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EDICIÓN | Enero 2018

Viña del Mar: ¿balneario o ciudad?

Por Rodrigo Moreno Jeria
Viña del Mar: ¿balneario o ciudad?

Casi todos los balnearios suelen ser sitios estacionales, en donde la temporada estival o las breves vacaciones de invierno se transforman en los grandes y únicos momentos del año en que el lugar vive su plenitud. Sin embargo, el concepto de balneario, en sus orígenes latinos, alude a baños medicinales, abiertos todo el año para fines curativos, es decir, más allá de lo que hoy conocemos como algo estrictamente turístico.

 

Para el caso de Viña del Mar, la historia nos dice que la ciudad sí tuvo en el pasado una genuina relación con el concepto. En la antigua playa Miramar, entre el actual hotel Sheraton Miramar y el Castillo Wulff, a fines del siglo XIX, específicamente a partir de 1884, se emplazaron los baños de mar del doctor Teodoro von Schroeders, cuyo objetivo eran precisamente fines terapéuticos, a partir del uso de las aguas del Pacífico, aunque también complementados con baños calientes, a pedido del público poco amigo de las gélidas aguas de esta parte del mundo. Dichos baños estuvieron vigentes hasta los primeros años del siglo XX, aunque posteriormente dieron paso a la playa que por años fue el epicentro social viñamarino.

No obstante este atractivo del pasado, Viña del Mar tuvo una historia paralela que bien vale la pena recordar. Tanto en los tiempos coloniales como en los primeros años republicanos, este espacio estuvo asociado a la vida agraria a través de las dos haciendas, La “Viña de la Mar” y la de “Las Siete Hermanas”, las que luego de pasar por diversos propietarios, fueron adquiridas y unificadas por el portugués Francisco Alvares en la década de 1840. Para entonces, el lugar formaba parte de la órbita de Valparaíso, situación que buenamente observó José Francisco Vergara, esposo de la nieta de Francisco Alvares, quien, tras recibir la herencia familiar en 1873, promovió la urbanización de una parte de los territorios de su propiedad y consiguió la venia de las autoridades para su reconocimiento como ciudad en 1874. Es decir, estando la hacienda en los márgenes de la ciudad de Valparaíso, y dado que en sus terrenos pasaba el ferrocarril que conectaba la ciudad puerto con Santiago, Vergara supo observar una gran oportunidad de negocios, generando un emprendimiento que benefició no solo a su patrimonio familiar, sino que posibilitó la creación de un espacio que fue un aporte a la historia urbana de la zona y del país.

 

Pero la clave para la nueva ciudad estuvo en el terremoto de 1906, el que, si bien también destruyó numerosas casas, significó una explosión inmobiliaria, posibilitada por las familias que necesitaron migrar desde el centro de Valparaíso hacia espacios más generosos, todo lo cual permitió una mejor calidad de vida de los viñamarinos, los que para entonces también eran porteños.

 

Entonces, Viña del Mar no fue una ciudad balneario, estacional y estival en su origen. Se desarrolló como una ciudad con vida propia, conectada económicamente a Valparaíso y receptora de importantes visitas de la capital. Y, además, en este proceso, se convirtió también en un espacio industrial y empresarial, aprovechando no solo la cercanía del puerto, sino también el empuje financiero de Valparaíso y la conectividad ferroviaria con Santiago.

 

Por lo anterior, Viña del Mar ha sido, históricamente, mucho más que turismo, y por ello debe apostar, en su futuro, no solo a tener un atractivo estival, sino que requiere una diversificación económica, una mayor vida empresarial y una real articulación con las comunas vecinas, porque sin ellas no se entiende su presente.

 

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