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EDICIÓN | Diciembre 2017

LA INDIA RESPIRA EN EL SUR

Los canales de Alleppey

En la región de Kerala, suroeste indio, la cultura es tropical, el ambiente ligero y los extranjeros pueden entrar a los templos hindúes, algo inusual para el resto del país. Allí, los “barcos casas”, conocidos como backwaters, son el principal atractivo; una invitación a navegar y descubrir la selva desde dentro, olvidarse de la tierra y dejarse llevar por la quietud de los remotos canales, al otro lado del planeta. 

Texto y fotografías: Constanza Fernández C.

“Sajeev será el encargado de los remos”, decía Oscar, el hombre al que le contraté el paseo en canoa, mientras el botero me extendía su mano. “Con él y su familia pasarás el día, no te preocupes por el idioma, aunque ninguno habla inglés han aprendido a comunicarse con personas de todo el mundo. ¡Ya lo verás!”, gritaba, mientras se alejaba y seguía gritando, en Malayalam, el idioma de la región: Sukham (muy bien), respondiendo a todos quienes lo saludaban esa mañana en el puerto de Alleppey. Pequeño pueblo ubicado a cincuenta kilómetros de Cochin, la ciudad más cercana que cuenta con aeropuerto y que, además, es famosa por conservar un antiguo modo de pesca chino que utiliza enormes redes.

 

El pintoresco ferry, embarcación de madera que nos llevó a Kuttumalanga, pequeño poblado donde habita Sajeev, también fue el medio perfecto para descubrir a la población local. En cuando salimos del embarcadero y dejamos atrás el canal central, el mar Arábigo —también conocido como Omán—, se abrió amplio frente a nosotros; inmenso, quieto e inabordable. Rodeados de palmeras, navegamos durante largos veinte minutos, a una lentitud ideal para observar el desfile de personajes que transitaban por el barco local. El paisaje lo dominaban las indias y las coloridas telas que visten con glamur, incluso, mientras cargan vegetales o peces sobre la cabeza; elegancia que contrasta con el dothis, simple pareo que los hombres de Kerala atan entre sus piernas.

 

Ya en tierra, caminamos por diminutos senderos que se cruzaban y perdían entre las extensas plantaciones de arroz. Y bajo la sombra de mangos, plátanos y anacardos —castañas de cajú—, atravesamos rústicas aldeas para llegar a casa. Sandra, la hija menor de Sajeev, fue la primera en asomar su oscura cabeza entre los ribetes de una vieja puerta de madera, seguida de su madre quien vestía un tradicional sari, tela que cruzaba verticalmente sus hombros y caía larga hasta sus tobillos, dejando el torso descubierto. La niña, de unos siete años, se adelantó para estirar una hoja de plátano sobre la mesa y, encima del verde intenso de ese artesanal plato local, la madre acomodó pequeñas vasijas de metal con distintos curris, una mezcla de variados condimentos. También dejaron caer flores sobre la comida dándole un último toque de cariño a ese primer desayuno indio. Cuando, con una suave sonrisa, madre e hija me miraron, entendí que era momento de sentarme a la mesa, aunque nadie más lo hizo conmigo.

 

Mientras el calor del fuego disolvía el cardamomo, la pimienta y el clavo de olor, me preguntaba por dónde comenzar; entonces Sandra y su pequeña hermana, me enseñaron a comer. Rodeadas por el agradable aroma que liberaba el tradicional té chai, que la madre preparaba en la cocina, metimos las manos en la comida. Con la mano derecha tomamos un puñado de arroz, lo mezclamos con uno de los curris y lo amasamos hasta formar una húmeda bola de comida que metimos a la boca. Esta tradicional manera de comer tiene su base en el Ayurveda, milenaria ciencia india que ve al ser humano de forma integral, unido a la naturaleza y a los cinco elementos del universo. Asegura que el contacto directo con la comida permite sentir e incorporar las propiedades de los alimentos, generando una espontánea conexión con ellos; la persona se vuelve consciente de lo que come y, comer, se torna un ritual capaz de sanar.

 

 

 

 

UN VIAJE POR EL AGUA

 

En la antigua costa Malabar, actual ribera occidental sur de la India, el océano Índico se abre y expande a través de cientos de brazos para abrazar a toda la región; entre estos pequeños riachuelos navegables, se cruzan fracciones de tierra y diminutas islas, que han sido habitadas desde hace cientos de años, originando pequeñas aldeas pesqueras. Es una zona especialmente húmeda y, aunque sus temperaturas se mantienen entre los 35ºC y 20ºC, la sensación térmica suele ser superior. Hasta aquí llegan muchos viajeros provenientes del norte buscando contrarrestar los caóticos y desgastadores días vividos al otro extremo del país, porque Kerala es ordenada, quieta y limpia. Y es que cuenta con los mejores índices de alfabetización y esperanza de vida, además del presupuesto más alto para salud y educación de toda la India.

