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EDICIÓN | Abril 2018

La aventura de ser mamá…

La aventura de ser mamá…

Ser mamá marca, indefectiblemente, un antes y un después. Ser mamá te cambia los horarios, los esquemas, las prioridades. Cada historia es única e irrepetible y muestra, en su justa dimensión, el profundo sentido del vínculo materno y la fuerza transformadora del amor. En estas páginas, los testimonios de tres mujeres que hablan acerca de la aventura que ha significado en sus vidas el ser mamá.

Por Macarena Ríos R./ fotografías Tersa Lamas y Andrea Barceló

CATALINA VIEL

Lazos de amor

“Para mí ser mamá ha significado un aprendizaje continuo y ha sido un reinventarme infinitas veces. Primero, porque uno se proyecta de cierta manera y la vida te toca de otra. Segundo, porque tus hijos son todos diferentes y lo que te funciona con uno no te resulta con otro. Y porque soy una convencida de que uno predica con el ejemplo. Aprendí a ser mamá dándoles pega a los niños, enseñándoles a que fueran autovalentes, dándoles responsabilidades y tareas. Escuchándolos.

Millones de veces me equivoco y es ahí cuando me debo reinventar. Como mamá siempre tienes focos distintos con los hijos, porque son edades diferentes, porque tienen necesidades distintas, personalidades distintas. A veces les digo que solo hay una mamá para cuatro hijos y que a veces la mamá se gasta, se agota, se acaba.

Siempre hablamos el tema de la adopción, siempre lo barajé como una alternativa. No me preguntes por qué, pero siempre quise vivir un proceso de adopción. Hubo cosas que me facilitaron ese tránsito, como por ejemplo la muerte de mi hijo Clemente, un mes antes de nacer. Su pérdida dejó un vacío que se me hizo muy fácil de llenar con la llegada de la Cata.

La historia de la Cata tiene una cosa bien mágica. Nosotros quisimos adoptar en Chile y no pudimos porque nuestro país no está preparado para que las familias con hijos biológicos adopten. La adopción chilena está pensada para las parejas que no pueden tener hijos. Fue Felipe, mi hermano, quien me dijo que lo acompañara a Haití y allá conocí a la Cata. Ese fin de semana jugamos harto y me traje muchas fotos y videos de vuelta a Chile. Mis hijos rayaron con ella. “Mamá, la Cata es bacán, adoptémosla”, me pedían. Entonces la Cata se incorporó muy rápido a nuestras vidas desde mucho antes, porque hubo un feeling especial.

En cada uno de los viajes hablaba con los niños por skype y les mostraba a la Cata, pero cuando viajé con ellos a Haití tomaron a la Cata en brazos y la abrazaron como si hubiera formado parte desde siempre de sus vidas, fue increíble. Durante los tres días que estuvieron allá crearon una palabra mágica, “aletú” y con ella jugaban y se llamaban unos a otros. Fue una especie de código que los unió. Cuando la veían por skype, mis niños le gritaban: Cata, ¡aletú! y ella les respondía: ¡aletú!, entonces cuando la Cata llegó a Chile y nos vio en el aeropuerto ya éramos un grupo conocido para ella. Éramos nosotros, los que había conocido en Haití; la única diferencia era que el paisaje había cambiado.

La Cata no solo se incorporó a mi grupo familiar, sino con el entorno, con los primos, con los tíos, con los abuelos, con los amigos de mis hijos. Nos cambió la dinámica. De alguna forma se transformó en el punto de referencia de mi familia.

Yo soy igual de mamá con los cuatro. Acá no hay diferencias. Y si se pelean entre ellos, la cosa se resuelve como con cualquier hermano. Lo central es vivirlo desde el amor y el respeto. Nuestro gran desafío es no creernos el cuento de que porque adoptamos somos buenos. La gente siempre te dice que eres generosa, qué lindo lo que hicieron. Nosotros no creemos en eso. Esto no fue un acto de generosidad, sino que fue algo que se dio nomás. Lo anterior es un vicio poco saludable que te confunde.

Quiero que mis hijos sean felices, que sean unidos, que sean hermanables. Quiero que cada uno desarrolle sus potencialidades. Que vivan desde la verdad, desde la honestidad.

