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EDICIÓN | Mayo 2018

Espejo del tiempo

Mireia Gil Jordi, artista visual
Espejo del tiempo

Esto es el arte para ella y así lo expresa en cada una de sus inagotables creaciones. Esta artista catalana se entrega con el mismo fervor al dibujo, la pintura, la cerámica, el grabado, los murales, el tallado, la restauración, la escultura, los vitrales y el arte terapia, entre otros. Y es que Mireia no solo investiga, aprende e interviene. Ella vive y respira el arte, impregnándose de la cultura y el rescate ancestral.

Por Verónica Ramos B. / Fotografía: Francisco Díaz U.

No le es fácil definirse por una sola disciplina artística y tampoco es su propósito, pues esta joven catalana, de mirada dulce y apacible, ha construido su historia con el arte de manera poco usual. De abuelo ilustrador y de padre interiorista, aprendió desde niña en escuelas de arte y oficios, una serie de técnicas en pintura, acuarela, dibujo, tallado en madera, alfararería y se codeó con diferentes artistas de prestigio y trayectoria. Estudió Bellas Artes durante un año y, luego, optó por el teatro. Actriz de profesión, nunca dejó de alternar las tablas con su otra pasión: la pintura y la cerámica.

En Barcelona amplió sus conocimientos con la danza, la medicina integral y las terapias complementarias. Estaba en eso, cuando un llamado interno la llevó a tomar su maleta y a emigrar al sur de América. Su primer destino, Argentina, y luego, Bolivia. “Los aymara y lo autóctono del lugar me atrajeron profundamente. Me fascinaron sus colores, los tejidos y el cómo trabajan con la pigmentación natural. Viví con comunidades aymara y aprendí de su simbología, a teñir aguayos…”.

 

También viviste en Perú

Después de vivir en la selva boliviana, decidí irme a Cuzco. Ahí viví con una familia de alfareros para aprender más sobre la pintura en cerámica y me encantó porque trabajan la arcilla de una manera muy distinta a como lo aprendí en Europa. El arte precolombino es muy minucioso, preciso, delicado y eso me fascinó. Después, me fui a vivir con las comunidades afroperuanas y aprendí sobre los revoques, una forma de construir viviendas de manera ecológica y natural. Luego, viví en la selva amazónica durante cuatro años y esto significó un renacer para mí.

 

¿Por qué te marcó la Amazonía?

Fue un proceso de desestructuración y una nueva forma de ver la vida. Artísticamente tuve un antes y un después, porque luego de dedicarme tanto tiempo a la pintura y a la acuarela, comencé a utilizar una mezcla de acrílico con pigmentos naturales, huito, achiote y raíces. Viví un tiempo con los Boras, los Cocamas, los Yaguas, los Huitotos, los Shipibos y de todos ellos aprendí sobre pintura, herbolaria, medicina tradicional amazónica, plantas maestras y, en especial, de la cosmovisión.

 

¿Y a qué se debe esa atracción por el arte ancestral?

La razón es que todo está hecho con sentido y al tener un propósito el arte toma una vida propia mucho más profunda. No es solo por estética, sino que detrás de todo este arte existe una cosmovisión, tradiciones y vidas pasadas que se plasman con simbolismos. Al conocerlo encuentro la relación entre lo egipcio, lo maya y los guanches de las islas Canarias, por lo tanto me atrae muchísimo ver cómo en distintas épocas y en tiempos milenarios existe una conexión mucho más allá de lo físico. La unión de lo místico y lo terrenal, sin duda, tiene un gran sentido de autenticidad, de ser uno mismo. El arte es un espejo del tiempo.

 

RESCATE AUTÓCTONO

Desde que Mireia emigró de España han transcurrido doce años. Su búsqueda incesante por conocer y aprender in situ sobre el arte ancestral, autóctono y simbólico de remotas civilizaciones, marcaron su permanencia en estos países y en la relación con su propio concepto del arte. 

 

¿Esto es lo que te trae también a Chile?

La verdad es que llegué a La Serena, en el 2013, por un proyecto laboral relacionado con las terapias, pero no resultó. Con el tiempo, participé en algunas exposiciones colectivas con mis pinturas, esculturas y en una muestra de sillas recicladas. Luego, gané un proyecto para pintar un mural en el nuevo Centro Cultural de Montepatria. Fue muy interesante porque investigué bastante sobre el lugar y me enfoqué en representar desde las plantas medicinales, alimento, flora, fauna, cenefas, petroglifos y vasijas molle y diaguitas. Hice una mixtura de todos los elementos y, por primera vez, uní la cerámica con la pintura en un mural.

 

Y hoy estás realizando un gran proyecto en Casa Molle, ¿de qué se trata?

Partí haciendo pirograbados en las puertas de las habitaciones y, luego, hice los faroles y la señal ética en cerámica. Ahora, estoy realizando un mural que conjuga la pintura, la escultura y cerca de quince toneladas de cerámica. Se trata de un anfiteatro que representa un gran plato ceremonial diaguita. Las columnas van revestidas en cerámica mural con distintos relieves, texturas, incisiones y ahumados, que es la manera de cómo trabajaban los molles. Van dos mallas de pintura mural con transparencias de la cultura ánima y diaguita y sobre esto va una tercera representación con relieves. Usaremos mil setecientas piezas de cerámica, combinando aplicaciones de greda roja, pasta gres, esmaltadas y con pigmentos naturales de los cerros del Valle de Elqui. Espero concluirlo en siete meses más, porque después quiero ir a Europa para ver a mi familia y presentar una exposición de mis pinturas.

 

¿Qué sensación tienes de este largo viaje y de todo este aprendizaje?

Ha sido muy interesante porque en todos estos años me encontré con un rencor muy fuerte hacia el conquistador español. Se usurpó mucho la cultura y siento que de alguna forma estoy honrando las raíces de un pueblo con mi arte. Mi intención es rescatar lo autóctono, generar un diálogo armónico entre lo moderno y lo ancestral y seguir en la búsqueda de mayor conocimiento; ahora quiero aprender a forjar y a soldar el fierro. Es que la vida es un constante aprendizaje, de lo contrario me aburro ¡no podría pintar o hacer siempre lo mismo!

 

“El arte precolombino es muy minucioso, preciso, delicado y eso me fascinó”.

“… me atrae muchísimo ver como en distintas épocas y en tiempos milenarios existe una conexión mucho más allá de lo físico”.

“Ahora, estoy realizando un mural que conjuga la pintura, la escultura y cerca de quince toneladas de cerámica. Se trata de un anfiteatro que representa un gran plato ceremonial diaguita”.

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