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EDICIÓN | Octubre 2017

UNA VIDA CON PROPÓSITO

Alejandra Pizarro, directora ejecutiva de la Comunidad de Organizaciones Solidarias
UNA VIDA CON PROPÓSITO

Su historia parece el guión de una película. Fue monja, profesora, empresaria exitosa y hoy lidera una organización que congrega a más de doscientas organizaciones sociales. De todo tipo, con toda clase de objetivos y distintas necesidades. Y ella, con un entusiasmo y una energía desbordante, parece tener tiempo para todos. Y si no… lo inventa.

Por Mónica Stipicic H. / Fotos Andrea Barceló

Partimos esta conversación con un ejercicio. Uno que todos en Chile debiéramos hacer. ¿Qué organizaciones sociales conoces? ¿Eres capaz de nombrar diez rápido y sin pensar?... Fundación Las Rosas, Coanil, Coaniquem… mmmmm… ¿Hogar de Cristo?... Desafío Levatemos Chile, Trabajo para un Hermano, Paternitas… a estas alturas ya repito sin saber si le estoy achuntando ni mucho menos conocer a qué se dedican…

 

“¿Te das cuenta? Nos cuesta llegar a diez y en Chile existen 234 mil organizaciones sociales. De esas, un seis por ciento son fundaciones o corporaciones. Es decir, unas quince mil”, explica Alejandra Pizarro. Una cifra impactante, no sólo por lo grande, sino por todo lo que implica: en nuestro país existen miles de organizaciones buscando ayuda que, de otro modo, no podrían conseguir.

 

Un número importante trabaja los temas de pobreza y exclusión social. Y esa es la identidad que poseen las más de doscientas organizaciones que forman parte de esta comunidad, que reúne a corporaciones y fundaciones, con personalidad jurídica, y que Alejandra encabeza desde el primer día.

 

Para entender cómo y por qué llegó a ese lugar y la forma en que ejerce este liderazgo, es fundamental conocer su propia historia. En su caso, la idea de que cada uno es fruto de su propia historia adquiere un sentido casi trascendente. O un “hilo conductor”, como ella misma lo define.

 

Alejandra estudió en un colegio de monjas, donde realizó mucho trabajo de voluntariado. Al salir, entró a estudiar Educación Diferencial y, en la mitad de la carrera, decidió entrar a la vida religiosa, como parte de la Congregación de las Hijas de María Auxiliadora. Allí estuvo cinco años. “Fue una súper bonita experiencia, que marcó mi manera de entender el mundo desde le espiritualidad. No desde la religión, sino desde una dimensión de la espiritualidad y la trascendencia”, recuerda.

 

¿Por qué lo dejaste?

Porque soy mañosa y, probablemente, en el fondo, porque no tenía vocación. Lo pasé bien, me encantaba la vida religiosa, pero sentía una disonancia entre lo que decíamos y lo que hacíamos. Yo digo que fui monja, pero la verdad es que no alcancé a profesar. Como estaba en la universidad, mi etapa de formación fue más larga que la de mis compañeras. Entonces hice el aspirantado en dos años en vez de en uno, después un año de postulantado y dos de noviciado y entre medio me titulé en la universidad. Cuando terminé ese período, me tocaba hacer algo parecido a una práctica y ahí dije "me tengo que ir, porque si hago esto me voy a quedar". Ese era mi rollo.

 

Como una forma de rearmarse, Alejandra decidió que quería hacer clases de religión. Su primer desafío fue el Manuel de Salas, un colegio laico donde este ramo era optativo. “Me tocó Cuarto Medio y las clases eran los viernes a las doce… y los que no las tomaban podían irse a la casa… o sea, imagínate la competencia que tenía. Fue un ejercicio de venta extraordinario. Para la primera clase había seis alumnos, de ciento cincuenta. Cuando les pregunté por qué estaban ahí me dijeron “queremos algo más”. Y desde ahí empecé; nunca hice clases de religión, sino de propósito, de vida con sentido”, explica.

 

Al poco tiempo, llegó a tener sesenta alumnos. Recuerda con nostalgia que no cabían en la sala y se sentaban en las ventanas. Después de seis años en ese lugar pasó al Redland y después a Las Usurlinas. En paralelo comenzó a estudiar Teología. “Y ahí perdí la fe”, sentencia.

 

¿Por qué?

