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EDICIÓN | Octubre 2017

Visceral

Cristina Córdova, ceramista
Visceral

Sus esculturas son potentes. Los rasgos toscos, los rostros fuertes, las expresiones, los pliegues. Para esta artista puertorriqueña, cuyas obras se pasean por diversos museos y galerías del mundo, todo tiene un porqué y un significado. Y, sobre todo, una experiencia.

“Lo que Cristina transmite con su trabajo es de una fuerza impresionante, que yo solo había visto en la piedra esculpida”, asegura la ceramista y gestora de su reciente visita a Chile, Andrea Lallana.

Por Macarena Ríos R./ Fotografía Teresa Lamas G.

“Hace dieciséis años que no daba un workshop en español y me ha encantado. Ha sido toda una revelación para mí”, comenta Cristina, encantadora, desde el taller Ceramistas de Reñaca. Acaba de terminar una clase para una veintena de artistas que llegaron desde todos los puntos cardinales. Menuda, de pelo azabache y acento marcado, se limpia las manos con un paño. Esas mismas manos, minutos antes, le habían dado vida al rostro de una mujer en arcilla con una destreza absoluta.

 

¿Escultora o ceramista?

Buen punto. A través de mi carrera he pasado por distintas facetas. Lo que hizo definirme fue que, a veces, mezclo la cerámica con otros materiales para poder ejecutar la idea que tengo. Yo creo que sin la cerámica, no estaría ligada a las esculturas.

 

¿Cómo definirías tu obra?

Escultura figurativa, en ella busco generar un espacio emocional más que narrativo, crear sensaciones que te hagan conectarte con la obra.

 

¿Cómo es trabajar con cerámica?

La cerámica es como la abuela que te quiere. Y te permite. Y te perdona. Por eso es que nos sentimos tan acogidas con la cerámica. Es bien poco lo que la cerámica te niega. La única limitante es el tiempo porque estás frente a un material vivo. El barro es un diálogo, tienes que poner atención, porque si te despistas se seca y lo pierdes.

 

 

MANOS A LA OBRA

 

Cristina estudió Arte en la Universidad de Puerto Rico, en Mayagüez. Más tarde se perfeccionó en la Universidad Alfred, en Nueva York, donde obtuvo su maestría. Actualmente vive en Penland, Carolina del Norte, donde llegó, el 2002, como artista residente en la Escuela de Artesanía.

 

Con varios reconocimientos internacionales, tiene un estudio junto con su marido, el también artista Pablo Soto, y dos hijas: Paloma (16) y Eva (10). “Paloma tiene una habilidad para el dibujo hiperrealista impresionante, acaba de entrar a un conservatorio de arte en Carolina del Norte”, dice con orgullo. “Fue un proceso bien largo y competitivo”.

 

 

¿De qué manera influyeron tus raíces en tu trabajo?

Puerto Rico es una mezcla de lo africano, lo español y lo indio. El elemento africano se interrelaciona con los objetos de una forma bien espiritual. Y eso siempre me llamó la atención: la escultura religiosa como repositorio de esa energía espiritual. Eso, combinado con mi trayectoria en el baile clásico, se convirtió en mi lenguaje natural.

 

¿Fue amor a primera vista?

En la Universidad de Puerto Rico, quedé prendida del material. Tuve una clase con Jaime Suárez, un profesor que me voló la cabeza. Esa cualidad del barro de ser lo que sea y de capturar tu frecuencia me encantó. Con el barro todo me hizo sentido. La materialidad, la plasticidad.

 

¿Tu mentor?

He tenido mucha gente magnífica. Más que una persona, ha sido una especie de consorcio. Además de Jaime Suárez, en Puerto Rico he tenido muchos mentores como Antonieta Hambleton. Con ellos me retroalimentaba.

 

¿Cuál fue tu primera exposición?

El 2008, en el Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico. Tenía treinta y tres años y me puse muchísima presión porque la audiencia era mi gente, mi pueblo. Y enseñarle mi trabajo a quienes me habían formado fue una experiencia inolvidable. Me permití tomar riesgos, fue la primera vez que realizaba una pieza de casi tres metros. Cuando abrieron las puertas del museo había un filón increíble. Fue buenísimo.

 

¿Qué está presente ahora en tu trabajo que antes no estaba?

El tiempo. El modelo que yo tenía antes era el de producir piezas seriadas. Era como hablar en frases y ahora me siento que estoy hablando en párrafos y mininovelas. Las ideas son complejas, las investigo más, los proyectos son grandes. Los espacios abarcan mucho más. Necesitaba este cambio.

 

¿Cómo ves el nivel chileno?

Muy bueno, muy comparable con lo que veo allá en Estados Unidos. Fue muy emocionante porque acá rompimos paradigmas, nadie había tratado antes la figura con plancha y fue bien bueno abrir ese mundo de posibilidades, que estoy segura de que, a futuro, ellas seguirán desarrollando.

 

¿Cuándo sientes que una obra está lista?

Cuando sientes la euforia y dices ¡ya!, o cuando se te acaba el tiempo. Lo ideal es que llegue la euforia antes de que se te acabe el tiempo y la tengas que entregar.

 

“La cerámica es como la abuela que te quiere. Y te permite. Y te perdona. Por eso es que nos sentimos tan acogidas con la cerámica”.

“En la Universidad de Puerto Rico, quedé prendida del material. Esa cualidad del barro de ser lo que sea y de capturar tu frecuencia me encantó. Con el barro todo me hizo sentido”.

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