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EDICIÓN | Febrero 2018

Chandigarh, moderna integración urbana

por Sergio Melitón Carrrasco Álvarez Ph.D.
Chandigarh, moderna integración urbana

En la conservación del patrimonio hay dos tendencias: restaurar el pasado, es decir, volver una obra, un espacio a su estado original.  La otra es preservar un lugar tal como está, como testimonio de hechos ocurridos en su entorno, valorando todos los arañazos que causa el tiempo.

Restaurar a su forma original se justifica en monumentos emblemáticos, como el Partenón, donde el interés está en el templo mismo más que en lo que le pasó, cómo y por qué. Y si no se restaura absolutamente, sí se aproxima el monumento a su estado de máximo esplendor. En cambio, conservar manteniendo intacto el tránsito del tiempo se explica cuando hasta el rayado de las paredes es importante. Aquello se aplica a ciudades milenarias, habitadas y enriquecidas con el oleaje de los siglos: Jerusalén, Roma, Estambul, Sevilla, Cuzco, etc. y, por qué no, Santiago, Valparaíso, La Serena, Concepción. Tenemos nuestro patrimonio, aunque también tenemos poca claridad de cómo mantenerlo. Toda ciudad histórica es un destino patrimonial y se hace valiosa y sostenible en la medida que se resuelve la paradoja de la ocupación intensa y un decoroso arreglo para ese trajinar.

Para contribuir modestamente a esa reflexión, hacemos mención de una ciudad nacida en el medio de un conflicto, pero diseñada para ser señal de conciliación: Chandigarh, capital del Estado del Punjab, en India.

En 1947 se produjo la partición del virreinato de India en dos naciones: Paquistán e India. Como India perdió Lahore, ciudad imperial que quedó en Paquistán, surgió la necesidad de crear una urbe que fuese un eje cívico, laico y símbolo del nuevo tiempo. Entonces nació Chandigarh, suma representación de todo lo que había de civilización hacia atrás y lo que sería la nueva República. Primero, porque India como un todo es la civilización urbana más antigua de la Humanidad. En ese lugar, hace seis mil años, se dio la primera planificación urbana en las ciudades de Mohenjo-daro y Harappa. Consecuentemente, queriendo crear buena vecindad, y porque planear una ciudad moderna constituía un acto de restauración histórica y de unidad nacional para la joven y aún inestable India, se fundó Chandigarh. Curiosamente, los autores de Chandigarh fueron varios extranjeros: el arquitecto polaco Maciej Nowicki, el urbanista estadounidense Albert Mayer y el arquitecto franco-suizo Le Corbusier. Más, por cierto, una miríada de jóvenes profesionales indios, que tuvieron en Chandigarh su mejor taller y escuela. El resultado fue una de las ciudades más perfectas del mundo en términos de equilibrio entre la forma, el espacio, la naturaleza y la humanidad que debía albergar.

Chandigarh no es monumental, ni espectacular, ni descomunal, como es Brasilia o tal vez Dubai. Chandigarh fue hecha a escala humana, con sentido político y social, en una idea que calza con lo mejor de la filosofía de Oriente y Occidente. Sin ser hindú, budista, musulmana, o sikh, es intensamente india. Hay insinuaciones de chaitas y viharas –claustros monásticos antiguos, pero no los imita; tiene cúpulas que sin ser shikaras traen a la mente los venerables templos hindúes. En todo eso, Le Corbusier interpretó genialmente el pensamiento de Jawaharlal Nehru y de todos los padres de la India moderna. India nunca desconoció su denso pasado, ni hizo una revolución que pretendió destruir y rehacer todo de nuevo. Fue respetuosa de su integridad sabiendo que todo su ser era a la vez un pilar de toda la Humanidad. Al configurar la República se le dio cabida a todas las formas de pensamiento. Por eso en India no hubo ni habrá crisis de espiritualidad ni complicaciones culturales, ni retrocesos en sus credos. La garantía a la variedad la expresan sus instituciones republicanas que en Chandigarh se alzan entre jardines fragantes y estanques con lotos, avenidas arboladas y frondas bajo las que camina presurosa la muchedumbre que con su pasar va desgastando piedras y cemento, y enriqueciendo la ciudad.

Chandigarh no necesita un TransChandigarh, ni un costoso Metro, ni está saturada de automóviles. La ciudad está dividida en sectores (1 al 60), cada uno funcionando como un núcleo independiente, con sus propios mercados, templos y escuelas, todo a distancia caminable o bicicleteable. El sector número 17 se considera como el centro de la ciudad. Chandigarh está impregnada de cultura; por eso no da la oportunidad a la marginación; nadie se siente ahí excluido o despreciado, ni permite que se creen condiciones para la drogadicción y la delincuencia. India, con todos sus problemas y su mil trescientos millones de habitantes, tiene su Chandigarh, que es inspiración para miles de otras ciudades. Nosotros somos tan pocos y cada vez tenemos más neuróticos al volante, y a una juventud que imita malas costumbres y las peores tendencias destructivas. Entonces, como conservar el patrimonio es dar testimonio del pasado pero abriendo puertas al futuro, aún podríamos pensar en nuestra propia Chandigarh, ciudadanos.

 

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