O sea, no es que haya perdido la fe, sino que gané el entendimiento de que la religión es una forma de explicar algo, pero no la verdad. No pasó de un minuto a otro, de a poco se empiezan a caer los mitos, te das cuenta de que hay cosas que no puedes explicar, que no se sostienen. Entré a un grupo que se llamaba la Comunidad Circular, en que había gente de distintas religiones, incluso agnósticos. Y compartíamos la vida… ahí me di cuenta de mi cambio. Era como estar frente a esos zapatos de charol que amabas cuando niña y que, aunque quieres ponértelos, ya no te caben. Y hay que asumirlo, porque es más fácil permanecer en la fe que aceptar que tus creencias dejan de tener sentido. Nunca perdí el sentido de lo trascendente, del propósito y la espiritualidad, pero en una dimensión que va más allá de lo puramente humano.

 

 

LA SOLEDAD DEL PODER

 

Cuando terminó su ciclo como profesora, Alejandra decidió aceptar el ofrecimiento de su padre y trabajar en la empresa familiar. Era un rubro completamente nuevo, el de las telas y la moda, pero quiso aprender.

 

Al mes de instalarse, la multinacional francesa Lainiere de Picardie compró la compañía y, sin darse cuenta, quedó instalada como gerente comercial y al poco tiempo a cargo de la gerencia general. Ahí estuvo durante diez años. A esas alturas, ya se había casado con un músico y tenía tres hijos.

 

En eso estaba cuando se vinculó a una organización, Desafío Humanidad, cuyo objetivo era acompañar en la soledad del mando a los altos ejecutivos de las empresas, y que se transformaría en la primera piedra de la Comunidad de Organizaciones Solidarias. “Ellos organizan una actividad que se llama Encuentros en lo Alto, donde reúnen a estas personas con líderes sociales. En el primero de esos encuentros conocí a la hermana Karoline Mayer, fundadora de Cristo Vive. Una monja revolucionaria, de esas que a mí me habría gustado ser… y ella se transformó en alguien relevante en mi vida; con ella recordé un Chile que había olvidado, porque vivimos en una ciudad que está hecha para olvidar. Cuando terminó el encuentro la fui a dejar a su casa, en una población en El Salto, y me encontré con una pobreza que era aún más dura que cuando yo era niña, porque hoy está al medio de todo la droga. Y la violencia”.

 

De inmediato se ofreció para ser voluntaria de esa fundación. El fin de semana siguiente partió; lo único que tenía claro era que no quería trabajar con niños con dispacidad intelectual. Todo lo demás le gustaba. Por supuesto que apenas llegó al lugar, fueron precisamente esos niños los que corrieron a abrazarla y la reconectaron con su lado más humano. Estuvo los siguientes tres años haciendo voluntariado en ese espacio.

 

A esas alturas ya estaba separada. Y en ese lugar conoció a Gustavo, su actual marido, quien lideraba el área de formación. “Volví a ser yo, dejé un poco de lado ese mundo en que siempre había que verse y vestirse top, en que dejarse las canas no habría sido una opción. Hasta que, el 2007, me llamó Pedro Arellano para contarme que se estaba armando la Comunidad de Organizaciones Solidarias y que yo era la persona para liderarla. Me preguntó si estaba dispuesta a dejar la empresa por esto… y yo le dije que sí, que obvio que sí. Pero primero tenía que hablar con mis hijos y sacar cuentas…”.

 

¿Y cómo te fue con eso?

Mis cabros eran adolescentes y me acuerdo que mi hijo mayor me preguntó si ibamos a poder mantener nuestro estilo de vida… jajajaja… él, que hoy es hippie y vive en Alemania… pero se atrevió a manifestar sus aprehensiones. Después de asegurarles que no les iba a faltar nada, me senté e hice todos los cálculos. Me di cuenta de que ganaba un cuarenta por ciento más de lo que necesitaba, así que llamé a Pedro y le dije que estaba dispuesta a hacerlo por esa plata mientras mis hijos estuvieran estudiando. Hoy ya no lo están, así que ahora gano harto menos que en ese momento.

 

¿Cuál fue la reacción en tu empresa?

Cuando le dije a mi jefe francés que me quería ir, me dijo: “mire, déjese de estupideces, váyase un año, yo le voy a guardar parte de su sueldo. Tómese un sabático, haga eso que quiere hacer...". Así que salí para volver, igual que cuando dejé la vida religiosa… me cuesta salir rompiéndolo todo, aunque siempre supe que era sin vuelta.

 

TODOS JUNTOS

 

¿Por qué es necesaria una comunidad de organizaciones sociales?

