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EDICIÓN | Junio 2018

Eva y la República

por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D.
Eva y la República

En todos los mitos creacionales, desde el comienzo tribal más humilde hasta las recientes civilizaciones, siempre el símbolo de la creación fue la mujer. 

Nada más falaz en el análisis moderno que llamar patriarcal a una sociedad tradicional. En los orígenes, todo clan es en sí una gran hembra; los hombres y mujeres, sus hijos. El poder creador era un misterio dado al clan familiar que, como ente único, debía salvaguardar y favorecer la reproducción; conservar y prolongar la vida en el más ancho sentido. Y esa es la razón de ser de la colectividad. Por lo mismo, el largo camino de descubrir la individualidad y la libertad personal ha sido la historia de la Humanidad.

El paso desde tribus y clanes a reinos con estructuras definidas —como Accad, probablemente el primero— es como la diferencia entre peces y reptiles; no obstante la vida que los agita y sus principios siguen siendo lo mismo. La tribu, el reino, el imperio, el Estado, son femeninos; y no es casual llamarles “Madre Patria”. Desde un rey-sacerdote sumerio a Carlomagno, la jefatura política equivale a “esposo” del reino. Rey o reina, ofician como varón, y de esa cópula deviene la prosperidad. No sólo en Occidente. En la India, el rey erguido en su reino era causa de abundancia (Dharmaśāstras, I, 21). En China, el jefe del reino administraba y regulaba el agua (per se lo masculino), garantizando la fertilidad del pueblo y de la tierra (ambas cosas, femeninas), para gozo y riqueza.

En ese largo proceso de inseminaciones y desarrollos culturales llegamos al Occidente judeocristiano, heredero del Oriente Próximo, de Grecia y de Roma, cuajado en el Medioevo, renacido en el brillo Moderno. Y la concepción de la sociedad como una mujer y madre sigue con nosotros. La femineidad de Eva, o Innana, o Afrodita, o Atenea, alcanza el cenit en María, madre y símbolo pleno de la Humanidad. Luego, el mandato del Mesías de “ir, y comunicar la buena nueva que el Reino está cerca”, implicó crear comunidades de hombres renacidos en la fe. Esa fue la Iglesia: casa, templo, ciudad sagrada (como lo explica San Agustín), Ella es Mujer, Madre, y única Reina porque es la esposa del Dios-Padre.

Lo dicho es para colocar al amable lector en un ángulo diferente para apreciar la furia feminista desatada, que significó incluso una respuesta gubernamental. Señalada como “epidemia”, porque es un contagio importado, es parte de un entramado ideológico basado en el marxismo cultural. Su praxis propone retorcer el lenguaje, desacralizar y demoler instituciones, introducir a la fuerza el insípido concepto de “género”, para dar cabida a variantes y aberraciones. Cual verdadera guerra fantasma, ha tenido un claro frente de batalla en el ataque y asalto a la Iglesia, justo por el flanco más débil y agrietado. Desacreditada la sublime imagen de Mujer y de Madre, queda despejada la vía hacia la revolución más desnaturalizada.

Pero en nuestro país, donde hay tradiciones poderosas que durarán mientras el océano bañe las costas, podríamos hacer aún mejor las cosas. Bien, haberle arrebatado el tema femenino a sectores políticos extremos. Mas, el desagravio debió ser completo, y de paso enderezar la estampa de la Iglesia a la que mucho le debemos. Chile tiene Madre, por eso, sueño con una procesión del Carmen el 16 de Julio, donde ocupen las anchas alamedas todos los chilenos de buen corazón; con toda la estructura de la república a la cabeza. Sería una marcha triunfal, mejor que el más heroico desfile del pasado, y una lección a nivel global. Hemos nacido de mujer; todos amamos a nuestra madre. Tenemos esposa, hijas, compañeras de trabajo que respetamos y queremos.  Repongamos la imagen femenina en su justa y apropiada manera refundando la república con la imagen de la verdadera y mejor Mujer.

 

 

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