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EDICIÓN | Marzo 2018

Sui generis

Anka Grunewaldt

Una mancha de pintura que cayó a la tela por casualidad, fue el punto de partida de un mundo artístico que ella misma denominó puntillismo braille. De ascendencia croata, su estadía en Ölüdeniz pintando óleos y una vida nómade confabularon en una personalidad irreverente, apasionada y autodidacta. La trilogía que pareciera englobar a esta diseñadora industrial de formación y artista por vocación. Pero no. Anka es mucho más que eso. “El arte es mi vía de escape”, afirma.

Por Macarena Ríos R./ Fotografías Teresa Lamas G.

“¿Qué pensaba yo con mis putos blancos y negros y azules todo este tiempo? ¡Si la gente ama el color! No sé si fue el surf o el sol o un mix, pero me volqué al color”.

La luz entra a raudales por los amplios ventanales de su casa-taller. El blanco del mobiliario acentúa aún más la luminosidad de la mañana. Anka se pasea a “pata pelá” en short de mezclilla con una taza de té energizante, y mira el horizonte. Escudriña las olas que más tarde la llevarán a otra de sus pasiones: el surf.

“No tengo carrera de artista”, suelta de repente, “aunque siempre pinté, desde el colegio. Pintaba cuerpos, pintaba huevos fritos. Una vez hice un mural alucinante de la Violeta Parra. Quería estudiar arte, pero entré a arquitectura y ahí conocí el diseño industrial. Me encantó”.

 

DE TURQUÍA A SAN FRANCISCO

El espíritu nómade de Anka la llevó a vivir en Turquía. Siete meses en la playa de Ölüdeniz le bastaron para darse cuenta de que eso era lo suyo, de que a la gente le gustaba su trabajo y que esa era la mejor forma para expresarse. Todavía no aparecían los puntos, esos que se han transformado en su marca registrada. “Pintaba de todo y lo hacía al óleo. En esa época mis cuadros eran figurativos, pintaba harto el ave fénix, que se iba altiro. Una vez un tipo me pidió una pintura del Flying Dutchman, un barco fantasma holandés, imagínate”.

Sin embargo tuvieron que pasar siete años, repartidos entre San Francisco y viajes por el mundo a cargo de las ventas de un software dental, para reencontrarse con el arte. “Me acuerdo de los domingos en San Francisco, donde vendía mis cuadros en garaje sales. Viajaba mucho. Muchísimo. Un día me desperté y no sabía dónde estaba. Cuando caché que estaba en Corea me vino una crisis de pánico espantosa y paré. Dejé la empresa de un día para otro”.

 

No solo dejó la empresa sino que comenzó a replantearse hacia dónde iba y resolvió volver a sus orígenes, volver a su núcleo familiar. Volver a Chile.

 

ARTE CIRCULAR

El primer embarazo fue clave en la vida artística de Anka. Al no poder trabajar con óleo se encontró con el acrílico. Una tarde, premunida de decenas de colores recién comprados, se le cayó sin querer un punto a la tela. “Lo encontré alucinante, empecé a llenar de puntos negros y a diluirlos con color blanco. Me acuerdo que tiré unas gotas azules y el resultado fue lo máximo. Tenía relieve, textura y secaba rápido. La ostia”.

¿Experimental?

Al principio fue experimental, claro. Ahora sé lo que hago. Siempre me llamó la atención que la gente no solo miraba mis cuadros, sino que también los tocaba. Y así nació el puntillismo braille: arte para ver y tocar.

¿En qué te inspiras?

Me inspiro en la matemática, la geometría, las frecuencias musicales y la naturaleza. También me inspiran las palabras y personas significativas en mi vida.

¿Cuál es tu estilo?

Puntillismo braille.

¿Qué es el arte para ti?

La forma más fácil que tengo de expresar lo que siento. Cuando pinto siento que puedo mostrar una gran parte de mí sin complicarme la vida. Es libertad, relajo y satisfacción. No sigo tendencias, ni modas, es mi propia evolución dentro de mis vivencias y mi búsqueda por descubrir y crear nuevas obras.

¿Cómo lo naif?

Algo así. Hasta hace un año me gustaba mucho pintar monocromático y con poco color. Por ejemplo, pintaba un cuadro azul entero, con mucho relieve y textura, o hacía todo en blanco y gris y lo intervenía con un solo punto de color rojo. Pero cuando exhibí en la Feria Arte Bosques, fue una verdadera explosión de color. De hecho, es la primera vez que me aventuro hacia el lado más naif, más infantil.

¿Has llevado tu arte a otros formatos?

Como diseñadora industrial he llevado mi arte al paisajismo, a través de la intervención de jardines para edificios, por ejemplo árboles con acrílicos. No hay nada más mágico que un árbol.

¿Qué se viene este año?

Quiero abrirme a formatos grandes, gigantes.

¿La mejor hora para pintar?

Siempre es un buen momento para pintar. Mi pintura no se basa en mis estados de ánimo, porque en distintos momentos del día tu cuerpo genera diferentes energías y puede crear cosas distintas. Si yo pinto temprano en la mañana, el resultado será más sutil, más minimalista y de colores calmos, si pinto en la noche, con una copa de vino en la mano, el resultado será más atrevido, más místico. Eso me pasa cuando pinto. Pintar es como hacer el amor.

 

“Mis obras son mi mayor forma de expresión. Para mí es una energía que va y viene”.

 “El arte es matemática, mezclado con música y emociones”.

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