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EDICIÓN | Febrero 2018

Creciendo con el vino

Viviana Navarrete, enóloga
Creciendo con el vino

Enóloga jefe de Viña Leyda, Viviana Navarrete ha pasado una década perfeccionando sus exclusivas cepas de clima frío, donde las estrellas indiscutidas son el Sauvignon Blanc y el Pinot Noir. Una carrera a la que ha dedicado su vida y que gracias a su perseverancia ha llevado a este viñedo a los máximos podios nacionales e internacionales.

Por María Inés Manzo C. / Fotografía Teresa Lamas G.

Apasionada, obsesiva, trabajólica y dedicada, así es Viviana Navarrete, quien este año cumple once años como enóloga jefe de Viña Leyda. Una hermosa viña boutique ubicada en el Valle de Leyda —provincia de San Antonio— que hoy está considerada dentro de los diez mejores viñedos de Chile; donde sólo el veinte por ciento de su producción queda acá y el resto se exporta a países como Estados Unidos, Brasil, Inglaterra y Finlandia.

El 2013, Viviana fue elegida como uno de los mejores diez enólogos de nuestro país por el master of wine, Peter Richards, de la prestigiosa revista inglesa Decanter Magazine. Y el año pasado, esta misma revista la nombró como la enóloga estrella del Pinot Noir, en un reportaje donde sólo mencionaba a otros dos colegas chilenos.

Estudió agronomía en la Universidad Católica de Santiago y llegó a su carrera porque le encantaba la biología y la naturaleza, aunque nadie de su familia estaba vinculado a este mundo. “En mi último año tenía que elegir una especialidad, pero en esa época la enología en Chile estaba en un boom y se estaba abriendo el segmento de vinos Premium que me parecía muy interesante. Además, era un área buenísima para el desarrollo femenino, porque, por lo general, la agronomía es súper machista”.

Su primera práctica profesional la hizo en Concha y Toro y le encantó. Al momento de entrar a la bodega supo de inmediato que era lo suyo y se quedó allí durante seis años. Pero fueron sus últimos cuatro años en esta viña los de mayor aprendizaje, ya que trabajó codo a codo como asistente de Ignacio Recabarren. “Sin duda fue una gran escuela, era todo muy profesional, y tuve la suerte de aprender de uno los enólogos más famosos de Chile”, recuerda.

Con el mismo Recabarren iba al Valle de Leyda a comprar uvas para su Sauvignon Blanc y desde ahí comenzó una conexión muy especial con ese lugar. “Cuando hacíamos degustaciones a ciegas, de todos los vinos, siempre mis preferidos eran de Leyda… algo me pasaba con ese valle que me encantaba y no me lo podía sacar de la cabeza. Un día me llamaron y me ofrecieron hacerme cargo de la viña… no podía creerlo, era una señal, así que agarré mis maletas y me vine para acá altiro”.

¿Te asustó esa responsabilidad?
Sí, fue un gran desafío, llegué con veintinueve años, pero era el momento de arriesgarme. Leyda me ha permitido tener total libertad de experimentar, de hacer, de opinar en el estilo de vinos. Es como mi hijo, estoy enamorada “hasta las patas” del proyecto. Además me siento muy cómoda con las cepas, pues sería muy distinto estar a cargo sólo de tintos.

Además le entregaste un sello femenino…
Sí (ríe), de hecho muchos especializados mencionan, sobre todo en el Pinot Noir, que se nota que estos vinos están hechos por una mujer. Se dice en el rubro que las mujeres tenemos una sensibilidad mayor que los hombres para los vinos, aunque no lo siento tan así porque hay enólogos excepcionales, pero sí creo que hacemos vinos de manera distinta y eso le da una mayor oferta a Chile.

¿Cómo son tus vinos?
No tiendo a hacer vinos opulentos, pesados o alcohólicos; al contrario, trato de establecerlos más minerales, elegantes, y eso se conjuga muy bien con el clima frío y nuestras cepas. Este es un proceso productivo precioso donde sigo la uva desde la flor hasta la botella y eso hace que uno se empodere.

