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EDICIÓN | Diciembre 2017

Persiguiendo Mavericks

Por Maximiliano Mills / www.maxmills.com
Persiguiendo Mavericks

Es mayo de 1995 y recibo en mi oficina de Rip Curl-Chile la última revista Surfer de Estados Unidos. La foto de la portada traía una de las imágenes más impactantes jamás publicadas, antes de la aparición de las motos de agua que domesticaron las olas gigantes. 

Tan impresionante era esta foto que todos los que la veían se preguntaban si el surfista se había ahogado. Había sido tomada en la ola de “Mavericks”, California, por Bob Barbour en la mañana del 19 de diciembre de 1994, capturando el momento preciso cuando un desconocido surfista adolescente de dieciséis años, llamado Jay Moriarity, está a punto de ser demolido por una ola monstruosa que no alcanzó a bajar.

Antes de la expansión de Internet, esta fue probablemente una de las primeras imágenes “virales”, ya que dio la vuelta al mundo y fue publicada en revistas totalmente alejadas del ámbito del surf, como la del New York Times. Para Moriarity significó convertirse en una estrella instantánea dentro del circuito de olas grandes y ser contratado por las marcas más importantes de la industria del surf. Un logro soñado para alguien que la noche anterior había trabajado hasta la medianoche en la pizzería Pleasure y se había levantado a las cinco de la mañana, para entrar al mar de amanecida.

El título original de Chasing Mavericks corresponde a una película norteamericana, tipo drama-biográfico, sobre la vida de Jay Moriarity y estrenada en noviembre de 2012. Fue protagonizada por Jonny Weston, Gerard Butler y Elisabeth Shue. Inusualmente tuvo dos directores: Curtis Hanson y Michael Apted. El presupuesto de filmación fue de veinte millones de dólares y solo recaudó ocho millones. El guión relata la vida del surfista de Santa Cruz, California, Jay Moriarity junto a su mentor de olas grandes, la leyenda local Frosty Hesson, quien lo entrenó con el único objetivo de poder surfear la gigantesca ola de “Mavericks”. La película se desarrolla contando la historia de amistad entre Jay y Frosty, mostrando el casi monacal estilo de vida que involucra la extraordinaria preparación física y mental requerida para conquistar esta dimensión paralela en la subcultura del surf.

Es enero de 1996 y me encuentro en San Diego, California, para asistir al más importante encuentro de la industria del surf: la Action Sports Retailer. Como se trata de una reunión de negocios, también asisten la mayoría de los más destacados surfistas para promover las marcas que los patrocinan. Están los mejores, los más grandes y los más legendarios, caminando solos y sin guardaespaldas dentro de este gigantesco recinto. En cualquier momento te puedes topar con Kelly Slater, Laird Hamilton o Andy Irons. También con icónicos fabricantes de tablas de Hawái, como Pat Rawson o con pioneros fabricantes de trajes de neopreno como Jack O’Neill. Hasta que al pasar junto al puesto de Volcom, ¡veo que viene caminando hacia mi Jay Moriarity! Lo saludo, converso con él un instante, me pregunta que tal están las olas en Chile y nos despedimos. 

El principal problema de casi todas las películas de surf es cómo traspasarle al espectador común esta subcultura, deportiva y rebelde. Solo pocas lo han logrado siendo las excepciones Big Wednesday (1978) y Punto de quiebre (1991). Aunque la taquilla de cine no lo haya reflejado, Chasing Mavericks también consigue traspasar la idiosincrasia de playa para hacerla entendible al espectador citadino y sedentario. Replicando en cierta medida la relación venerable-maestro & pequeño-saltamontes de la serie de televisión Kung-Fu, esta película logra retratar con fidelidad —y sin la caricatura típica del surfista rubio + bronceado + bikinis + olas + cervezas— el intenso y ascético grado de preparación requerido en los noventa para bajar una de las olas de “Mavericks”. El miedo está implícito y es real.

Esta película resalta algunas de las dimensiones más interesantes y profundas de la psicología del surf en ese universo paralelo que son olas gigantes. Tratar de encontrar un equilibrio entre la vida en tierra y la otra en el océano. Jay Moriarity no solo trató de encontrarlo bajando olas descomunales. También era un hábil buceador libre y fue en las calmadas y cristalinas aguas de las Islas Maldivas donde buceando sufrió un blackout y falleció a los veintitrés años. Si es verdad que los surfistas somos peces reencarnados, Jay regresó muy temprano a la vida esencial.

 

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