Ser mamá es bacán. Y ser mamá adoptiva o biológica para mí es lo mismo. Yo encuentro que ser adoptado es un privilegio, porque la adopción es un amor consciente, donde tú eliges querer a alguien. La adopción es una experiencia increíble”.

 

MARIELA SEREY

Sólo pienso en ti

“Tuve un embarazo súper tranquilo y esperado. La Amelia fue una guagua muy deseada. Nació el 7 de octubre del 2014. A pesar de haber roto membrana e ingresar a la clínica caminando, de un segundo a otro se transformó en una cesárea de urgencia, porque venía con meconio. Nunca vi a la Amelia, tampoco la escuché llorar. Nadie me decía nada. Después supe que a mi niña prácticamente la tuvieron que resucitar. Ya en la sala de recuperación se me acercó la neonatóloga. El meconio había provocado un daño neurológico severo, pero en ese momento no me cayó la teja.

La Amelia permaneció dieciocho días en la UCI. Apenas estuvo un poco más estable la derivaron al Hospital Gustavo Fricke por el GES. Ahí estuvo dos meses más. Con el tiempo supe lo que ese daño neurológico implicaba: parálisis cerebral, trastorno de la deglución y epilepsia refractaria.

Mi vida se derrumbó. Estuve mucho tiempo en estado de shock. Mi marido estaba emprendiendo en un negocio, por lo que mi sueldo era vital para vivir. Nos fuimos a vivir con mis suegros. Estuve un año con licencia legal por enfermedad grave del recién nacido y luego seis meses más con licencia siquiátrica. Pero yo era profesora básica y como no me podía hacer cargo de un curso, terminaron despidiéndome.

Recién a los diez meses asumí su condición. Después de eso comencé a conocerla, a disfrutarla, a ver cómo podía ayudarla, qué podíamos hacer, a averiguar los distintos tipos de terapia que había. Investigando, llegué a la Fundación Daya, que propicia el uso de cannabis terapéutica. El tratamiento ayudó a frenar, de alguna manera, la epilepsia de la Amelia. Los electros comenzaron a salir normales. De cinco anticonvulsivantes diarios que tomaba para evitar las crisis, actualmente toma uno y la epilepsia está controlada.

Ella me ha dado esa fuerza para visibilizar el tema de los cuidadores, porque es un submundo desconocido. En mi caso no tenemos ningún tipo de ayuda social porque soy profesional. La Amelia no recibe ningún subsidio por discapacidad por el simple hecho de que yo estudié después del colegio. Pero ¿cómo puedo trabajar si no hay nadie que la cuide? Yo tendría que trabajar para pagarle a otra persona que cuide a mi hija y eso no lo voy a hacer. Su talón de Aquiles es la parte respiratoria y vivo cuidando de que no se enferme. Acabamos de salir del hospital. Estuvimos dos semanas y fue duro.

Ahora estoy enfocada en crear la Fundación Yo Cuido para lograr visibilidad sobre el programa de los cuidadores. Es la única forma de poder lograr cosas. En el área laboral queremos conseguir que a través de programas como el FOSIS nos capaciten para poder postular a proyectos y emprender. No queremos que nos regalen las cosas, sino que nos den las herramientas para salir adelante y generar nuestros propios ingresos.

No existe contención para nosotros como cuidadores. De vez en cuando uno va al consultorio y un médico general te receta sertralina, pero no hay apoyo sicológico y eso es lo que pedimos también.

La Amelia vino a salvarme a mí. Yo vivía el día a día, no me involucraba con nada y lejos de afrontar los problemas, les hacía el quite. Ella vino a remecerme y me enseñó lo que realmente era el amor. Gracias a ella descubrí lo que era amar. Porque yo la amo como es. Incondicionalmente. Y voy a hacer todo para sacarla adelante”.

 

DOMINIQUE BERNIER  

Ángel de la guarda

“Soy hija adoptiva y para mí la familia es la que te cría, la que te contiene, la que está contigo. Siempre he querido adoptar, pero tengo súper claro que la ley chilena no me lo permite porque soy soltera. Cuando fui a una charla del FAE (Familia de Acogida Especializada) y conocí la realidad nacional de tantos niños que necesitan hogares, no lo pensé dos veces y postulé. Era mi forma de aportar a la sociedad.

