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EDICIÓN | Diciembre 2017

Navidad asiática con sabor a pistacho

por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D.
Navidad asiática con sabor a pistacho

Aroma a cardamomo y a especias: Navidad en el subcontinente indio. Sin estridencias ni desviaciones que distraigan la esencia de la celebración. La Navidad en la India es una fiesta íntima, parroquial, sin consumismo asociado; casi un viaje al pasado. 

Y si bien en ciudades principales también se ven guirnaldas y adornos navideños, hay un celoso recato. Los cristianos —que son apenas el cuatro por ciento de la población— agradecen que se respete su fiesta, pero no por eso aprovechan la ocasión para hacerse notar. La Navidad es un feriado legal, una celebración garantizada por la Constitución de la República india. Pero nadie utiliza la ocasión para fastidiar a sus semejantes.

El cristianismo llegó al subcontinente indio en tres oleadas. La primera etapa fue hace quince siglos atrás. Un segundo momento se relaciona con el comercio de especias e intenso contacto con comerciantes europeos. Finalmente, el tercer tiempo es la época británica, que significó un cierto esfuerzo de cristianización, aunque jamás como lo emprendido por España en la América indígena. En el sur de Asia, muchos adoptaron el cristianismo al integrarse a alguna sección de la Compañía de las Indias Orientales. El grueso de los cristianos que no están en ese caso específico, se les halla en el Estado de Goa y en el de Kerala, o esparcidos en las ciudades que justamente estuvieron en estrecha relación con el comercio y la administración británica.

El cristianismo habría sido predicado por primera vez en India nada menos que por Santo Tomás, discípulo de Jesús. Y si bien esa puede ser sólo una leyenda hecha para darle más prestigio a una comunidad muy antigua, de ser cierta, Santo Tomás habría llegado a predicar el Evangelio finalizando un periplo comenzado en la Arabia. De todas formas hubo influencia de misioneros nestorianos que venían desde Persia, intercambio que se mantuvo hasta el siglo VI. Pero el nacimiento y expansión del Islam acabó con la relación, a la vez que significó el arribo a las costas de Malabar de grupos de cristianos que huían del fanatismo mahometano.

Entre los siglos VI y XII, en lo que hoy es el Estado de Kerala, y bajo el tolerante alero de príncipes sureños, prosperaron comunidades cristianas que llevaron una vida apacible y poco interesada en la cosa política. Se aislaron en una vida aldeana, dedicada a la agricultura y a la observancia de sus tradiciones religiosas. Por esa razón, ese ritual y liturgia, llamado sirio-malabar, está intacto hasta hoy.

El tiempo fluyó como el río Ganges. Otros misioneros arribaron a India. Juan de Monte Corvino, fraile franciscano, yendo de viaje a China, reportó haber estado con cristianos que decían ser discípulos de Santo Tomas. Odorico de Udino, que pasó por la India en 1321, visitó las comunidades cristianas de Malabar. Estuvo en Calicut, en Cranganore y Quilon, para continuar su viaje a Shri Lanka desde donde escribió que había visitado el lugar donde Santo Tomás había sido incinerado. Otro misionero, el dominico Jordanus, estuvo en los mismos lugares y escribió reportes con testimonios semejantes. Jordan Catalani, misionero dominico y explorador del Asia (1327-1329), recorrió el sur de India e hizo completa descripción de los cristianos que halló. Acerca de qué creían, sus prácticas y rituales, sus casas, sus templos, las imágenes, además de descripciones de sitios, fauna y flora. Su Libro de las Maravillas es un inigualable documento para la historia del cristianismo. Hubo más viajeros que describen las aldeas cristianas del sur de India; pero, esta secuencia tiene su momento culminante cuando arribaron los portugueses. Vasco da Gama llegó a India informado de la existencia de “naciones cristianas” con las que pensaba hacer alianza contra los musulmanes. Mas todo el esfuerzo de cruzada fue vencido por el más lucrativo interés en el comercio de las especias. El primer medio siglo (1490-1540) fue de ganancias inimaginables para la época. Roma, en virtud de su poder sacrosanto, reconoció la misión portuguesa y su esfuerzo en la difusión del cristianismo, por lo cual le concedió a la corona de Portugal el monopolio de esa región del mundo.

En una ocasión, pasé la tarde de un 24 de diciembre en las ruinas de una misión jesuítica, en Goa. Entre los sonidos de la jungla y el quieto silencio del lugar imaginé los siglos de fe en un sitio tan exótico y lejano. Treinta años después, en un mes de diciembre especialmente agitado, he recurrido a ese bello recuerdo que es como un bálsamo, y he sentido el pacífico regocijo por la venida del Mesías. Así inspirado, deseo a todos los amables lectores este sentimiento de una quieta y gozosa Navidad.

 

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