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EDICIÓN | Febrero 2018

Un bicho acróbata

Víctor Carrera, parapentista
Un bicho acróbata

Su hábitat natural es el aire y sus maniobras hielan el alma de cualquiera. Tres temporadas en Europa le bastaron para coronarse vicecampeón mundial en single y campeón en vuelo sincronizado junto a un piloto brasileño. Por ningún oro cambia los vientos de su natal Maitencillo, donde lo acaban de nombrar atleta Red Bull. Esta es la meteórica historia de un niño que tuvo un sueño y a los veintidós años lo cumplió.

Por Germán Gautier Vergara / Fotografía Mariela Sotomayor

Es un chiquillo. Tiene desatados los cordones de sus zapatillas y su rostro enseña una sonrisa extasiada por la que se escapa un juego de dientes incisivos que parecen los de un conejo. Una vieja vela, la silla y el arnés son obsequios que acaba de recibir por su cumpleaños número once. En una cálida tarde de enero tira de los comandos como si fuera un curtido piloto y alguien —su padre, quizás— lo graba y le anuncia que lo pondrán en “el Youtube”. El niño, que ante sus ojos tiene el horizonte del Océano Pacífico, dice “ya” y con la misma felicidad extrema sigue balanceándose como una gaviota por el borde del acantilado del cerro Tacna, en Maitencillo. Ejecuta un último movimiento, gira y aterriza en la pista.

Once años después de ese vuelo ritual, Víctor Carrera despega de la misma pista y frente al mismo océano sabiéndose vicecampeón mundial en la categoría single de parapente acrobático y campeón mundial en vuelo sincronizado, junto al piloto brasileño Rafael Goberna. De aquel día, que tiene incrustado en la memoria, dice: “Ahí empezó a consolidarse mi historia en el parapente. Ahí comencé a volar de verdad”.

Lo que había hecho hasta entonces era lo mismo que todos los niños de su edad: jugar. Nacido en la ciudad de Puchuncaví y criado en Maitencillo, tomaba los escarabajos que encontraba en el bosque y se encandilaba con el pliegue de los chanchitos de tierra. “Con un montón de objetos me imaginaba que al curvarlos los podía convertir en parapente”. Esta atracción no fue casual. Su padre, Víctor Carrera, un versátil deportista y quien lo apodó tempranamente Bicho, lo llevó a volar en biplaza cuando contaba apenas ocho meses de edad.

A mediados de los ochenta, mientras era instructor de esquí en Francia, Víctor —el padre— se sorprendió al ver a un grupo de alpinistas que acondicionando paracaídas despegaban desde las cumbres montañosas para evitarse el descenso. Entre esos precursores del deporte estaban los ilustres Gérard Bosson y Pierre Bouilloux. Víctor trajo de vuelta a Chile una batería de saberes y equipamiento, y a fines de aquella década comprobó que las condiciones en Maitencillo eran ideales. Los cielos de esta zona costera, por esos años, permitían ver solo un puñado de alas deltas, y las laderas de los cerros no pensaban todavía ser colonizadas por el boom inmobiliario, así que decidió crear el centro de vuelo Aire Libre, del cual Bicho –el hijo- es actualmente el principal representante.

En la pista de cuarenta metros, rodeado de pinos y el matorral nativo, con el rumor de las olas que rompen en la Playa Aguas Blancas, Bicho fue afinando su técnica. Tal como se heredan los oficios, lo suyo fue pura imitación. “Cuando tenía tres años, mi viejo me pasó un parapente antiguo, del año ochenta y seis. Estaba en esta misma pista y no tenía idea cómo ocuparlo. Sin arnés, con el parapente en la mano, lo trataba de subir, aunque más que nada lo arrastraba. A los ocho años me regaló mi primer arnés y con eso pegaba mini vuelos en este lugar. Volaba de aquí a allá, pero estaba prohibido salir, si no mi viejo ¡paf!

¿Qué te decían los pilotos mayores?

Los pilotos decían ‘cómo es posible que este huevón vuele en este pedazo sin irse tan lejos’. Eso fue una buena base porque si tú jugaste en tierra, desarrollaste un buen control, puedes sacar una corbata —que es cuando la vela se enreda— o una plegada —cuando la vela se colapsa—. Y será fácil reaccionar en el aire ante una situación.  

Es decir, que mientras tus compañeros de colegio corrían tras un balón, tú te divertías volando.

Yo era la cuestión rara, el niño pájaro.

¿Así te decían?

Así me pusieron en un artículo de un diario de Zapallar. Me hicieron una nota y quedé como el niño pájaro. Por suerte a mis compañeros se les olvidó rápido.

¿Qué tan apasionado eras por el deporte?

Llegaba del colegio cerca de las cuatro de la tarde, dejaba mis cosas en la pieza, veía si estaba bueno el viento, sacaba mi parapente y a volar. A veces con camisa, otras con buzo. Ahí me quedaba hasta el atardecer.

 

Tal era el entusiasmo por volar que un día Bicho decidió ir a hacer una tarea escolar a la casa de un compañero que vivía en la Playa El Chungungo, a cuatro kilómetros de Maitencillo, usando su vela de cross country. A esa altura, con la cabeza cada vez más lejos de los estudios, devoraba las revistas especializadas que llegaban de manos de pilotos amigos y que hablaban de campeonatos, aventuras e ilustraban a los mejores exponentes. “Veía al español Raúl Rodríguez y al argentino Hernán Pitocco. Eran lo que quería llegar a ser y me enfocaba en ellos”.

¿Y cómo te decides por la acrobacia?

A los catorce años digo ‘quiero ser piloto de acrobacia’. Normalmente, si es un niño el que está decidiendo qué hacer, es probable que elija esta disciplina porque es más radical y los cabros chicos son buenos para la locura, no conocen el miedo. Yo creo que por eso lo elegí.

