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EDICIÓN | Marzo 2018

Xi Jinping y el nuevo imperio

Por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D.
Xi Jinping y el nuevo imperio

La retirada de Japón al finalizar la Segunda Guerra Mundial, dio oportunidad a China de reconstruirse de acuerdo al nuevo escenario asiático. Pero la fallida posibilidad de sus fuerzas políticas de convivir de modo armonioso, creó la condición para el triunfo comunista. La facción de Mao Zedong logró el poder, adjudicándose la representación de obreros, soldados y campesinos. Nada nuevo. Era otro renacer de la milenaria civilización china.

Desde 1949, China marchó en paralelo a la Unión Soviética, su inspiración y rival. Encerrada tras su “Muralla”, se aplicó al saneamiento y reconstrucción con metas casi imposibles. Organizó el Estado y la sociedad según la doctrina marxista, pero aprovechando la superestructura imperial, como también ya lo había hecho la URSS.  Pero con un matiz. Mao no intervino la esencia existencial, porque en eso estribaba la diferencia de su revolución. La raíz de China se nutría de la cultura rural y tradicional; vivía en las aldeas y no en las urbes ni en cafetines de intelectuales. Los programas de adoctrinamiento fueron de simpleza campesina; se creyó en la eficacia científica para la creación de una nueva sociedad, siempre que se limitara a las ciencias duras y a la técnica, porque en China todo lo demás es poesía. Hasta que sucedieron excesos, errores y horrores —La Revolución Cultural, y el Gran Salto Adelante—, que casi acaban con China. Sin embargo, al morir Mao y desparecer su generación, Deng Xiaoping propuso un camino nuevo, más tranquilo, que admitiese cambios y algunas controladas soluciones capitalistas. Y el efecto fue sorprendente. En pocos años la producción se multiplicó; hubo trabajo, comida y vida más digna para millones de chinos. De 1990 al 2000, China creció a un promedio de 10% y comenzó el Milenio proyectando la imagen de potencia económica. ¡Quién lo hubiera imaginado! Apenas cuarenta años antes su población se moría de hambre. Diez años después, hacia el 2010, se podía afirmar que China había resuelto el problema de la pobreza. Pero es que así ha sido siempre China: ciclos de ascenso, ciclos de descenso. El dicho “no hay mal que dure cien años” se aplica de sobremanera en China.

El año laboral chino, que comenzó el 23 de febrero reciente, se inicia con noticias sorprendentes: Xi Jinping, el todopoderoso presidente, ha decido continuar por otro lapso de reinado... unos diez años. Ya ratificado por la Asamblea Popular Nacional (poder legislativo), podrá disponer de mayor control e influencia, como lo tuvo antes Mao o los emperadores. La razón de la necesidad de fortalecer el mando supremo sería, por una parte, equilibrar a otras personalidades mundiales que se han logrado perpetuar o sostener más allá del margen de tiempo normal, como Vladímir Putin o Ángela Merkel, pero también aprovechar la oportunidad que brinda el vacío causado por el autoencierro a que se somete Donald Trump. Los analistas internacionales chinos y los líderes influyentes están bien informados y en lo suyo son buenos; es una nueva generación con estudios en destacadas universidades occidentales. Su visión y consejo ha sido decisivo: piensan que es el momento preciso de aumentar la potencia política de China. No basta con ser la fábrica de manufacturas del mundo; o si fuese necesario, ser capaces de cambiar el sistema monetario mundial del dólar al yuan. Hay que ir más allá. Y siendo que el sistema de creencias y valores de Occidente ha entrado en una crisis sin retorno (en esa observación se les adelantó Oswald Spengler, que en 1918 dijo “Occidente está senil”), ha llegado el momento de China. Piensan que las democracias occidentales están débiles, su textura social ulcerada, afectadas por problemas graves como migraciones masivas; agobiadas con violencia y criminalidad; más el terrorismo, que puede paralizar países grandes como Francia, e incluso a los Estados Unidos. China, que se hace responsable de su sexta parte de la población mundial, quiere enfocarse en sus metas reales ya anunciadas en octubre 2017: dar un decoroso bienestar a su gente, no sólo proteger sino ser una garantía de manejo ambiental, y promover la paz. Pero, para entregarse a sus magnos propósitos, debe asegurar el exterior que no se circunscribe al Mar de China o a las grandes estepas de Asia. China quiere realmente ser un poder mundial e influir en temas globales. Defender China no es sólo crear cierta disuasión regional, sino que habrá que entrar a la liga máxima. Pero eso no necesariamente significaría una nueva tirantez entre las potencias mundiales. Ya lo hemos comentado varias veces en esta columna: la llave del Asia la tiene China. Y al respecto, Beijing tiene plena conciencia de su rol definitorio y pacificador en su área inmediata. No sabemos hasta qué punto los simpáticos desfiles conjuntos de atletas coreanos del Norte y del Sur en los juegos olímpicos de invierno en Pyeongchang, fueron promovidos por China. La situación está aún en pleno desarrollo.

Todas estas cosas me hacen recordar el tradicional cuadro del Hijo del Cielo, sentado en el centro del Ming Tang (“Sala de Ceremonias”), rodeado por su Consejo, y atento a las noticias que traen los delegados que llegan desde los cinco lugares del mundo. …Siendo que de pronto el mundo se agrandó, China por principio no puede quedar en una orilla.  ¡No!  China es Zhongguo ( 中國 ), el eje, el centro, y el mundo ha de girar a su alrededor. Así fue, y así debería volver a ocurrir.

 

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