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EDICIÓN | Enero 2018

Sopla fuerte en Matanzas

Alex Vargas, windsurfista
Sopla fuerte en Matanzas

Por su innovadora arquitectura y sus condiciones naturales, esta playa de la región de O´Higgins se convirtió en epicentro mundial del windsurf. A fines de septiembre recibirá lo más granado del deporte de la tabla y la vela, cuando se realice la segunda versión del Matanzas Wave Classic. Su organizador nos cuenta cómo logró traer a los mejores exponentes y de qué se trata la huella que busca dejar en Matanzas. 

Por Germán Gautier / Fotografía Mariela Sotomayor

En la vorágine de fin de año, en uno de esos días llenos de apuros y compromisos, llegó la noticia que Alex Vargas Speiser (22) había estado aguardando. El calendario 2018 de la International Windsurfing Tour (IWT) —una de las dos organizaciones mundiales de la especialidad— confirmó que entre el 29 de septiembre y el 6 de octubre se efectuará, en Chile, la segunda versión del Matanzas Wave Classic. Y esa noticia representa para Alex la felicidad misma. Pero también es el anuncio que, de aquí hasta cuando asomen los primeros vientos primaverales, hay que trabajar. Y no poco.

Alex practica windsurf en un país donde ser deportista es una odisea. Tiene títulos nacionales y continentales, que consiguió desde que cursaba la enseñanza media. Hoy, cuando se prepara para obtener el título universitario de arquitecto, el objetivo es conciliar los dos ámbitos.

De los diez campeonatos que contempla el circuito de la IWT, Alex ha participado en el Aloha Classic de Maui, en el Pacasmayo Classic de Perú y en el Matanzas Classic Wave. Las costas de los otros torneos, en Marruecos, Estados Unidos, Grecia y México, siguen estando a una distancia económica insalvable. Aun así, el año recién pasado terminó 13° en el ranking. Y entre los veinte primeros había otros dos chilenos: Benjamín Fabres (7°), quien ganó en Matanzas; y Felipe Wedeles (16°), quien salió cuarto. Mientras, la chilena-alemana Bjoerte Purschel, segunda en Matanzas, logró el sexto lugar en el escalafón final de la IWT.

Los buenos resultados son evidentes. Y eso, en gran medida, tiene que ver con una sobresaliente infraestructura, una comprometida gestión deportiva y con las inigualables condiciones naturales de Matanzas. Ubicada en la comuna de Navidad, en la región de O´Higgins, este poblado costero, que no supera los mil habitantes, se ha transformado en una de las capitales del windsurf mundial.

¿Qué tan importante es Matanzas para la práctica del windsurf?

Te lo digo así: dos de los mejores windsurfistas del mundo tienen casa en Matanzas. El británico Robby Swift y el español Víctor Fernández. Ellos construyeron acá hace unos seis o siete años para venir a entrenar. Chile tiene condiciones perfectas. Estamos tan expuestos al viento que tenemos todo para realizar este deporte.

 

Además del windsurf, hay un poderoso vínculo con la arquitectura.

Ese es un factor por el cual también entré a estudiar. Felipe Wedeles, cofundador de la oficina WMR Arquitectos, es quien diseñó el Hotel Surazo. Es un muy buen windsurfista. Y él es una muestra de que la arquitectura se relaciona con lo que nosotros hacemos y con los lugares donde estamos. Me llama mucho la atención la relación que tiene su arquitectura con el mar.

 

LA SEGUNDA CASA

En un viaje a Miami mientras trabajaba como auxiliar de vuelo en una aerolínea, ella, Úrsula, aprendió de qué se trataba el windsurf. Él, Miguel, se atrevió a navegar al tiempo que acompañaba en los campeonatos de windsurf a Luis Banto, un apellido que en Chile es sinónimo de leyenda. Ambos se conocieron muy lejos del viento y las olas. El flechazo ocurrió —curioso destino— cuando cada uno esperaba en su auto que la luz roja del semáforo cambiara a verde.

Úrsula y Miguel son los padres de Matías y Alex. Ellos hicieron del windsurf una excusa perfecta para criar a sus hijos cerca del mar. Y lo que comenzó como un simple pasatiempo, se transformó en una noble herencia.

¿Cuáles son tus primeros recuerdos de infancia?

Jugando en la arena y después con las tablas y las velas.

 

¿Cómo eran esas salidas con tus padres?

Salíamos en una motorhome, una Volkswagen blanca, que era mi segunda casa. Viajábamos a lo largo de todo Chile porque mis papás buscaban condiciones de viento. No tengo muchos recuerdos de Santiago, pero sí de viajes. Ellos nos transmitieron ese amor por recorrer Chile.

 

¿A dónde iban?

Recorríamos mucho, pero siempre tuvimos Matanzas como punto base. Era una de las paradas típicas que hacíamos. También a Curanipe, Llico y Pichidangui. Viendo los álbumes familiares se nota que había muchas playas.