El día que llegó la Angie me llamaron a la pega y me dijeron: “llegó, tienes que venir a buscarla ahora. Es una niñita y tiene dos años y once meses”. Era la primera vez que nos veíamos, pero me enamoré altiro de esta gorda. Estaba asustada, porque me di cuenta de que no sabía nada de ella. No sabía lo que le gustaba, no sabía cómo dormía, qué comía. Nos subimos al auto y mientras manejaba a la casa la miraba por el espejo retrovisor y me hacía mil preguntas. ¿Me hablará?, ¿se pondrá a llorar cuando lleguemos a mi casa?, ¿estará asustada también?

Apenas abrimos la puerta del departamento, la Angie enganchó altiro con la Jolie, mi perra collie. Empezaron a jugar y por primera vez escuché su risa. Yo siento que la Jolie es un bálsamo entre nosotras, hace que el engranaje sea completo de alguna manera.

Esa noche no dormí. Me levantaba a cada rato a verla si estaba bien, si estaba tapada, si tenía calor, cómo estaba el pañal.

La primera noche que llegó a mi cama, Angie llevaba un mes conmigo. Eran como las cuatro de la mañana cuando sentí un par de piececitos. Hola, me dijo. Morí de amor. Lo encontré una maravilla y sentí que habíamos subido un peldaño en nuestra relación, que algo había cambiado en nosotras.

A ella le encanta que nos vistamos iguales. Tenemos las mismas zapatillas y ella le dice las iguales. Nos hemos dado los espacios para ir conociéndonos, de ir generando vínculos. Son infaltables los fines de semana de regaloneo en la cama, de tomar desayuno juntas, de pasear.

Aunque no soy su mamá, la educo como mamá, la corrijo como mamá, la regaloneo como mamá. Tenemos una relación súper especial que ha ido creciendo con el tiempo. Ha sido un proceso de aprendizaje para las dos, donde le inculco valores y lo que querría para un hijo en la vida. Todas las noches leemos la Biblia y oramos. La Angie junta sus manos y da las gracias a Dios por el día que tuvo. La Angie ora, me dice.

Lo más difícil fue dejar mis espacios personales, mi tiempo, mis momentos. Antes de la Angie tenía mis propios ritmos, porque llevaba cuatro años viviendo sola. Con ella eso cambió. Ya no podía levantarme los domingos a mediodía porque a las seis y media de la mañana llegaba a meterse a mi cama.

No ha sido fácil. Uno se posterga. Hemos tenido altos y bajos; pataletas ha habido, momentos de frustración también. A mí me ha hecho crecer y madurar mucho para dejar de mirarme el ombligo. Me ha hecho cuestionarme, sentirme culpable a veces, amarla con locura. Pero eso es ser mamá.

Me poner feliz ver cómo ha crecido, ver todo lo que ha logrado. El verla reírse con ganas ha sido un proceso también. Al principio era una sonrisa, al principio era un abrazo, pero ahora es abrazar fuerte, es pedirme que la tome en brazos, es reírse a carcajadas.

La Angie es un dulce. Todo el día quiere besos y abrazos. Tengo súper claro que esto es transitorio y es por un tiempo, pero prefiero sufrir un duelo cuando se vaya de mi lado a que ella hubiera tenido que quedarse en un hogar de niños. Prefiero mil veces que ella esté acá y ser yo la que tenga pena después, porque esto es por un bien mayor. Esto es por ella. Por darle algo mejor”.  

 

"Ser mamá es bacán. Y ser mamá adoptiva o biológica para mí es lo mismo. Yo encuentro que ser adoptado es un privilegio, porque la adopción es un amor consciente, donde tú eliges querer a alguien."

"La Amelia vino a salvarme a mí. Ella vino a remecerme y me enseñó lo que realmente era el amor. Gracias a ella descubrí lo que era amar. Porque yo la amo como es. Incondicionalmente. Y voy a hacer todo para sacarla adelante."

"Tengo súper claro que esto es transitorio y es por un tiempo, pero prefiero sufrir un duelo cuando se vaya de mi lado a que ella hubiera tenido que quedarse en un hogar de niños."

 

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