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EDICIÓN | Junio 2018

Un grano de arena

Antonia Scarella y Carolina Moraes, directoras Fundación Minga Valpo
Un grano de arena

Esta es la historia de cómo un grupo de jóvenes arquitectos decidió ir más allá y crear un espacio de juego y aprendizaje en el Cerro La Merced, luego del megaincendio que afectó a Valparaíso el 2014. Un espacio que le ha cambiado la cara al barrio y la vida a decenas de niños que encontraron en la Ludoteca un lugar mágico. “Estamos enamoradas de este proyecto”, afirman dos de sus directores. “Toda la vida hemos buscado iniciativas que tengan impacto, que ayuden a tener un mundo mejor. Y acá lo estamos logrando”.

Por Macarena Ríos R./ Fotografías Teresa Lamas G.

Sentados alrededor de una mesa, varios niños dibujan. En una de las paredes —hechas de madera, paja y estuco de barro—, hay un letrero que reza: “No pegar, no insultar, cuidar la Ludoteca”. Son las máximas que los propios niños escribieron luego de un día de furia. Y que son el leiv motiv de esta construcción prefabricada que fue donada por la Fundación Minga Valpo a los vecinos del Cerro La Merced.

En la sala iluminada por amplios ventanales llega el sol de la tarde. Se escuchan risas y el parloteo propio de los niños, totalmente ajenos a la lucha diaria para que la Ludoteca se mantenga en el tiempo.

¿Cuánto necesita la Ludoteca para funcionar?

Doce millones de pesos al año. ¿Qué son doce millones para una empresa?, ¿para el gobierno? Si tuviéramos diez Ludotecas funcionando, serían ciento veinte millones de pesos. ¿Sabes cuánta plata bota el gobierno en proyectos que quedan ahí y que no se visibilizan? Ayer en un almuerzo me decían “si cada uno de nosotros donara diez mil pesos al mes y fuéramos cien socios, con ese millón mensual podríamos mantener la Ludoteca. Si los jóvenes donaran un par de piscolas al mes, estarían ayudando a una causa que cambia vidas. Pero hoy en día la juventud no está ni ahí. No les interesa.

 

EL ORIGEN

Lo que partió como una construcción puntual de una casa en el cerro luego del incendio, se convirtió en algo mucho más grande. Como cada vez que hay una catástrofe en nuestro país, llegaron muchos recursos, donación de materiales y una red de voluntarios infinita. Y lo que se planificó como un proyecto de un mes se extendió por un año.

“Fueron los niños los que nos pidieron que nos quedáramos. Después de un año de hacerles talleres en las tardes, mientras reconstruíamos su entorno, nos dimos cuenta de que habíamos abierto un nicho donde el juego y el reciclaje ya formaban parte de sus vidas. Debido a la carencia de espacios públicos en los cerros, los niños no tenían dónde jugar”.

Pero instalar un espacio orientado a los más pequeños no fue nada fácil. La construcción donde se emplaza la Ludoteca fue una de las ganadoras del Concurso Construye Solar en el Parque O’Higgins el 2015. Durante un año la casa durmió en un contenedor, mientras Carolina y Antonia, junto a un gran equipo detrás, buscaban los permisos, el terreno y las lucas necesarias para poder construir la Ludoteca en el Cerro La Merced. Gracias a una campaña de crowfounding internacional lograron levantar ocho millones de pesos para su instalación. “Esa campaña fue muy buena, tuvimos donaciones hasta de Santiago Calatraba (famoso arquitecto catalán)”.

En abril del 2016 se terminó de construir la casa. No tenía piso, ni baños, ni cocina. “En un principio los talleres se hacían dos veces a la semana. Como todavía no contábamos con agua ni electricidad, los niños tenían que ir al baño de sus casas. Todo era muy precario”. Gracias a nuevas donaciones —esta vez de la Fundación Careno perteneciente a los Luksic—, se pudieron terminar los baños, la cocina y realizar las instalaciones eléctricas. En paralelo postularon a un concurso en Santiago de la Fundación Colunga de Innovación Social que les permitió armar el proyecto con metodología y propósito, además de poder contratar a profesionales de planta.

¿Qué ha sido lo más difícil?

Meternos en el área de educación y sicología que el proyecto implicaba. Nosotros somos puros arquitectos que nos involucramos pensando un poco en la infraestructura comunitaria y en el déficit que existe de espacios para niños. Tuvimos que aprender sobre la marcha, tuvimos que asesorarnos, ver cuál era el foco que le queríamos dar, cómo manejábamos los casos difíciles de conductas. Y eso fue muy duro al principio.

 

LOS BEMOLES

La puesta en marcha fue difícil y una verdadera apuesta. Al comienzo iban a buscar a los niños a las casas e incentivaban a las mamás para que los llevaran. Hoy llegan solos.

¿Cuál es el impacto real de este proyecto?

Evitas que los niños estén en la calle, porque en la calle están expuestos a muchos peligros: las pandillas, el alcohol, las drogas, las violaciones, los asaltos. Por otro lado, en Valparaíso no hay espacios públicos destinados a la infancia. No hay plazas, no hay juegos. Nosotros buscamos suplir ese déficit y darles un lugar seguro a los niños en la ciudad y en su barrio donde puedan ir a encontrarse con sus vecinos, a pasarlo bien, a jugar.

Cada día, un anfitrión es el encargado de abrir y cerrar la casa, el que se preocupa de la limpieza y el orden y de que no falte nada. Los monitores están a cargo de manejar las actividades del día “que son mezcla de juego libre y un taller lúdico y entretenido, que en definitiva es la excusa para trabajar ciertas áreas del aprendizaje con los niños”.

¿Cómo cuáles?