 

A pesar de la gran cantidad de resorts de lujo que se han construido en torno a estos pequeños cauces de agua, sus treinta millones de habitantes viven tranquilos, dependiendo del mar, los canales y el turismo. Le llaman “La Venecia India” porque las puertas de las casas, así como en la ciudad europea, también dan al agua, no hay góndolas, pero hay canoas para transportarse y la humedad se respira en cada esquina, inundando de moho las murallas de indios e italianos. El turismo ocurre entre octubre y abril, el resto del año el monzón se instala y la lluvia suele durar más de ciento cincuenta días, con desbordes habituales de canales; es una época del año para estar en casa y poco es lo que se puede explorar afuera. Sin embargo, desde hace algunas temporadas, los meses de lluvia se han vuelto atractivos para el Panchacarma, famoso proceso de desintoxicación a través del ayuno, son veintiún días de reposo, combinado con masajes y meditaciones que ayudan a  sostener el intenso proceso de limpieza física y mental.

 

Los paseos en barcos van desde una hora a cuatro días y muchas embarcaciones cuentan con habitaciones, literas, camarotes o lujosas piezas privadas; además de terraza y cocina. Aunque hay que recordar que estamos en India y, lo que muchos ofrecen como lujo, cómodo y limpio, a veces, dista bastante de lo que un occidental espera, entonces conviene estar abierto a las sorpresas.

 

Existen opciones más simples e igualmente atractivas, como navegar por el día, ya sea en las casas botes o en canoas más sencillas, con y sin techo, para dos, cinco y hasta ocho personas; este servicio es el que dan las familias locales como la de Sajeev. La suya era una canoa muy pequeña, no vi nada más angosto para moverse entre los canales y, además, tenía un pequeñito toldo que nos cubrió del sol mientras nos internamos en el agua, acompañados por la pequeña Sandra, sin duda, la mejor guía.

 

Éramos tan livianos y delgados que pasábamos hasta por los canales más estrechos y, justo ahí, en las profundidades de Kerala, es que se puede conocer la selva desde adentro, atravesar los arrozales abriendo camino a remo entre las tupidas alfombras de algas y las ramas de gigantescas palmeras que, prácticamente, se acuestan sobre los canales del río Meenappally.

 

Son las aguas del Fisher man, un pescador artesanal y rústico que, cada quince minutos, se hace presente ofreciendo a viva voz sus frescos peces, muchas veces aún vivos. Esta sencilla embarcación también da la libertad de, en cualquier momento, atar la canoa para caminar, y fue en una de esas andanzas que nos topamos con un grupo de monjas saliendo de una iglesia cristiana. Las religiosas caminaban junto a otro grupo de mujeres que trabajaban el arroz  y juntos, los dos grupos, formaban un paisaje que decía mucho sobre estas tierras, ya que el veinticinco por ciento de la población es cristiana y vive, en su mayoría, del arroz y la pesca. Además, en Kerala y, casi todo el sur, se mezclan cómodamente el islam, el hinduismo y el cristianismo; las mezquitas y las iglesias; los mantras y el padre nuestro.

 

LA FE CONVIVE, VIAJA Y SE NUTRE ENTRE TODOS

 

Regresé en el mismo ferry, esta vez Sajeev se quedó en tierra moviendo su mano junto a Sandra. El barco local es la forma más económica de moverse, ampliamente utilizada por los lugareños e ideal para turistas porque permite conocer la cultura local disfrutando de espléndidas vistas a menos de un dólar. Los viajes entre pueblos también se pueden hacer en bus o taxi, pero el silencio y el frescor de las aguas desaparece y las bocinas, el calor y la contaminación se vuelven la constante del viaje.

 

Antes de dejar Alleppey conocí a Shivadas, un hombre clavo de unos sesenta años que me mostró los principales templos de la ciudad. Nos movimos en su rixo, un ruidoso y pequeño auto de tres ruedas. El indio era muy atento, tampoco hablaba inglés, pero siempre iba adelante mostrándome el camino, dónde dejar los zapatos y a qué ponerle atención.

 

Así ocurrió en Kidangamparampu Sree Bhuvaneswary, un templo con interesantes dibujos de batallas y dioses, experiencias espirituales trazadas y cubiertas de colores; un clásico que India utiliza para conservar sus leyendas. El día terminó frente al mar, después de escuchar las oraciones de la tarde en Siva Parvathi, viejo y sencillo templo coronado por un gigantesco árbol central, nos sentamos en la playa. Con los pies de regreso a la tierra observamos, quietos y en silencio, el horizonte marino, especialmente claro y despejado. Mi mirada se perdió en el reflejo del sol en las olas, mientras imaginaba que, a esa misma hora, la luz estaría pasando entre las palmeras para iluminar, suavemente, la casa de mi amigo Sajeev. Allí, al fondo de un canal, como todas las tardes, la familia estaría comiendo vegetales y lentejas sobre una simple y sencilla hoja de plátano.

 

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