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EDICIÓN | Mayo 2018

Mamá por donación

Bernardita Pascal
Mamá por donación

Lejos de ser el resultado de una noche loca, Pedro es hijo de un donante anónimo que Bernardita eligió con pinzas para cumplir con su sueño de ser mamá. No tiene marido, tampoco pareja, pero no se arrepiente de nada. “Ser mamá soltera no es lo mismo que ser mamá sola. Conozco a varias mamás casadas que están más solas que yo. Pedro es el mejor regalo que me ha dado Dios”.

Por Macarena Ríos R./ Fotografías Andrea Barceló

“Esto es lo más difícil de ser mamá soltera”, me dice Bernardita (43). Son las siete y media de la tarde de un martes y estamos en un taco en Providencia. En sus brazos sostiene al pequeño Pedro, que llora desconsolado, aferrado a su pañal. Hace quince minutos, mientras teníamos esta entrevista, se golpeó con la mesa de centro del living y se rompió el frenillo. En un santiamén nos subimos al auto. Y aquí estamos, camino a la casa de su mamá. “Vivo intencionalmente cerca de ella. Sin el apoyo de mi familia, de mis papás, de mis hermanas y amigas, no hubiera podido”.

La decisión de inseminarse artificialmente para poder ser mamá no fue de un día para otro. Fue un proceso largo, muy conversado con su familia y personas claves en su vida. Un proceso que comenzó hace ocho años, cuando tenía treinta y cinco y vivía en Honduras. “En esa época yo trabajaba en el Banco Mundial y pololeaba con un israelí que era separado y tenía dos hijas. Al año y medio, cuando se tocó el tema de tener guagua, él no quiso. Esa fue la primera vez en que pensé que quizá podría recurrir a una inseminación el día de mañana. Cuando volví a Chile me emparejé con un tipo que también era separado con hijos. Al año me volvió a pasar lo mismo. Terminamos. En ese momento empecé a evaluar la posibilidad de tener un hijo sin padre. Esta vez en serio. Me metí a Internet. Busqué bancos de esperma, las posibilidades que existían, en qué clínicas se hacía el procedimiento, pregunté por los doctores que estuvieran de acuerdo en realizar el tratamiento a mamás solteras”.

Un familiar de Bernardita es doctor en la Clínica Monteblanco, especialista en fertilidad. Un día fue a verlo. Quiero tener un hijo, le dijo. Cuéntame de qué se trata la inseminación, en qué consiste. Él le contó las cosas básicas, cuáles eran las opciones. “Fue muy apoyador”. ¿Estás dispuesta a ser mamá soltera?, le preguntó. ¿Estás dispuesta a hacer el tratamiento?

 

EL CATÁLOGO ANÓNIMO

La página web de California Cryobank —uno de los bancos de esperma más conocidos en Estados Unidos por su excelente control de calidad y que trabaja con la clínica Monteblanco— cuenta con una amplia base de datos. Hay para todos los gustos. Rubios, morenos, latinos, caucásicos. “Al momento de la elección, te dan distintas recomendaciones, como por ejemplo que sea lo más parecido físicamente a ti. En mi caso, me recomendaron que el donante fuera de pelo y ojos claros. En lo único que no les hice caso fue en la altura. Lo elegí bien alto para mejorar la raza”.

Bernardita ríe fuerte. Para ella no es tema que Pedro no tenga papá. “Ser mamá soltera no es lo mismo que ser mamá sola. Yo conozco a varias mamás casadas que están más solas que yo. Ser mamá soltera no significa que tengas que hacerlo todo tú sola”.

Ya no se acuerda cuántos perfiles de donantes leyó. “Es heavy el proceso de selección de esperma. Es como comprar por catálogo. Cada perfil tiene un número de donante con una ficha médica, características físicas, estudios genéticos y aficiones. Mientras más pagas, más información obtienes. Yo opté por el precio máximo: doscientos cincuenta dólares. Eso te da acceso a ver fotos cuando niño y a una entrevista de voz grabada. Más que el contenido de la grabación, era el tono de voz el que me llamaba la atención. Ni cagando iba a elegir a alguien que de vibración vocal no me llenara. Me pasó que en la ficha había donantes que estaban dentro de mis prioridades, pero al escuchar sus voces, tan planas, sin matices ni emoción, los descarté altiro”.

¿Qué buscabas?

Buscaba energía en la voz. Claramente parece que elegí a alguien con demasiada energía, dice mirando a Pedro con una sonrisa.

Pedro tiene un año y está aprendiendo a caminar. Se para, da un par de pasos, se cae, se vuelve a parar. Se da vueltas para recoger un juguete. Se sienta. Coge un libro, mira sus dibujos, balbucea. Camina. Y me sonríe con un par de dientes diminutos.

A su hermana mayor le mandó todas las fichas. “Estos son mis preseleccionados, ayúdame a descartar”, le dijo.

En el proceso de selección, eliminó a todos los que tuvieran antecedentes de cáncer en sus familias, esquizofrenias y depresión. También a quienes sufrieran de problemas de espalda.

Durante un año, Bernardita intentó ser mamá. Tuvo cuatro inseminaciones artificiales y dos fertilizaciones in vitro y ninguna resultó. “En cada in vitro me implantaron dos embriones, porque mi sueño era tener mellizos para que se acompañaran, porque no lo voy a intentar de nuevo. No me da el presupuesto ni la emocionalidad como para pasar por todo el proceso nuevamente”.

¿De cuánto estamos hablando?

Entre seis y ocho millones.