Fomentar los valores, el respeto, mejorar el lenguaje, las relaciones entre ellos, las relaciones con sus padres. También les entregamos herramientas para su desarrollo cognitivo, lo que les permite mejorar sus notas en el colegio. Este espacio descomprime la relación familiar, permitiéndole al niño estar en un lugar seguro, donde lo pasa bien y está siendo estimulado. Y por otro lado, a la mamá le permite crear redes de apoyo con otras mamás con las que comparten experiencias. Esos niños son la comunidad del mañana. Eso mejora el barrio en todos los aspectos y genera sinergias urbanas en el lugar.

¿De dónde sacan los recursos?

Ese es nuestro desafío constante. Este año no tenemos plata, estamos estirando el chicle de lo que ganamos el año pasado con el Fondo Colunga y hemos conseguido algunas donaciones de familiares y amigos que se han hecho socios de la Ludoteca. Si no podemos mantener a los monitores y a los encargados del lugar este proyecto simplemente no funciona. Tenemos un programa de socios bien básico a través de campañas invitando a que donen mensualmente lo que puedan: #ludoteca.merced.

¿Cómo se trabaja con los voluntarios?

Tenemos una alianza con tres organizaciones distintas: Cooperación Internacional Barcelona, que es una escuela que tiene una sueca con un chileno donde llegan chicos desde Suecia a estudiar español y cooperación internacional y después se vienen a Chile a hacer seis meses de práctica. Ellos son increíbles, están 24/7 con nosotros, y también nos ayudan con las redes sociales. Además tenemos convenio con dos organizaciones —IFSA e ISA—, que trabajan con la Universidad Católica, que son los que reciben a los alumnos que vienen de intercambio a hacer trabajo social. En Estados Unidos y Europa, por malla curricular, todas las universidades les exigen cumplir con ochenta horas de trabajo comunitario.

Actualmente ustedes están haciendo un trabajo con sociólogos para evaluar el impacto de este proyecto

Creemos que es un proyecto que debiese aplicarse como política pública. El impacto que tiene es notable y genera un cambio muy relevante tanto en la comunidad como en los niños. Pero para poder presentarlo a cualquier institución de gobierno necesitamos tener  datos duros. Hicimos un llamado a voluntarios del área de la sociología y llegaron dos sociólogos. Con ellos estamos haciendo el estudio. La idea es, con los resultados en la mano, poder presentarlo a la Subsecretaría de la Infancia.

Y ese resultado incidiría en la búsqueda real y efectiva de fondos

A eso apostamos. En la búsqueda de recursos que hemos tenido con las empresas nos ha ido súper mal, porque aunque tienen muy buenas intenciones, las empresas te ofrecen cosas materiales (columpios, mesas, cuadernos) que nosotros ya tenemos, sobre todo porque trabajamos mucho con objetos reciclados: cajas de huevos, rollos de papel higiénico, etc. Nuestro gasto permanente es la mantención del espacio: agua, luz, gas, arriendo, materiales de limpieza y los monitores. Y lo que necesitamos con urgencia son recursos para poder pagarnos un sueldo para monitorear y coordinar el proyecto, porque tenemos otros trabajos para poder vivir.

¿Qué sueñan?

Nuestro próximo proyecto es poder desarrollar otra Ludoteca en Concón. Creemos que son territorios más pequeños, igual de vulnerables, los que podrían impulsar el desarrollo de más ludotecas. Si logramos tener el apoyo de la RPC, por ejemplo, nos permitiría estar contratadas con esos recursos para desarrollar el proyecto de la Ludoteca en Concón, visibilizar lo que pasa con Valparaíso y seguir potenciando el que ya existe en el Cerro La Merced, pero estamos buscando hacerlo sustentable y que no tengamos que estar pidiendo recursos ni dependiendo de fondos constantemente.

¿Tienen ideas en mente para autosustentarse?

Hay varias formas, por ejemplo, subarrendar el espacio cuando no lo ocupamos, vender algo, tener algún proyecto asociado a la Ludoteca. Incluso hemos pensado en sacar lucas de nuestro bolsillo y contratar a un ingeniero comercial para que nos arme el proyecto de sustentabilidad, pero no es la idea.

No es la idea, pero Antonia y Carolina tienen muy claro que ese proyecto de sustentabilidad, junto con el estudio de impacto social, les abriría un sinfín de puertas.

“Creemos que hoy día la única forma de que funcione la Ludoteca, si es que no se convierte en política pública o no logramos apalancarla con recursos del gobierno, es poder asociarnos con una gran empresa que tenga impacto en el territorio y que quiera hacer acción social para que financie el proyecto”.

Por mientras, ninguna de las dos está de brazos cruzados. Están postulando a otro fondo de la Fundación Careno y a un fondo de Seguridad Pública del Ministerio del Interior. Paralelamente están haciendo otro crowfounding para poder reunir fondos a nivel nacional e internacional. “Lo vamos a sacar adelante. Tenemos fe”.

¿QUIERES AYUDAR?

FUNDACION MINGA VALPO

Cuenta Corriente: 97-27346-75

SCOTIABANK
RUT: 65.091.062-1

 

Con un discurso potente Carolina y Antonia luchan a brazo partido para que la Ludoteca se mantenga en el tiempo.

 “Creemos que es un proyecto que debiese aplicarse como política pública. El impacto que tiene es notable y genera un cambio muy relevante tanto en la comunidad como en los niños. Pero para poder presentarlo a cualquier institución de gobierno necesitamos tener datos duros”.

“La única forma de que funcione la Ludoteca, si es que no se convierte en política pública o no logramos apalancarla con recursos del gobierno, es poder asociarnos con una gran empresa que tenga impacto en el territorio y que quiera hacer acción social para que financie el proyecto”.

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