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EDICIÓN | Enero 2018

El gran jeté de Carolyn

Carolyn Galarce, bailarina
El gran jeté de Carolyn

La profesional se desempeña actualmente como Directora de la Escuela de Ballet de la Corporación Cultural de Antofagasta (CCA). Sabe que la danza es una profesión de largo aliento, en que cada día hay lecciones que recibir. Más que un trabajo, incluso más que una vocación, la carrera de Carolyn se ha transformado en su vida.

Por Pamela Rodríguez / Fotografías: Rodrigo Herrera

Recuerda que al usar sus primeras zapatillas de punta, se le rompieron los pies y aunque el dolor era intenso, pasaba a segundo plano por su felicidad, que superaba con creces cualquier sacrificio. “¿Te duele?”, le preguntó su mamá. Carolyn Galarce le respondió: “sí, pero no importa’’. Era feliz.

 

Pasó de ser estudiante a maestra, y más tarde directora de la Escuela de Ballet de la Corporación Cultural de Antofagasta (CCA). Nacida en Chuquicamata, Carolyn ha pasado gran parte de su vida entre el norte y Santiago, siguiendo sus sueños y vocación: el ballet.

 

¿A qué edad y cómo nace este amor por la danza?

Era tan pequeña que no sabría decir cómo nació, pero sí puedo decir que mi mamá era una gran fanática del ballet. Ella siempre quiso ser bailarina y le gustaba mucho, pero nunca pudo tomar clases, porque en esa época era muy difícil. Cuando me llevó a la primera clase, me enamoré de la danza. Así que gracias a mi mamá, soy lo que soy. Creo que si ella no hubiese tenido el interés por inculcarme la disciplina, la perseverancia, no estaría aquí.

 

¿Cómo fueron tus primeros años de aprendizaje?

He conocido a grandes maestros, pero sin duda el que marcó mis inicios fue Iván Fuenzalida, quien me infundió el amor por la danza y me dijo que fuera a perfeccionarme a Santiago. Allá conocí a Alicia Targarona y a otros profesores de distintos estilos y tendencias, pero Iván fue algo así como mi inspirador.

 

¿Qué sentiste al usar por primera vez zapatillas de ballet?

Creo que es mi primer gran recuerdo. Uno anhela poder pararse de puntas, entonces que te entreguen las (zapatillas) puntas es lo mejor que te puede pasar, porque marca un hito en tu carrera. Fue tan emocionante y yo estaba tan feliz, que creo que de ahí no me bajé más.

 

¿Cuántos años hay que estudiar para llegar a ser profesional como tú?

Son cerca de ocho años de estudio según la escuela, pero me atrevo a decir que uno nunca termina de aprender. Hasta el día de hoy sigo en contacto con maestros y coreógrafos, como Jaime Pinto, de quienes siempre hay lecciones que recibir.  Esta es una carrera difícil, de mucha disciplina, mucha rigurosidad y que demanda mucho tiempo.

 

¿Qué es lo más difícil de ser bailarina y de presentarse en un escenario?

De todo lo que he hecho —ser bailarina, maestra y directora— creo que lo más difícil son las producciones que hacemos en el Teatro Municipal de Antofagasta, porque no son cuadros chiquititos, no son variaciones, son obras completas.

 

¿Cuántas horas ensayas semanalmente?

Estoy casi todo el día en el trabajo, aunque los ensayos comienzan a partir de las cinco con los distintos niveles y hasta las diez de la noche, trabajando con las alumnas que van desde los cuatro hasta los treinta y seis años. Es intenso, pero reconfortante.

 

¿Recuerdas alguna pieza, presentación o personaje con especial cariño de tu etapa clásica?

La primera vez que me tocó dirigir fue Giselle. El ballet, la producción que se realizó, todo. El trabajo fue complejo, pero salió todo muy bien. Tuvimos mucho apoyo y buenos comentarios ¡hasta de Santiago!

 

DOCENCIA

 

¿Cómo llega Carolyn Galarce a convertirse en la directora de la Escuela de Ballet de la CCA?

Llegué acá como parte del ballet de cámara de Antofagasta, que en ese entonces no pertenecía a la corporación. Después me invitaron a formar parte como bailarina y profesora. Estuve bastantes años ayudando al director de ese entonces, que era Javier Candia, un gran amigo, hasta que, por motivos personales, él dejó su puesto y me lo ofrecieron.

 

Hoy guías a niñas, algunas muy pequeñas. ¿Cómo son tus clases?

Primero, hay que tener en cuenta que el ballet es una disciplina que, por lo general, se practica por años. Por eso, hay chicas que se transforman casi en unas hijas; a algunas las conozco desde los cuatro años y ahora tienen dieciséis. Al verlas crecer sientes la necesidad de no solo dictarles el paso de ballet o enseñarles la teoría, sino de entregarles valores como constancia, perseverancia, sentido de superación. Tengo mucho cariño por las alumnas.


¿Cómo ves el panorama de la danza en la ciudad?

Poco a poco ha ido tomando su espacio. Hubo un par de años en que se había perdido, estábamos carentes de academias o de agrupaciones que tuvieran un buen nivel. Hoy en día podemos encontrar en distintas líneas, no solo en el ballet clásico, buenas agrupaciones con alta calidad técnica y humana y eso no ocurría hace tiempo. Hay mucha gente que no sabe que en la región tenemos grandes maestros de baile afro, contemporáneo y tantas otras corrientes, a quienes les ha costado surgir, pero sin embargo siguen, ahí están, marcando presencia y enamorando a nuevas generaciones.


Al día de hoy, ¿consideras que alrededor de la danza gira todavía el mito de que es sólo para chicas?

Creo que sí, pero no con tanta fuerza como antes. Hoy en día, esto de que el baile es solo para las niñas ha ido cambiando y el hombre ha ido ampliando su mente. Pienso que sería bueno que el ballet se enseñara en los colegios a todos por igual. Y es que este arte implica muchas facetas donde no solo hay bailarines, sino producción, vestuario y, sobre todo, espectadores que ojalá valoren lo que hay detrás de cada presentación. Creo que eso sería súper bueno y nos haría bien a todos como comunidad.

 

¿Qué les dirías a las niñas y niños que ven en la danza su futuro?

Que lo más importante es la perseverancia; ser constantes, disciplinados. Si es lo que les gusta, deben trabajar mucho, enfocarse en esto. Es súper sacrificado y lo digo en todo sentido porque uno necesita mucho tiempo para ser un buen bailarín. Y que sigan sus sueños.

 

“Lo más importante es la perseverancia; ser constantes, disciplinados. Si es lo que les gusta, deben trabajar mucho, enfocarse en esto. Es súper sacrificado y lo digo en todo sentido porque uno necesita mucho tiempo para ser un buen bailarín”

“Uno anhela poder pararse de puntas, entonces que te entreguen las (zapatillas) puntas es lo mejor que te puede pasar, porque marca un hito en tu carrera. Fue tan emocionante y yo estaba tan feliz, que creo que de ahí no me baje más”.

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