 

LA ODISEA DE SER MADRE

“Fue inevitable que me preguntara qué había de malo en mí, por qué no podía concebir un hijo. Pero nadie podía contestarme, porque aunque los tratamientos no habían sido exitosos, mi útero estaba sano, mis ovarios y óvulos eran normales, tampoco había problema con mi endometrio. Ahí tú te das cuenta de que, en general, la probabilidad de quedar embarazada es baja”.

¿Influye la edad?

Más que nada por la calidad y cantidad de óvulos, que después de los treinta y cinco años disminuye.

Después del año, Bernardita llegó a una nueva encrucijada. Seguir intentando o no. “Me tomé un descanso. Me fui de viaje a Cuba con una amiga a recuperar energía, a recargarme. Las in vitro son heavy, el bombardeo hormonal es atómico. Es un proceso muy agotador. Me acuerdo que tenía que tomar cantidades industriales de progesterona para que el embrión se afirmara. Y cuando no funciona sientes que perdiste una guagüita, porque ese embrión no fue capaz de implantarse en el útero. La sensación es muy fuerte. Hay una gran emocionalidad detrás”.

En la segunda etapa, Bernardita pasó por dos inseminaciones y cuatro in vitro. Pero esta vez cambió al donante. “Después que me hice la tercera in vitro y no resultó estaba hecha pebre. Era marzo del 2016. Me quedaban dos embriones y yo ya había decidido dejarlo hasta acá. Había decidido que no iba a pasar nuevamente por el proceso, porque ya llevaba dos años intentando ser mamá. En mayo se casaba mi sobrino mayor en Estados Unidos, a quien adoro, y le pregunté a mi doctor ¿qué hago?, ¿lo intentamos de nuevo o me voy de viaje? Ándate tranquila, me dijo, aprovecha tus vacaciones y recarga energías, sobre todo porque este va a ser tu último intento. Viaje y familia van a contribuir a que estés en la mejor condición”. 

A la vuelta, Bernardita hizo el último intento.

 

CATORCE DÍAS

Ese es el tiempo de espera para saber si uno está esperando guagua. “A los catorce días, después de que te implantan el embrión, te hacen un examen de sangre que mide los niveles de la gonadotropina corionica, una hormona cuyos niveles permiten la confirmación del embarazo”.

Fue una espera larga. Tensa. “Cuando supe que estaba embarazada no lo podía creer. Por suerte tuve un embarazo súper piola”.

¿No es tema decir que recurriste a un banco de esperma?

Siempre dije y siempre he dicho que soy mamá soltera y que es por donante. Nunca me ha importado mucho lo que opine la gente, pero siempre tuve susto de que Pedro se enterara por otro lado si yo le contaba otra historia.  Creo que al final la verdad siempre se sabe, por eso preferí contarla. Hay gente que es más curiosa y que te pregunta más cosas y hay otra gente que se queda para adentro.

¿Y qué pasa si Pedro quiere conocer a su “papá”?

En los bancos de esperma existen dos clases de anonimato: abiertos y cerrados. Los abiertos son los que en el momento de la donación declaran que ellos están disponibles para conocer a su “hijo” cuando este cumpla los dieciocho años y quiera buscarlo. Pero ojo, que en ese momento el donante puede retractarse. La otra modalidad es cerrado, que es la opción que yo tomé después de preguntarle y plantearle el tema a varios hombres cercanos, entre ellos a mis tres cuñados. Llegamos a la conclusión de que dejar abierta la posibilidad era una espada de Damocles, porque de partida el donante no va a ser nunca su papá, porque un padre es alguien que los cría y que tiene una relación, que aquí no es el caso. Y por otro lado, ¿qué pasa si el día de mañana tu hijo decide que lo quiere conocer y es un huevón pelotudo y termina siendo súper doloroso y dañino para tu hijo? Yo le hice caso a la practicidad de los hombres. Puede ser que el día de mañana Pedro no esté de acuerdo con la decisión que tomé, pero en ese momento le explicaré las razones que tuve para hacerlo.

“Una de las cosas que me dio la vida es que estuve siempre en el mismo colegio, Las Ursulinas, con las mismas compañeras. Y cuando le conté a mi grupo más cercano acerca de la decisión de ser mamá soltera estaban súper contentas por mí, porque todas consideraban que iba a ser una experiencia preciosa para mí. Pienso que el hecho de pertenecer a una comunidad desde tan chica permitió esa conexión especial”.

¿Cómo es ser mamá y papá al mismo tiempo?

La verdad es que ahora estoy súper tranquila. Varias veces en mi vida pensé en cagarme a un chiquillo, pero la enseñanza de Las Ursulinas no me lo permitió. Veo a muchas mujeres que se quedan embarazadas de cualquier huevón y después están metidas en unos cachos que ni te cuento. Tengo compañeras de la pega cuyos ex son unos “pasteles”  que les hacen la vida imposible, con abogados y demandas. En cambio yo no tengo que preguntarle a nadie por las decisiones que tomo con Pedro.

Pedro ya no llora. Sus rizos rubios están apoyados en el pecho de Bernardita. Está concentrado en los árboles y las luces que ve desde la ventana del auto.

“No me arrepiento de nada. Pedro es el mejor regalo que me ha dado Dios y es un aprendizaje y desafío permanente. Todos los días aprendo nuevas cosas para ser una mejor mamá para él”.

 

“En cada in vitro me implantaron dos embriones, porque mi sueño era tener mellizos para que se acompañaran, porque no lo voy a intentar de nuevo. No me da el presupuesto ni la emocionalidad como para pasar por todo el proceso nuevamente”.

“No me arrepiento de nada. Pedro es el mejor regalo que me ha dado Dios y es un aprendizaje y desafío permanente. Todos los días aprendo nuevas cosas para ser una mejor mamá para él”.

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