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EDICIÓN | Noviembre 2017

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Hotel Winebox

De un día para otro apareció Winebox, en el cerro Mariposas. El apart hotel se montó, literalmente, en un par de noches con veinticinco contenedores y la ayuda de cuarenta personas. Una idea loca que tuvo el enólogo neozelandés, Grant Phelps, y que se ha transformado en el único hotel hecho con estas estructuras metálicas. Con una terraza panorámica, una cava propia y esculturas de Rodrigo Villalobos por doquier, hoy acoge a los turistas bajo un concepto totalmente ecológico.

Por Macarena Ríos R./ Fotografías Mariela Sotomayor 

“¿Qué hace un enólogo a cargo de la construcción de un hotel?”, le pregunto a Grant, mientras recorremos los cinco niveles en los que se desplaza Winebox. “No tengo idea”, contesta en su español apurado, “de weón no más”. Pero aclaremos algo: de weón no tiene nada. El concepto ecológico que hay detrás de cada detalle es notable. Muebles y sillones confeccionados con pallets reciclados desde las viñas, pisos y maceteros hechos con barricas de vino, lámparas intervenidas con botellas recicladas, sillas de tambores de aceite reciclados. En Winebox cada rincón es un estímulo visual y un guiño al mundo vitivinícola. De hecho, Grant es el autor de la primera bodega de vinos en la ciudad puerto.

Una bodega que, hasta el momento, consta de cuatro cubas de cemento enterradas en el piso, a un metro y medio de profundidad, que albergan catorce mil litros. “Están bajo tierra por un tema de espacio”, aclara. “Mi idea es envasar mis vinos en tambores de cerveza para ofrecerlo a otros hoteles y restaurantes”. El autor del mural es el uruguayo Leandro Bustamante.

 

LOS ORÍGENES

Phelps llegó a Chile enviado por una empresa inglesa —Internacional Wines Services—, a hacer vinos hace dieciséis años. Su primera vendimia fue en Viña Errázuriz, luego vendría De Martino, para finalmente oficiar de enólogo jefe de Viu Manent en Colchagua por siete años. Cuando le llegó una oferta de Casas del Bosque en el valle de Casablanca, no lo pensó dos veces. Vivir en Valparaíso siempre había sido su sueño. “Es una ciudad sumamente entretenida”.

¿Por qué un apart hotel?

Nunca fue la idea hacer algo tan grande. Terminamos con una cosa gigante, quinientos metros cuadrados. Una locura.

¿Cómo lo financiaste?

¡Endeudándome como loco! Pedí préstamos en bancos y además tuve que hipotecar mi casa y el terreno del hotel. Es difícil ser emprendedor en Chile. Paralelamente, nos ganamos un Corfo por innovación, lo que nos ayudó bastante y mis papás terminaron prestándome su fondo de jubilación para poder terminar la última etapa.

¿De dónde sacaste los contenedores?

Los compré en Placilla y me los traje en camión. Me demoré casi una hora en subir el cerro con cada uno. Fue tremendo.

“¿Quieres saber de dónde saqué la idea?”, pregunta y abre su computador. “Después del terremoto del 2011 en mi país, Christchurch, donde nací, se vino abajo literalmente. Lo sorprendente es que en muy poco tiempo se levantó un centro comercial provisorio hecho de contenedores y me encantó la idea. Además, siempre me llamaron la atención esas estructuras metálicas que se veían en el puerto de Valparaíso. Para mí evocan el mar, los viajes, los barcos. Y el vino, claro”.

¿Cuáles son las ventajas?

Resisten incendios, terremotos, lluvias y temporales. Ideal para Valparaíso, ¿no crees?

 

ODA AL VINO

Como un puzle, cada contenedor fue dispuesto en el terreno, con la ayuda de la arquitecta Camila Ulloa, su pareja, quien hizo el diseño y estuvo a cargo de todo el proceso de construcción. Los contenedores mantuvieron la estructura original. Se pintaron de colores intensos como las postales que viajan por el mundo. Los cielos se revistieron con madera de pallets y se conservaron los pisos característicos, que son de terciado.

En uno de los contenedores está la recepción y una tienda de vinos.

¿Con cuántas etiquetas trabajas?

Con trescientas cincuenta.

¡Trescientas cincuenta!

No quería quedarme corto.

Y sonríe, divertido.

“La idea es convertirlo en un comedor privado para veinticuatro personas, una vez que se cierra la tienda y la recepción. Es un espacio ideal para hacer una cata”. Pienso lo mismo. Sobre todo al ver una de las paredes intervenidas por la reconocida grafitera australiana, Haylee Fieldes —Fieldey.com—, quien supo del proyecto por internet y viajó a Chile especialmente para trabajar en él. En una semana pintó un mural inspirado por leyendas locales como la Cueva del Chivato y la Pincoya, pero una Pincoya  interpretada a su manera eso sí: una sirena inversa.

Otro de los contenedores alberga la zona de desayuno, que después de las once de la mañana se convierte en un winebar. El gran mural de ese espacio tiene el sello inequívoco del Loro Coirón, otro artista que quiso dejar huella en este proyecto tan único como su dueño.

Veo a varios extranjeros trabajando aquí

Este es un hotel hecho por voluntarios. Arquitectos jóvenes, diseñadores, hay mucha gente que vino desde el extranjero a aportar. Fue algo bien loco. ¿Viste el logo? Lo hizo una diseñadora gráfica argentina, Julieta Carbonari. A ella la conozco desde hace ya varios años, porque trabaja principalmente en el diseño de etiquetas de vinos.

 

Uno de los platos fuertes de Winebox es la espectacular terraza panorámica en la parte superior de la construcción, con 160 m2. Como un faro, domina la vista de todo Valparaíso.

La tina que está en una de las terrazas la compraron en un lugar de chatarra y la recortaron con esmeril.

Winebox cuenta con veintiún habitaciones, todas con terraza individual, cocina, sala de estar y vista a la bahía.

La idea con las escaleras y las ventanas de claraboyas a la entrada de las habitaciones era emular un viaje en barco.

El muro exterior de Winebox se le encargó a la dupla de grafiteros porteños UnKolorDistinto.

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