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EDICIÓN | Noviembre 2017

Blade Runner

Por Maximiliano Mills / www.maxmills.com
Blade Runner

Cuando fui al cine, en 1982, a ver Blade Runner no tenía la capacidad de apreciación y análisis cinematográfico que manejo hoy, pero de inmediato supe que estaba ante una obra fílmica que no solo redefiniría este lenguaje, sino que además crearía una frontera difusa, pero sin regreso, entre lo que era ciencia-ficción y que desde Blade Runner comenzó a denominarse “cine de anticipación”. 

Y aunque nunca pensé vivir más de treinta y seis años —lo que me dejaba fuera de poder tripular algún día la nave Enterprise de Viaje a las estrellas– hoy me doy cuenta de que estoy a punto de vivir en el 2019… ¡El año donde transcurre la historia de Blade Runner!

Agradezco que hoy la atmósfera del planeta todavía sea limpia, como para no vivir el año 2019 bajo esas gruesas nubes creando una permanente penumbra amanecer-atardecer en que viven los ciudadanos de Los Ángeles. Pero en general, sí me angustió saber que, en 1982, estábamos a la vuelta de la esquina de vivir este 2019 que todavía parece distante: no hay autos voladores, replicantes ni tenemos colonias en Marte. Pero hacia allá vamos. Y no en cien años. En solo cinco a diez años más. Tendremos autos inteligentes de Uber que podrán volar, el robot ASIMO de Honda ya caminará por las calles y la NASA establecerá una colonia en la luna.

Pero Blade Runner no solo asustó a una sociedad sin internet y con las Torres Gemelas aún de pie; se incrustó en nuestra conciencia planteando complejidades y preocupaciones para el naciente siglo XXI como muy pocas películas lograron inseminar en su público: la filosofía, la sobrepoblación, las mascotas sintéticas, la ecología, la publicidad omnipresente, la religión y las implicancias éticas de la ingeniería genética causaron que los asistentes al cine dejaran de masticar cabritas confitadas y que necesitaran volver a ver Blade Runner en su casa. Fue tal la demanda que tuvo en videoclubes de arriendo, que fue escogida como una de las diez primeras cintas en ser estrenadas bajo el formato de Dvd. Es una película estadounidense dirigida por Ridley Scott, inspirada en la novela, de 1968, de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, que postuló a dos premios Oscar. Los protagonistas son Harrison Ford, Rutger Hauer, Sean Young, Daryl Hannah y Edward James Olmos (a quien divisé mientras desayunaba en la terraza del hotel Miramar-Sheraton). La inconfundible banda sonora con sintetizadores y secuenciadores fue compuesta por Vangelis, quien venía de recibir un Oscar por Carros de fuego. Philip K. Dick falleció antes del estreno de Blade Runner, pero los productores alcanzaron a proyectarle el metraje ya filmado de cuarenta minutos. Considerando que este difería de su novela, Dick olvidó su aversión por Hollywood y bendijo el trabajo del director con una profecía: “Blade Runner cambiará la forma de ver las películas”.

¿2049? ¿Blade Runner? ¿Qué? Después de haber sido capturado por los genios del mercadeo caza bobos produciendo secuelas, ya fui torturado por la sacrílega Star Trek (2009), la anodina Tron (2010) y, del 2015, la inverosímil Mad Max, la ridícula Star Wars VII y ese comercial de testosterona, Point Break. Créanme lectores de Tell: lo pensé y me programé, pero en la puerta del cine dije “¡Basta!”. Mi ética y lealtad está con quienes siguen esta columna llamada “Cine Paralelo”. Y si uno de mis dos referentes en la crítica de cine –Antonio Martínez– estuvo obligado a ver Blade Runner 2049 para el suplemento Wikén, este terminó calificándola de “fiasco”, “siútica”, “decepcionante”, “liviana”, “cursi”, “tuerta” y con “iluminación de discoteca veraniega”. Esto me hizo retroceder ¡Y no malgastar casi tres horas de mi existencia y la de mis lectores!

Uno de los pocos dogmas que tengo en la vida es “solo hablar de lo que sé”. Ahora lo estoy rompiendo. Estoy analizando una película que no he visto, con las palabras usadas por un colega. Lo siento y me disculpo. En tiempos de la ética digital ya no sé qué es más inmoral y repugnante: Harvey Weinstein, el megaproductor de Hollywood seleccionando actrices para “interpretaciones” sexuales privadas en la habitación de su hotel, o un grupo de inversionistas+productores que nos hacen creer que una secuela puede ser “arte”. Púdranse. No más. Como lo mostró Steven Spielberg en E.T.… llamó a su casa, subió a su nave y se fue ¡Fin! Spielberg se ha negado siempre a realizar la segunda parte. Mientras viva Spielberg no veremos a E.T. regresar a la Tierra casado y con hijos. Y esto, mercanchifles ilustres de Hollywood, se llama ¡I-n-t-e-g-r-i-d-a-d!

 

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