 

¿Cuándo te subiste por primera vez a una tabla?

Era bien chico y al principio no sé si enganché mucho con el deporte. Pasaba harto tiempo en la arena, teníamos un sandboard y nos tirábamos de las dunas. Mis papás nunca me presionaron y creo que eso fue bueno. Yo mismo me fui acercando de a poco y ellos me ayudaron mucho porque tenían un buen nivel de enseñanza. Aprendí más o menos rápido junto con mi hermano, y ahí ya empezamos a viajar al embalse Puclaro, en el Valle del Elqui y, también, a la Cuesta del Viento, que está en la provincia de San Juan, Argentina. Además, íbamos harto a La Boca, en la desembocadura del río Rapel. Yo creo que esos tres puntos fueron claves.

 

Son lugares imponentes, de fuertes vientos y oleajes. ¿Qué te producían esos escenarios?

El windsurf es un deporte que requiere un proceso largo y difícil. Primero uno aprende a relacionarse con el viento y el equipo de windsurf en lagos. Y de a poco uno va aprendiendo ciertas técnicas para empezar a meterse al mar. Y el mar está en constante movimiento, se nota que está vivo. Es increíble poder llegar a una buena lectura de la ola y sentir su energía. Creo que ese proceso de enseñanza no se puede apurar porque es un deporte difícil y el mar requiere respeto.

 

¿Hay un momento en que dices que vas a ser windsurfista?

El 2011 fui a un primer campeonato mundial juvenil que se hizo en Lobito, Perú. Y en ese momento me empecé a relacionar con un ambiente un poco más profesional. Antes había competido en eventos nacionales, pero en ese momento conocí a gente que se dedicaba. Yo siempre veía la posibilidad de dejar el colegio y empezar con el windsurf de forma profesional para tener la libertad de pasar más tiempo en el mar.

 

LA IDEA

La primera vez que Alex participó del IWT fue el 2012, en Pacasmayo, una ciudad portuaria ubicada a casi setecientos kilómetros al norte de Lima, que recibía por primera vez en Sudamérica una fecha del tour. Y en esa ciudad conoció a la estadounidense Sam Bittner, windsurfista, y creadora de la IWT. La misma persona que hace días le confirmó la fecha de la segunda edición del evento que levantó a pura garra.  

¿Qué ocurrió en ese campeonato?

En Pacasmayo obtuve el tercer lugar. Recuerdo que me ganaron los franceses Camille Juban y Fabrice Beaux (primero y noveno del ranking ese año). Corrió Francisco Goya, que es otra leyenda del windsurf. Ese resultado me abrió las puertas.

 

¿Cómo describirías a Sam Bittner?

Ella no es una windsurfista que busque la competencia. A ella le encanta relacionarse con la gente, ver a los competidores felices y que disfrutan los lugares que escogió. Ese es su objetivo y que se relaciona mucho con el mío.

 

¿Cómo nace la idea de traer el tour al país?

Siempre tuve la intención de traer un evento internacional a Chile y con Jaime Rojas, dueño del Hotel El Faro y organizador del Pacasmayo Classic, empezó a nacer la idea. Él era como el representante del tour en Sudamérica y fue un puente con Sam Bittner. De cierta manera fue mi tutor. Luego, ayudaron Andrés Tobar y Felipe Wedeles del Hotel Surazo, Bjoerte Purschel y mi hermano. Y sentí mucha ayuda de la Municipalidad de Navidad.

 

La idea era ir un paso más allá de lo deportivo.

Mis principales razones del evento fueron dar a conocer el windsurf, que no es muy conocido, lograr descentralizar el deporte y llevarlo a comunas donde probablemente no existen campeonatos internacionales. Quise que fuera un evento con repercusiones sociales y culturales. La ceremonia de apertura fue en la plaza de la ciudad. Hubo muestras gastronómicas y artistas locales. Hicimos charlas sobre el cuidado y resguardo de la naturaleza de la zona, hablamos sobre la historia de Matanzas, y todas las noches tratamos de tener una temática de conversación, tanto en la playa, como en el hotel o la municipalidad.

 

Dejar una huella positiva…

No quisimos hacer un evento que durara solo una semana. Y dentro de esa huella, están las clases gratuitas de windsurf para los colegios municipales, que las hace Eduardo Toto Herman. Yo he visto a estos estudiantes como aprenden y están fascinados. Seguro va a nacer más de un nuevo windsurfista chileno. 

 

“El mar está en constante movimiento, se nota que está vivo. Es increíble poder llegar a una buena lectura de la ola y sentir su energía”.

“Mis principales razones para hacer el evento fueron dar a conocer el windsurf, descentralizar el deporte y llevarlo a comunas donde probablemente no existen campeonatos internacionales”.

“La arquitectura se relaciona con lo que nosotros hacemos y con los lugares donde estamos. Me llama mucho la atención la relación que tiene su arquitectura con el mar”. 

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