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EDICIÓN | Mayo 2018

YING – YANG y la unidad coreana

Por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D.
YING – YANG y la unidad coreana

La orfandad causada por la pérdida del paraíso es la percepción humana más original. En un principio se estuvo unido al Todo, el reino de ciclos de creación y destrucción. Primer impulso del individuo humano fue querer desligarse de la determinación; mas, lograda la libertad devino como consecuencia el olvido de la Unidad. Sumido en la perturbación sólo ve las diferencias y experimenta el sufrimiento. Sin embargo, calmada la mente se oye el eco primordial contenido en los espacios del silencio. Bien afinada el alma, escucha el murmullo que guía al Inicio, dónde toda oposición y divergencia se disuelve. Es el retorno al regazo tibio, que todo lo tiene, que todo lo puede, que todo lo ve.

En la gran región del Asia Oriental, entre las muchas etnias mongolas y sobre ese pensamiento básico se desarrolló el concepto de Yin-Yang: la permanente oposición entre pares opuestos. Al día le sigue la noche, en todo contrastantes porque el ojo no advierte que son aspectos de la rotación terrestre. Distinguir qué es caliente y qué es frío es cosa obvia; porque entender la unidad de la temperatura es saber superior. Milenios verificando el mundo contrastante llevó a fijar un sistema de creencias que agrupó la realidad en parejas opuestas pero complementarias: masculino-femenino, activo-pasivo, seco-húmedo, claro-oscuro, invasivo-receptivo, lleno-vacío, y así. Se pudo acomodar todo lo visto sobre ese pensamiento; cada novedad halló su lugar tan pronto se reconocía el opuesto. Y no obstante el avance técnico, en lo esencial no hubo cambio. Se transitó de cazador a ganadero; de recolector a agricultor; de la humilde aldea a la ciudad deslumbrante y bulliciosa. En el Asia Oriental aún las cosas son Yin, o son Yang. Y se entiende que la Unidad se alcanza cuando se disuelve la oposición a través de la disciplina que doblega apetitos y deseos; estático y concentrado en el sosiego se atiende al llamado del Principio. Quien aprende a vivir embelesado por el quieto silencio tiene control sobre su felicidad.

En China y su vecindad siempre se dijo que la puerta del Paraíso puede estar en lo alto de un monte. Ascendiendo entre la floresta por escaleras y senderos se alcanza el santuario de observación. En la cima, teniendo dominio sobre la vastedad, estando por sobre las diferencias y ya sin poder más trepar, se podrá calmar el ansia desmesurada. La libertad será el premio al sosiego, quietud, restricción y control sobre la acción. Son ejemplos de esa doctrina práctica el ascenso al monte Fuji-san (富士山) de Japón; o la difícil subida al Hua-san (華山) o “Monte Esplendoroso en China; y en Corea, al Baektu-san (白頭山) o “Sagrada montaña blanca”.  San, en esas tres culturas, es “alto, grandísimo, cúspide”. Por eso se llama “San” a un maestro y guía, quien calmo de pasiones y habiendo logrado el dominio sobre su existir, puede enseñar a vivir. San, es alguien que se ha enfocado en el control de sí; pues con poco, casi nada, está rebosante. Xingfú (幸福) es “Felicidad”, cosa delicada que se esfuma con facilidad, pero que permanece en el alma recogida porque de ahí no escapa ni cambia de lugar.

Habiendo dicho todo esto, podemos analizar la existencia de las dos Coreas, que son Yin-Yang: divididas y opuestas, aunque ahora tal vez puedan ser complementarias.  Siempre Corea fue contrastante, y si bien se sucedieron los reinados (Joseon, Silla, Hangkuk, etc), finalmente la oposición de dos fuertes culminaba en el triunfo del “indicado por el Cielo”. Hasta no hace mucho se opuso el reino Goryeo (=“Corea”), tradicional, observante de las costumbres, y el moderno Joseon, más ligado a China, aunque finalmente este fue aplastado por Japón. Ki-Baik Lee, A New History of Korea (Seoul, 1984), dice que el Norte siempre se relacionó e inspiró en China; en cambio el Sur fue más libre y abierto al exterior; por lo mismo sufrió invasiones ultramarinas pero las resistió con heroico nacionalismo y vuelta a las costumbres ancestrales. Hoy, la bandera de Corea del Sur luce al centro el emblema del Yin-Yang. El Norte exhibe símbolos que recuerdan la China Popular y el Maoísmo.

Todos fuimos sorprendidos por la visita del “Supremo líder” de Corea del Norte, Kim Jong-un, a Corea del Sur donde fue recibido con auténtica fraternidad por el Presidente Moon Jae-in. El tema fue sobradamente reporteado, incluido el alarde de Donald Trump adjudicándose el encuentro. En esta columna quisiera superar el comentario de actualidad diciendo que la orfandad primigenia llevó a los hermanos a abrazarse. Los coreanos del Norte buscaron en el comunismo el lugar (utopía) donde estaría la Unidad perdida; y por cierto no la encontraron. Kim, con sus montajes y mantras de propaganda no ha logrado convencer a su pueblo que ha de ser pobre, humilde y recogido para hallar la felicidad. Al Sur tampoco se logra la tranquilidad de espíritu en la exigencia y competencia atroz que deja regueros de neuróticos. He de decir que estoy conmovido, porque de paso se dio una señal de universal buena convivencia. Yin-Yang coexisten sin invadirse el uno al otro. En un mundo en que las mujeres quieren ser hombres y viceversa (más las horribles variantes) las dos Coreas se acercaron poniendo como telón de fondo la montaña mágica. Esa sí fue una reunión en la cumbre; pues lograron superar las diferencias y vislumbrar a lo lejos una posible unidad. Otorgo a ambos, Kim y Moon, el título de “San”.

 

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