El Chile de hoy no tiene nada que ver con el de los noventa. Fuimos los primeros en superar la desnutrición en América Latina y el primer país en eliminar niveles extremos de pobreza. El problema es que ese desarrollo no llegó a todos por igual y tenemos un modelo de sociedad basado en la competencia y el individualismo: si usted estudia y trabaja, le va a ir bien. Y educamos desde ahí, desde la competencia. Y eso genera pobreza y exclusión, porque no todos son capaces de subirse a este modelo ni competir en igualdad de condiciones. El tema es que yo como fundación empiezo a competir con otras fundaciones. Compito por los donantes, por la figuración pública, porque me recuerden a mí en lugar de al otro… entonces de qué superación de la pobreza me hablas.

 

¿Cómo evitas la competencia al estar todos juntos?

Tal como lo haces en una familia… en una familia no compites, sino que te ocupas de las cosas, te cuidas y entregas lo que cada uno necesita. Acá dejan de ser competencia y pasan a ser hermanos, que trabajan en lo mismo que yo. Y se reparte equitativamente. Logramos que el director de la Fundación Las Rosas converse con el de Conapram, que ambos compartan sus dificultades y aprendizajes, lo bien y mal hecho, los dolores y las desesperanzas. No repartimos todo en partes iguales porque eso sería una expropiación, pero gastamos tiempo entre nosotros, hacemos sinergias.

 

Para lograr esto, los directores de estas doscientas organizaciones se reúnen en espacios de reflexión, encuentros y talleres. Y además organizan campañas, salen todos juntos a la calle, como lo hicieron en la campaña “Enamórate de Dar”: dar trabajo, dar tiempo, dar una sonrisa. Los primeros jueves de cada mes se presentan las organizaciones que quieren postular, los demás tienen varios espacios. Por ejemplo, se agrupan de acuerdo a sus programas de intervención y hacen mesas técnicas de trabajo; de infancia, de adulto mayor, de vivienda, de entorno y varias más.

 

¿Y las instancias gubernamentales recurren a ustedes? ¿Por ejemplo, con el caso Sename?

Sí, porque hacemos un tremendo trabajo. En el caso del Sename tuvimos una mesa de trabajo con ellos, pero también con otras instancias, porque los ministerios no conversan entre ellos. En ese caso, todo lo que ocurrió no fue novedad para nosotros y llevábamos años advitiendo que algo así se venía. Nuestro nivel de incidencia va creciendo, hoy tenemos doce mesas temáticas, cada una con su ruta. Creemos que la mejor forma de superar la pobreza es volver a ser comunidad: cuando estamos todos juntos, dejamos de ser pobres… hace poco alguien nos comentó que le habían donado varias placas de volcanita y que le iban a sobrar muchísimas… las pusimos a disposición del resto de los miembros y todas llegaron a un buen lugar. Así repartimos doscientas treinta toneladas de porotos o las distintas organizaciones se prestan las bolsas cuando tienen una colecta. Si alguno hace una cena, parten todos los directores y compran bingos… es alucinante lo que se produce.

 

Es como tu clase de religión…

Sí, tal cual. Hemos logrado que cada uno se reconecte con su propósito y que todos esos pequeños propósitos se transformen en uno más grande. No por nada hay leyes como la Ley Zamudio, la Ley Emilia o la Ley Ricarte Soto, que han nacido de la organización civil organizada. Y nosotros tenemos el enorme desafío de que esta sociedad civil alcance la altura para relacionarse de igual a igual. Porque por algo estamos aquí, porque somos vigilantes del estado, garantes de la democracia y siempre, siempre, movemos los límites.

 

“No es que haya perdido la fe, sino que gané el entendimiento de que la religión es una forma de explicar algo, pero no la verdad. No pasó de un minuto a otro, de a poco se empiezan a caer los mitos, te das cuenta de que hay cosas que no puedes explicar, que no se sostienen”.

“Cuando conocí a Karoline Mayer, fundadora de Cristo Vive, una monja revolucionaria, de esas que a mí me habría gustado ser… se transformó en alguien relevante en mi vida, con ella recordé un Chile que había olvidado, porque vivimos en una ciudad que está hecha para olvidar. Y me encontré con una pobreza que era aún más dura que cuando yo era niña, porque hoy está al medio de todo la droga. Y la violencia”.

“En una familia no compites, sino que te ocupas de las cosas, te cuidas y entregas lo que cada uno necesita. Acá dejan de ser competencia y pasan a ser hermanos, que trabajan en lo mismo que yo. Logramos que el director de la Fundación Las Rosas converse con el de Conapram, que ambos compartan sus dificultades y aprendizajes, lo bien y mal hecho, los dolores y las desesperanzas”.

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