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EDICIÓN | Abril 2018

Interculturalidad, multiculturalidad y panmixia en La Serena

Hernán Cortés Olivares. Académico e Historiador. Universidad de La Serena.
Interculturalidad, multiculturalidad y panmixia en La Serena

Desde los orígenes de los homínidos y durante miles de años, en todos los territorios o continentes, ocurrió un proceso dinámico y extraordinario de intercambios genéticos, que hoy la ciencia de la biogénesis ha logrado explicar mediante la cadena de ADN. En las sociedades desarrolladas, hoy nadie duda que el viejo y retrógrado paradigma para clasificar la especie humana en razas es obsoleto.

Las migraciones o desplazamientos forzosos, por fenómenos climáticos y telúricos, las invasiones para conquistar un espacio vital o la atracción por la riqueza y esplendor  cultural de civilizaciones, desatan las ansias para esclavizar y desarraigar pueblos completos. En Europa, la mayor parte de las invasiones bárbaras del norte del continente terminan en la península ibérica: godos, ostrogodos, hunos, alanos, ibéricos y celtíberos terminan por fusionarse a tal punto que un historiador español afirma que la demografía peninsular es igual a la paleta de un pintor, por la multiplicidad de mezclas y colores étnicos, cuyo remate es la invasión árabe con una permanencia de siete siglos en España.

¿Pureza racial? Genuinos mestizos europeos llegan al continente americano para iniciar un nuevo proceso de panmixia que dará origen a más de ciento setenta y seis biotipos étnicos, mezcla de indios, negros y mestizos españoles. Otro tanto ocurre con las poblaciones originarias de América, al constituirse los imperios mesoamericanos y someter a las poblaciones bajo su dominio. Además, el desarraigo forzoso de pueblos completos, sea por razones bélicas o por el valor comercial de las piezas femeninas, necesariamente implica la fusión entre el señor y la esclava.

Durante quinientos años, la multiculturalidad e interculturalidad convivió en La Serena y sus valles y fue un rasgo característico de la sociedad y, en su seno, convivieron los prejuicios culturales y normas de segregación, sea por el desempeño de oficios viles, artes mecánicas o pecheros. Las élites regionales, el patriciado rural y todos los trabajadores libres no tuvieron objeciones de conciencia para cruzarse y concebir hijos fuera o al interior del matrimonio, con mujeres indígenas, esclavas y mulatas. Sin este proceso, jamás podría haberse llegado al millón trece mil habitantes en el Chile de 1813.

Las indias de encomienda, las esclavas y esclavos, querían que sus hijos nacieran libres y buscaban parejas libres. La libertad era el don más preciado y la manumisión se practicó durante todos los siglos coloniales hasta la dictación de la libertad de vientres y la abolición de la esclavitud. Los archivos parroquiales dan cuenta de esta práctica. El capítulo racial de la segregación se cierra con la República de Chile al declararse que todos los habitantes del territorio son ciudadanos. Pero el arraigo de la cultura racista queda en el lenguaje, con apodos de control y sumisión: negro cururo, aludiendo al roedor de las serranías; o bien, al de indio ladino, borracho y flojo, estereotipos sociales que atraviesan las capas sociales.

Durante siglos hubo una convivencia cultural con mecanismos de control y sobrevivencia, a excepción de la justificación de la esclavitud negra por los jesuitas, pero defendiendo la libertad del indígena.

La defensa de la supuesta raza chilena es una muestra más de la crisis de la educación chilena al mantener resabios de la Teoría Racista, propios de la Europa imperial y eslavista el siglo XIX.

 

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