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EDICIÓN | Marzo 2018

Un homenaje al trabajo artesanal

Natalia Navarro, fundadora de Güid
Un homenaje al trabajo artesanal

Natalia Navarro es fundadora de Güid, un emprendimiento en el que funde su formación académica como educadora de párvulos y fotógrafa y sus aprendizajes de la infancia junto a una bisabuela conocedora de la jardinería y un abuelo agricultor. El proyecto de esta rancagüina combina el diseño de plantas de cactus, suculentas e injertos con talleres para crear conciencia ambiental en los niños.    

Por Verónica San Juan/ Fotografías Francisco Cárcamo

Mientras realizaba el montaje de su stand, Natalia Navarro notó que una mujer menuda y de pelo blanco la observaba. Cuando terminó de ordenar las suculentas, cactus e injertos que exponía en la Casa de la Cultura de Rancagua, la mujer se acercó. “Le quiero entregar un premio”, le dijo ese 30 de septiembre de 2016. Hasta ese momento Natalia no sabía que la Exposición Estándar de Flores, organizada por el Club de Jardines de Rancagua, era competitiva ni que la mujer de nacionalidad argentina era Miriam Richardson, una eminencia en el rubro de la jardinería y miembro del jurado internacional de la National Garden Clubs, INC. Natalia acababa de ganar el “Primer Premio Jardín Profesional”.

“Hermoso su trabajo. ¿De dónde sacó lo del carbón? Eso es milenario; ya nadie lo hace”, le comentó la señora Richardson. La jurada aludía al carbón que se veía en la primera capa de tierra de sus maceteros. La respuesta fue simple: “Es que mi bisabuela les ponía carbón mineral a todas sus plantas”.

Ese antecedente familiar vivido con su bisabuela paterna, Marina Trinidad Latorre Gutiérrez, es uno de los datos biográficos que están en la raíz de Güid, el emprendimiento que fundó el año 2015, luego de asentarse en Rancagua, su ciudad natal, tras una serie de viajes y estadías en Europa que partieron el año 2008. En su proyecto confluyen ese aprendizaje obtenido en la casa de la familia Navarro situada en la calle Gamero; su formación como educadora de párvulos en la Universidad Andrés Bello; su opción por el reciclaje iniciada como estudiante en práctica en la Fundación Integra y profundizada en Barcelona y Rotterdam como habitante de casas okupa, y sus estudios de fotografía realizados en la escuela Cámara Lúcida de Valparaíso. Esa convergencia de intereses hoy se traduce en el diseño y venta de cactus, suculentas e injertos; la realización de talleres de conciencia ambiental para niños; la práctica y fomento del reciclaje en cada actividad que impulsa y la documentación fotográfica de sus plantas.  

“Tanto por los Navarro como por los García tengo un arraigo a la tierra y de ahí nace este interés. Para mí era muy natural ayudar a mi abuela en el jardín; ella me decía: ‘mira, hice este injerto, mezclé un naranjo con un limón’. Mi niñez y mi adolescencia las viví así. Como mi abuela hacía mermeladas, siempre había que recoger frutas. Mi abuelo materno, Galvarino García, tenía un campo en San Joaquín de los Mayos y pasábamos las vacaciones ahí, sin luz, sin agua. Había un manzanal y tenía pesebreras; nosotros cosechábamos nueces, uvas, duraznos; nos bañábamos con las ovejas y ahí estaba “La Niña”, la oveja que era nuestra mascota”.

 

CONCIENCIA AMBIENTAL

Antes de fundar “Güid”, a Natalia Navarro le gustaban los cactus, pero sabía poco de ellos y no conocía las suculentas. Conversando con sus proveedores y leyendo libros especializados aprendió rápidamente y hoy los cultiva en su invernadero ubicado en Machalí.

La bióloga Lillian Bunster comparte sus conocimientos con ella y la abastece de suculentas que cultiva en la Región de Valparaíso. También se nutre de la cultura campesina de Julio Alfaro, quien le prepara injertos de San Pedro con variedades de mamillarias y cerebrum, entre otros. “Me gusta trabajar con gente del campo porque saben mucho. Siempre recorro lugares para conocer personas nuevas; ahora Julio me está presentando a otras campesinas. Más adelante quiero hacer una exposición e incluir a las personas con las que trabajo; yo no podría hacer nada sin ellos, por eso practico el comercio justo”, explica. Los maceteros de arcilla los compra en el taller “El viejo artesano” de Pañul, localidad situada a dieciocho kilómetros de Pichilemu, y desde hace un tiempo viaja a buscar maceteros a Pomaire.

Los conocimientos académicos de Lillian y los saberes ancestrales de Julio y de los artesanos que modelan los maceteros, los traspasa a los niños que participan en sus talleres de eco plantas, eco masa y esculturas de plantas.

