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EDICIÓN | Abril 2018

Los otros tesoros humanos

Leonardo Mellado González Académico Pedagogía Media en Historia y Geografía Universidad San Sebastián
Los otros tesoros humanos

Cuando hablamos de “Tesoros Humanos Vivos” nos referimos a personas que encarnan, en grado máximo, las destrezas y técnicas necesarias para la manifestación de ciertos aspectos de la vida cultural de un pueblo y la perdurabilidad de su patrimonio cultural material. Este reconocimiento —que deriva de una práctica instaurada en Japón, hacia 1950, con el título de “Tesoros Nacionales Vivientes”— es recogida por la UNESCO por medio de la Recomendación sobre la Salvaguardia de la Cultura Tradicional y Popular, de 1989, que exhorta a los estados miembros a preservar la cultura autóctona en sus países respectivos por medio de los Tesoros Humanos Vivos, una distinción entregada a personas de saberes, denominadas "cultores o cultoras", considerados como portadores de conocimientos, expresiones y técnicas arraigadas en las tradiciones culturales representativas de una comunidad que son reconocidas por su pueblo.

Esta propuesta del organismo internacional a sus países miembros, fue acogida por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CNCA), el cual la implementó en Chile desde 2009 a la fecha, siendo parte de las acciones que deberá preservar el actual Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio y que puede ser entregado en distintos ámbitos culturales como la literatura, habla local, música tradicional, festividades, prácticas gastronómicas o medicinales, técnicas constructivas, manualidades, entre otras.

Sin embargo, y a mi entender, existen personas singulares que habitan ciertos espacios públicos de forma habitual y que, con su sola presencia, más allá de los conocimientos de los cuales son portadores, ya se constituyen en un patrimonio humano, un tesoro viviente que recién valoramos, como muchas veces suele ocurrirnos, cuando ya no están.

El centro de Santiago siempre ha sido un lugar pintoresco en el que han convivido, desde muy antiguo, aguateros, heladeros, veleros, canillitas, fotógrafos minuteros, organilleros y un sinfín de personas con oficios o roles que han comenzado a desaparecer y que, sin embargo, han sido capaces de aportar a la identidad de dicho territorio o lugar haciéndolo especialmente singular.

Es por este motivo que, desde estas líneas, rendimos un sentido homenaje a quienes en vida se constituyeron en infaltables del centro de Santiago, figuras emblemáticas de una ciudad que, paulatinamente al comienzo y aceleradamente en la actualidad, ha ido perdiendo mucho de lo propio y se ha ido convirtiendo en un espacio global.

Sigisfredo Venegas, canillita de La Segunda, fue conocido por sus caracterizaciones ya sea como "El Rambo", vestido con sudadera, un cintillo y una bazuca de juguete; presidiario a rayas y grilletes; vendedor de palomas; o presidente con banda, entre otras varias caracterizaciones, quien salía a vocear el diario y los Kinos en la calle Huérfanos. Fallecido en junio de 2014, producto de un infarto fulminante después de un partido entre Chile-Australia, su féretro fue paseado por el centro de Santiago por sus colegas y amigos, demostrando con ello el valor simbólico de su persona.

 Raúl Gutiérrez, el predicador de aquel áspero y enérgico grito de "¡gloria al pulento!", llegó a ser uno de los pastores evangélicos más populares de la historia de nuestro país. Mecánico engrasador de la desaparecida ETE, cayó en un severo alcoholismo que sólo pudo remediar por medio de su conversión y la prédica que comenzó a mediados de los años sesenta y que nunca abandonó hasta su muerte, ocurrida en marzo del 2015. Hay quienes creen verlo aún entre las calles Huérfanos, Ahumada y Moneda o que escuchan su característico vozarrón advirtiendo del “Juicio de Dios”.

“Pa’ calla’o, Pa’ calla’o”, “Lo deja loco, lo deja enfermo”, "¿Cómo está la mentira…?" “El dinero tiene microbios. No se enferme: Deposítelo aquí” … son algunas de las singulares frases que René Álvarez, más conocido como el Mago Palito, vertía sobre su atenta feligresía de la calle Ahumada o la Plaza de Armas, mientras se afanaba en sus números de magia. Fueron alrededor de sesenta años de trayectoria, fiel a la calle, que a los ochenta años de vida se terminaron como por arte de magia, en marzo de este 2018.

Con su deceso, se apagaba uno de los últimos candiles del centro, verdadero patrimonio vivo de la capital y que se suma a los ya mencionados personajes y a José Pizarro Caravantes, el emblemático "Divino Anticristo". Seres únicos, medio locos o locos enteros, pero que tenían un valor especial, como decía el dramaturgo irlandés Samuel Beckett: "Todos nacemos locos. Algunos continúan así siempre". Prefiero pensar que estos patrimonios humanos, pese a que ya no están, siguen vivos en su ciudad.

 

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