 

Iquique fue la prueba de fuego. La capital de la región de Tarapacá es un escenario perfecto para practicar acrobacias en Chile. Con un margen de maniobrabilidad mayor, producto de sus empinados cerros, Bicho logró realizar las primeras acrobacias. Una llamó a la siguiente y, en los diez días que permaneció, se dio cuenta de que esta era su especialidad.

¿Has tenido algún accidente?

Ninguno. Obviamente, como cualquier piloto de acrobacias, he tenido que ocupar mi paracaídas de emergencias, que es súper importante conocerlo y ser amigo de este elemento. Lo he utilizado cuatro veces y de verdad me ha salvado. Al paracaídas de emergencias hay que estar contento de nombrarlo y ser amigo y saber cómo funciona porque te va a salvar la vida si tú llegas a tener algún incidente con tu vela.

 

EL GRINGO

La vocación de acróbata fue puesta a prueba a raíz de un simple consejo. Uno de los tantos gringos que cada temporada llegan a volar al centro Aire Libre le dijo a Bicho que tenía que estudiar mecánica en área pesada, para a futuro trabajar en el norte y poder practicar en Iquique durante sus días libres. “Duré menos de un semestre. Hablé con mis viejos y les dije que no era lo mío y que el próximo año me iba a competir a Europa, que era el sueño que tenía desde chico”.

Entonces, comienzas, el 2015, a codearte con los mejores parapentistas del mundo.

Ya tenía amigos de mis viajes a Iquique. Allá conocí al campeón mundial, el francés François Ragolski. Él estaba muy contento de que hubiera tomado la decisión de ir a Europa a conocer y relacionarme en la onda del parapente. Yo iba con el objetivo de estar en esos lugares que siempre vi en las revistas y videos y tratar de competir, tranquilo, sin calentarme la cabeza.

 

Organyà, en los pirineos de Catalunya, fue la base central donde eclosionó el talento de Bicho. Entrenando ocho horas diarias, rodeado de los mismos deportistas que ojeaba en las revistas, todo lo aprendió casi por osmosis. Las fechas del campeonato mundial las recorrió junto a Ragolski y, realmente, pocos se sorprendieron cuando terminó la temporada en el puesto dieciséis.

¿Cómo fue tu participación el año siguiente en el segundo campeonato mundial de acrobacia en parapente?

Ya sabía cómo funcionaba el sistema de competencias, las reglas y fui con una cartera de maniobras más amplia. Ese año fue una revolución en Annecy, Francia. Yo era el único chileno. Me enfoqué en el mundial, donde salí quinto. Nunca me imaginé que iba a poder competir en un mundial de acrobacia. Primero salió Ragolski, luego Tim Alongi, Horacio Llorens y cuarto un suizo. Estaba contentísimo.

 

En 2017, su tercera temporada en Europa, termina vicecampeón mundial en solo y campeón mundial en synchro, junto al brasileño Rafael Goberna. Como un oráculo, Bicho cumplió exactamente lo que le prometió a sus padres cuando tenía ocho años: “quiero ser campeón del mundo”. Pero a renglón seguido, había otra meta. Un logro que buscan con ahínco quienes practican deportes extremos.

Hace menos de un mes, en el patio de su casa, que es también el mismo lugar donde recibe a cientos de personas que quieren volar por primera vez, y mientras se realizaba la premiación del Paragliding Fest 2018, Víctor Bicho Carrera, con veintidós años recién cumplidos, escuchó que se convertía en atleta oficial de la marca Red Bull. “Fue un ticket más antes de morir”.

Bicho es el décimo atleta chileno que lleva el sello del toro rojo. Antes lo hicieron Cristian Bolton (air racing), Valentina Carvallo (triatlón), Ignacio Casale (quad), Benjamín Herrea (motorbike enduro), Benjamín Hudson (bmx), Marcelo Jiménez (skateboard), Francisco López (rally), Ramón Navarro (surf) y Coco Zurita (bmx).

¿Qué significa ser atleta Red Bull?

Es simplemente hacer cosas fuera de lo normal. Todas las cosas que hace Red Bull son en un escenario nunca antes visto. No necesariamente hacer lo más arriesgado, pero sí hacer algo innovador. Ese es el espíritu Red Bull: ser los mejores e innovar, inventar, hacer cosas alucinantes, quebrar los esquemas. Y eso lo que quiero y trato de hacer.

¿Qué proyectos tienes en mente?

El récord nacional de distancia en parapente lo tiene François Ragolski con 330 kilómetros, entre Antofagasta e Iquique. El año pasado hice 267 kilómetros, despegando del cerro 1200, que está frente a Hornitos. Llegas a Tocopilla con la mitad del camino hecho, cruzas las salitreras, pasas por unos murallones de roca de 500 metros donde se te mueve el parapente y tienes que ir muy atento. Quiero tratar de batir ese récord. Tarea para la casa.

 

 

 “Cuando tenía tres años, mi viejo me pasó un parapente antiguo, del año ochenta y seis. Estaba en esta misma pista y no tenía idea cómo ocuparlo. Sin arnés, con el parapente en la mano, lo trataba de subir, aunque más que nada lo arrastraba”

“Yo era la cuestión rara, el niño pájaro. Así me pusieron en un artículo de un diario de Zapallar. Me hicieron una nota y quedé como el niño pájaro. Por suerte a mis compañeros se les olvidó rápido”

“Si es un niño el que está decidiendo qué hacer, es probable que elija esta disciplina porque es más radical y los cabros chicos son buenos para la locura, no conocen el miedo. Yo creo que por eso lo elegí”

“Nunca me imaginé que iba a poder competir en un mundial de acrobacia”

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