En el año 2017, y después de diez años de haberse titulado, Natalia retomó la educación en un jardín infantil de Rancagua; al observar la relación de los niños y de sus papás con el medio ambiente, comprendió qué quería hacer. “Me di cuenta de que la gente es muy consumista, que están muy vendidos al plástico, que no hay una educación ambiental; que a los niños les enseñan una variedad de temas, pero de manera superficial, porque una cosa es tener conciencia ambiental y otra muy distinta es cómo formas esa conciencia. Quise dar un vuelco a eso y me propuse hacer un taller para crear esa conciencia. El primer taller de eco plantas lo hice en la Casa de la Cultura de Rancagua. En ese taller los niños aprenden que los cactus y las suculentas son plantas extremas que pueden vivir en climas áridos; que guardan su alimento en el cuerpo y que por eso son carnosas. También los hago trabajar con carbón mineral y tierra de hojas. Yo soy bien teatral en mis talleres; les “lavo la cabeza” y les digo: ‘¡Niños! ¡La naturaleza es más inteligente que nosotros porque estas plantas siempre tienen una reserva!’”.

¿Cómo reaccionan los niños?

Se concentran mucho, botan la mala energía y quedan muy tranquilos. Las plantas bajan la ansiedad y ayudan a que los niños se comuniquen entre ellos. Está comprobado que a todos nos hace bien plantar; para los niños con necesidades educativas especiales es un ejercicio muy bueno. En mis talleres no hay competencia ni desorden. En el de eco masa les llevo maceteros de plástico y de adrede les pongo un poco de tierra. Ellos me dicen, ‘tía, este macetero está sucio’. Yo les respondo que no, que son de mi invernadero y aprovecho de hablarles de reciclaje y de reutilización para que les quede en el subconsciente y luego sea algo muy normal para ellos. Yo los dejo ser, todo es muy libre, porque me gusta que la educación nazca a partir del interés del niño. Respeto el tiempo de cada uno; que se demore lo que se tenga que demorar y si no le resulta algo lo volvemos a hacer. Les digo: ‘no importa, la vida es así, uno se tiene que parar mil veces. Vamos al baño, nos lavamos la cara y empezamos de nuevo’”.

 

UN TRIBUTO A LOS CAMPESINOS

En la breve trayectoria de Güid, Natalia acumula tres distinciones. En 2017 nuevamente ganó el “Primer premio jardín profesional” en la Exposición Estándar de Horticultura y Diseño Floral organizada por el Club de Jardines de Rancagua y, además, obtuvo el Flower show award, ambos entregados por National Garden Clubs, INC, un referente a nivel internacional en la promoción de la jardinería. “El segundo es el más especial; es un “award of merit”. Para el club de jardines estas cintas de color naranja (la cinta del galardón) son muy importantes. Estoy orgullosísima”, comenta.

Desde marzo de 2018 trabaja diez horas en el colegio Leonardo da Vinci de Rancagua, un establecimiento con un enfoque ecológico–creativo. Ahí está a cargo del taller de compost y de la huerta de hierbas medicinales y comestibles. También desde marzo participa en el Mercadito de la Casona, una feria agroecológica y orgánica que se desarrolla en CentroNuevo de Machalí, donde vende sus plantas y ofrece talleres.

“Me gusta ir a las ferias porque me interesa educar; quiero que la gente me pregunte y así le doy un sentido a lo que hago. Les hablo de la inteligencia de las plantas y de cómo eso lo podemos traspasar a nuestras vidas. Para mí lo más importante es sensibilizar a las personas para que entiendan que a través de la naturaleza podemos crear un mundo mejor y formar niños conscientes para que el día de mañana ellos puedan dar una buena calidad de vida a las nuevas generaciones.

Durante el año 2018, pretende publicar el catálogo de sus plantas y montar una exposición. También se propuso reforzar su participación en ferias y desarrollar nuevos productos. Una vez más en su plan de trabajo confluyen los aprendizajes obtenidos en la casa de la calle Gamero y en el campo de San Joaquín de los Mayos, además de todos los saberes que le aportan los campesinos de diversas localidades.

“Cuando creé esta marca quería hacer algo que al verlo la gente dijera ‘esta es una pieza de diseño hecha por artesanos’. Quiero que en mis piezas se refleje Chile: el carbón, la tierra, el cactus, el injerto, la greda, el trabajo del artesano. Todo esto es milenario. La síntesis de Güid es eso: un homenaje al trabajo del campesino y del artesano; gente que se esfuerza día a día y que se acuesta a la hora del níspero.

Yo también me siento una campesina. Me levanto temprano y trabajo la tierra. Hay días en que voy a hacer trabajos de fotografía a una embajada o a algún evento, pero lo que realmente me gusta es estar acá, arreglar el invernadero, traer más plantas, trabajar con gente que quiera vivir bien, tranquila. Cuando eres hija de personas a las que les encanta el jardín y nieta de un abuelo que nos enseñó que la tierra te tiene que dar los recursos para vivir mejor, respetando su ciclo natural, siempre vas a volver a la tierra, estudies lo que estudies. Él nos dejó ese ímpetu y las ganas de trabajar en esto”.

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“Una cosa es tener conciencia ambiental y otra muy distinta es cómo formas esa conciencia. Quise dar un vuelco a eso y me propuse hacer un taller para crear esa conciencia”.

“Para mí lo más importante es sensibilizar a las personas para que entiendan que a través de la naturaleza podemos crear un mundo mejor y formar niños conscientes para que el día de mañana ellos puedan dar una buena calidad de vida a las nuevas generaciones”.

“Quiero que en mis piezas se refleje Chile: el carbón, la tierra, el cactus, el injerto, la greda, el trabajo del artesano. Todo esto es milenario”.

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