¿Cómo te defines?
Muy detallista y autoexigente. En las degustaciones jamás pruebo sólo una vez y defino la mezcla, sino que lo hago veinte veces y vuelvo a chequear todos los procesos. No es una receta; además, lo lindo que tiene la naturaleza es que las vendimias son todas distintas.

¿Quiénes son tus referentes?
A Marilú Marín la encuentro admirable, fue una de las primeras enólogas en Chile, hizo su propia viña y nos abrió paso entre los hombres, no le tuvo miedo a nada. Me encanta Rafael Urrejola, de la Viña Undurraga, talentoso y con un espíritu generoso y humano. Rodrigo Soto, de Veramonte, también es un súper enólogo y me gusta mucho el trabajo de Felipe Müller, de Tabalí.

A TODO TERRENO

Desde que Viviana se hizo cargo de Viña Leyda no ha parado… sus días los reparte entre vendimias, la bodega, viajes por Chile y al extranjero, promoviendo la marca, recibiendo clientes o negociando con nuevos importadores. Pero aun así se hace el tiempo para la vida familiar. Tiene tres hijos: Jose Domingo (8), Isidora (6) y Emilia (3), y está casada con el también enólogo Fernando Vargas, a quien conoció en su misma carrera.

¿Cómo compatibilizas tu labor con la familia?
Es harto sacrificio. Antes vivía en Santiago, en Los Trapenses, y me tocaba manejar casi cuatro horas todos los días. Trataba de ser la mamá perfecta y la enóloga perfecta, pero me estaba volviendo loca. En época de vendimia son, prácticamente, tres meses y medio donde me borro, trabajando de lunes a lunes, y es un costo familiar que se paga. Llegaba a las once de la noche a la casa, mis niños estaban durmiendo y no tenía idea de lo que les pasaba en el colegio, por eso me cambié de casa y hoy, por suerte, la bodega me queda a sólo veinte minutos.

¿Tus hijos están interiorizados?

Son mis mayores promotores (ríe) y la Isidora ya dice que quiere ser enóloga. Cuando eran más chicos, y se podía, los llevaba a la bodega y conocieron todo el proceso del vino. Inconscientemente les fui traspasando mi pasión. Hoy corren por los pasillos del supermercado gritando emocionados cuando ven un vino Leyda en vez de ir a los chocolates.

¿Tu marido cómo te apoya? ¿Qué dice de tus logros?
A él le encanta mi trabajo y se siente orgulloso de mis logros. Es full apañador, si hay un fin de semana que me toca trabajar él entiende. Soy “un poco” trabajólica (ríe), por eso también me pone freno y eso me ayuda. Me gusta saber su opinión, porque él es crítico. No me dice que todo lo que hago está bien (ríe) y uso parte de su experiencia para aprender, pues es enólogo de Viña Alcohuaz.

ALTA GAMA

Cuando Viviana habla de Leyda le brillan los ojos y esa pasión la transmite en cómo nos va contando la historia de sus inicios. “Lo bonito del proyecto es que esta viña es pionera en el Valle de Leyda. Hace veinte años aquí no había vinicultura, porque no existía suficiente agua lluvia, pero sí muy buen suelo. Entonces los dueños, con ayuda del gobierno y algunos privados, hicieron una inversión millonaria para sacar agua del río Maipo, el cual bordea el terreno”.

¿Cuál fue la apuesta?
Hacer distintos tipos de vino, ya que en Chile lo que más hay es Cabernet Sauvignon y Carmenere. La imagen que tienen de nosotros en el mundo es ser un productor de tintos y Leyda apunta a los vinos más frescos, de costa, donde el foco es el Sauvignon Blanc y el Pinot Noir. Tenemos veintiún vinos que incluyen Chardonnay, Sauvignon Gris (sólo cinco viñas lo hacen en Chile), Riesling, Syrah, entre otros, pero de reserva hacia arriba, pues son de alta gama.

