana lo voy a enderezar, voy a lograr que reconquiste sus vínculos y robarle un poco de sus historias.

 

¿Cómo vives el que ellos se enfermen y se mueran?

Para eso me dibujé una figura que yo llamo el Epitafio. Mucha gente llega a ser solidario a través de la tragedia, de ver a un señor sin dientes o a un niño con cara de pena. Pero a mí eso no me interesa: mi invitación es la resurrección, a volver a estar vivo. No es que no me interesen sus tragedias, pero más me importa mostrarle al mundo cómo él quiere trascender después de su muerte inminente. Y para eso me robo su historia, pero la historia que él quiere poner en su epitafio, como él quiere ser recordado.

 

Me imagino que hay viejos mucho más difíciles de roer. 

Sí, pero yo los invito a conquistarse y lo hago de forma divertida, les converso, les invento payas. Máximo, por ejemplo, que murió hace algunas semanas, era cargador de La Vega… pero él quería que la gente lo recordara como cantante. Cantaba fuerte para que todos creyéramos que había sido cantante. Y eso es lo que yo puse en su epitafio.

 

¿Alguno que no haya resultado?

No. Hay viejos más duros, pero si un hombre de ochenta años te compra la idea de que puede volver a trabajar, a recibir un salario y a hacer cosas increíbles, se rompe la barrera de la desconfianza. Y tal como en las tablas, al lijar va a apareciendo la veta. Uno de mis viejos más emblemáticos, el que más me costó, el más difícil, el viejo de mierda gruñón, mañoso y apestoso, hoy es el director de la fundación. Es el que vela por la operación, porque haya lijas, maderas y remuneraciones para los demás… él pasó del ruco a la jefatura.

 

¿Te gustaría replicar esto más allá de los ancianos?

No. Estoy enamorada hasta las patas de los viejos, de la calle y de sus urgencias. Creo que el modelo de Expreso es replicable a la señora maltratada, al cabro que está a punto de probar la pasta base y es súper tentador irse a la cárcel, donde tienes gente realmente encadenada a sus errores. Pero mi mundo está en el viejo y quiero que ahí se quede.

 

Todo está muy cruzado por el alcoholismo…

Y las drogas y las enfermedades mentales y la delincuencia. El copete es un veneno lamentable, pero muy eficaz y rápido como sedante. Yo no pretendo dar lecciones de nada ni les exijo que dejen de tomar. Muchos agarran la plata y parten felices a comprar un trago rico, pero también hay otros que corren a comprarse una máquina de afeitar…

 

Finalmente muchos dejan de tomar.

Para entrar al taller tienen que estar sobrios, por una cosa de seguridad. No quiero que un viejo, por copete, se tropiece y bote una mesa y queme a otro viejo. Del cien por ciento de los viejos que tomaba, para poder integrarse al taller un noventa por ciento dejó de hacerlo. Y el milagro es que varios de ellos han logrado salir del hogar, arrendaron una pieza y liberaron camas para alguien más.

 

¿Por qué Expreso?

Porque somos ex-presos de la calle, de la pobreza y del abandono.

 

Sólo viejos… ¿no hay viejas?

No, porque las mujeres somos mucho más fuertes, más resilientes y más difíciles de rendir. Y la calle es símbolo de rendición. La mujer da la pelea hasta el final, tiene más recursos, mientras los hombres se echan a morir más rápido.

 

“Les tenía terror a los viejos. De hecho, pedí que no me hiciera trabajar con viejos, porque se morían y yo era demasiado sensible como para enfrentarme a eso. Pero me enamoré apenas los vi y del desafío que implicaba saber que muchos de ellos se iban a morir muy pronto y que no podían irse así, en medio de la nada, sin sonreír…”.

“Además de las maderas de la calle, comenzamos a robarnos a los viejos desechados de la calle. Ellos empezaron a entrar y a cambiar el trago por esto. En ese momento quise conocer más de ellos, ya no me servían sus apodos, necesitaba sus nombres y apellidos. Ya no era “el correcaminos”, era Francisco Paredes, y me conseguí delantales para bordarles sus nombres”.

“Máximo, por ejemplo, que murió hace algunas semanas, era cargador de La Vega… pero él quería que la gente lo recordara como cantante. Cantaba fuerte para que todos creyéramos que había sido cantante. Y eso es lo que yo puse en su epitafio”.

“El copete es un veneno lamentable, pero muy eficaz y rápido como sedante. Yo no pretendo dar lecciones de nada ni les exijo que dejen de tomar. Muchos agarran la plata y parten felices a comprar un trago rico, pero también hay otros que corren a comprarse una máquina de afeitar…”.

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