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EDICIÓN | Octubre 2017

La crisis de Corea del Norte

Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D.
La crisis de Corea del Norte

El intercambio de amenazas entre Donald Trump y Kim Jong-un se parece a los mutuos insultos que se lanzan dos boxeadores antes de una pelea por la corona de los pesos pesados. Aunque, esta vez, a ese cuadrilátero se subirán más contrincantes de lo que es usual: dos púgiles que no quieren pelea alguna y que se esfuerzan por mantener la paz, como Corea del Sur y Japón. Y uno de los managers de los boxeadores, que asegura que no quiere problemas, pero que de todas maneras se va a meter al ring.

Todos hemos seguido con curiosidad y no poca alarma la retórica incendiaria que tuvo como escenario de confrontación verbal la Asamblea de las Naciones Unidas. Cada día en los periódicos más reconocidos, aparecen columnas de análisis que estudian los escenarios y las opciones. Todo buen lector conoce la “teoría del loco”, esa especie de variante actualizada de la Guerra Fría con las mismas tensiones enervantes, y situaciones de borde, donde gana el que lleva la tirantez y los nervios hasta un nivel propio de desquiciados. Pero lo que no se dice ni se comenta es que toda esta insana situación podría ser una trama bien montada. Corea del Norte necesita alcanzar una posición de poder y de negociación indiscutible desde donde ya no se le pueda remover. Quiere ser aceptada como una pequeña potencia nuclear, como lo es, por ejemplo, Israel; y en ese estatus ser tolerada por vecinos que por mucho que reclamen, ya no podrían evitarlo. Israel, que goza del patrocinio de Estados Unidos, se asegura su supervivencia asegurando a su vez la destrucción total de quien intente una invasión a su territorio.  

En esa lógica, Corea del Norte siente que podría mantener su arsenal nuclear si convence a China de que sea su custodio y patrón nuclear. Llamaré a este peligroso juego “política nuclear transaccional”, y lo explico así: Corea sabe muy bien que no puede atacar a Japón, ni a sus vecinos del Sur, y por cierto que menos a los Estados Unidos, sin recibir a cambio la demolición y ruina final del país. Pero sigue adelante porque puede mejorar su posición de negociación, no con Estados Unidos, ni con el mundo, sino con China. Porque la solución del conflicto la tiene China, que también está esperando el momento de gravedad enervante para actuar. Cuando todas las alarmas estén encendidas, aparecerá como campeón pacificador del conflicto, y lo calmará con gran fanfarria y espectacularidad. Por cierto, podría ser con una acción militar teatralmente calculada. Un despliegue rápido y fulminante que “sorprendería a Pyongyang”. Considerando que para los dos países las pérdidas de contingente son menguas al servicio de fines superiores y heroicos, ambos podrían haber pactado un roce maquiavélicamente dramático y bien montado.

La transacción: Corea gana un congelamiento de su programa nuclear, pero no lo elimina. Su nivel de avance tecnológico en armamentos que no es poca cosa, lo puede transformar en distintos bienes comerciales que continuaría exportando a China. Gana estatus de contrincante de potencias mundiales, apaciguado y reciclado con éxito que lo deja, definitivamente, en una situación de admiración que no tuvo ni Iraq, ni Libia, ni nadie en el último medio siglo.

China obtendría aplausos universales. Detiene un conflicto que podría haber acabado con el orden mundial, y haber sumido al orbe en el caos económico. En sentido práctico inmediato, tranquiliza a su vecino y lo pone en su lugar. Habiendo así sacado las castañas con la mano del gato, podrá seguir con su sutil política expansiva: dominar el Asia Interior (el proyecto “Nueva Ruta de la Seda”), desviar toda atención de su nueva etapa de modernización, sujeción total e irreversible del Tíbet, más la expansión por el Sur de Asia, tema que ya explicamos en una entrega anterior en esta misma revista.

Nada es nuevo en China. Esas jugadas fueron hechas muchas otras veces. Magnánimos, celestiales y venerables emperadores, como el divino Wu Han, intervino en guerras extranjeras y castigó con dureza a los contrincantes. Es lo que relata el historiador chino Ssu-ma Chien o Sima Qian (145–86 a.C.). Y continúa: “… y tras derrotarlos ignominiosamente, les ofreció su mano y los abrazó como hijos”. Finalmente se los tragó, incluyendo a esos pueblos y naciones dentro del concierto imperial.

Hoy, mientras redoblan los tambores de guerra en todo el vecindario, estoy informado que en China se ha endurecido al máximo el control sobre la web y todas las redes sociales; hay un férreo control sobre noticias e informaciones. Por otro lado, los desastres de varios tipos que han golpeado a los Estados Unidos podría, incluso, crear el mejor escenario para que se celebre la gran pelea (volviendo a nuestros ejemplo boxeril inicial). Sin embargo, mi apuesta es que esta será un gran tongo, una completa farsa. Entonces, tras alcanzar la cumbre de todas sus bravatas, Kim Jong-un se desinflará con tal vez algo de pena y quizás alguna gloria. Y, dentro de un año, nadie se acordará mucho de los días de las provocaciones e intimidaciones. El canje de favores se habrá logrado.

 

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