Además crearon una nueva denominación de origen…
Así es, “Valle de Leyda”, en mayo del 2001, fue muy significativo para la época y la viticultura nacional.

¿Qué significa que sean de clima frío?
El viñedo, al no tener barreras con el mar, es súper ventoso, frío; y una de nuestras ventajas es que no tenemos heladas. Eso es lo que le da identidad al valle, porque hace que la madurez de la uva sea lenta y sea propicio para variedades blancas y Pinot Noir. Eso aporta en aromas y sabores frutosos y herbáceos, con balance de azúcar y acidez.

¿En qué están en Viña Leyda hoy?
Estamos obsesionados con hacer el mejor Pinot Noir de Chile con los más altos estándares de calidad. Esa es una locura mía, de don Guille, que es nuestro supervisor del campo; y de todo el equipo… Por eso hace dos años comenzamos con la asesoría de Pedro Parra, un doctor en terroir, es decir, en vinos con identidad.

¿Cómo se logra eso?
Mapeamos las ochenta y cinco hectáreas que tenemos con Pinot Noir y estudiamos el suelo hasta encontrar los característicos de la Cordillera de la Costa, pues aquí hay muchos suelos arrastrados desde la Cordillera de Los Andes. Es una pega enorme, pero llegamos al granito, que se encuentra a 65 cm de profundidad, y que está aquí hace ciento veinte millones de años. Es el suelo más antiguo de Chile. Incluso en algunos cuarteles encontramos cuarzo y carbonato de calcio, una piedra muy deseada y que transmite mineralidad al vino.

¿Qué aporta el granito?
Como está asociado al fierro, da una sensación de “vibrancia”, de frescura. No son vinos musculosos, grasos ni opulentos, ese ya no es el camino a seguir en Pinot Noir. En boca es más parecido a un Sauvignon Blanc, persistente, largo, “que de electricidad”.

¿Tienes un vino regalón?
Soy fanática del Sauvignon Blanc y el Lot de la gama más alta es mi preferido, del cual sólo hacemos cuatro mil botellas. Es como una hija fácil, matea. Siempre cumple y se saca un siete en el colegio. Pero el que me ha sacado canas verdes, y es como el hijo rebelde al que le tengo que dedicar más atención, es el Lot Pinot Noir. Nos hace rabiar desde la parra y cuando nos ponen altos puntajes es una gran satisfacción. Por eso tenemos un asesor especial para esta cepa, y además, trabajamos con el enólogo italiano Alberto Antonini quien, tres veces al año, nos hace un input a nivel global.

¿Cuáles son sus últimos reconocimientos?
Este año, Leyda tuvo muy buenos puntajes en la edición 2018 de Descorchados con 95 puntos para Lot 4 Sauvignon Blanc 2017 y Lot 8 Syrah 2015; y 96 puntos para Leyda Lot 5 2016 Chardonnay. Lo que se suma a que Wine Spectator, punteó al Pinot Noir como el mejor de Chile, al igual que lo hizo Decanter con nuestro Riesling y Syrah. Hemos recibido muchos premios nacionales e internacionales que demuestran que estamos haciendo bien el trabajo.

 

“Leyda me ha permitido tener total libertad de experimentar, de hacer, de opinar en el estilo de vinos. Es como mi hijo, estoy enamorada “hasta las patas” del proyecto. Además me siento muy cómoda con las cepas, pues sería muy distinto estar a cargo sólo de tintos”.

“No tiendo a hacer vinos opulentos, pesados o alcohólicos; al contrario, trato de establecerlos más minerales, elegantes, y eso se conjuga muy bien con el clima frío y nuestras cepas”.

“Lo bonito del proyecto es que esta viña es pionera en el Valle de Leyda. Hace veinte años aquí no había vinicultura, porque no existía suficiente agua lluvia, pero sí muy buen suelo”.

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