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EDICIÓN | Septiembre 2017

Vocacion

Andrea Gleisner, endocrinóloga infantil
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En una época en que no había insumos para diabéticos ni endocrinólogos infantiles que vieran diabetes en Concepción, Andrea Gleisner decidió tomar ese camino por un llamado de su vocación como médico que ve una necesidad en la población. Hoy lleva más de treinta años colaborando activamente, y desde su origen, en la Corporación de Ayuda al Niño y Adolescente Diabético.

Por Soledad Posada M. / Fotografías: Sonja San Martín D.

En 1983, la pediatra, especialista en endocrinología infantil y diabetes, Andrea Gleisner, asumió el desafío de ser la doctora que la Corporación de Ayuda al Niño y Adolescente Diabético necesitaba para empezar a funcionar. Compromiso que Andrea asumió desde el día uno hasta hoy, asistiendo a reuniones, campamentos, charlas, donde interactúa con los pacientes de diabetes tipo 1, insulinodependientes, para que aprendan a vivir una vida normal a pesar de su enfermedad.

 

Entre los procesos que deben aprender estos pacientes figuran el ordenarse con las comidas, aprender a tomarse la glicemia, interpretar la glicemia y dosificar la insulina, entre otros. El desafío es tener diabetes insulinodependiente sin llegar a sufrir los padecimientos de la diabetes, como insuficiencia renal, ceguera, etc. Todo esto se puede evitar, si se controla.

 

El tratamiento consiste en la educación de niños y padres, sobre insulina y el uso de la tecnología actual. “Los niños deben ser lo más independientes posible, deben aprender a controlarse. Lo principal es asumir una real dimensión de lo que es la diabetes. Una enfermedad complicada, de preocupación diaria, aprendizaje y educación dentro del funcionamiento familiar y que será parte de la vida”, comenta Andrea.

 

RECOMPENSA

 

“Se puede ser un adulto normal”, afirma Andrea. El primer niño diagnosticado con diabetes en Concepción, de un año once meses, hoy es profesor, deportista y padre. “Logró superar la etapa difícil de la adolescencia, donde la rebeldía propia hace que algunos dejen el tratamiento por un tiempo, y las consecuencias de ese vacío se verán más adelante”.

 

Andrea tiene la esperanza que llegue alguien con tiempo y dedicación que la reemplace en el futuro, porque en esta labor se justifica el hecho de ser médico, y para ella, la misión debe ser ayudar a los pacientes. “La recompensa es ver cambios en un paciente, niños más alegres y mamás aceptando la diabetes de sus hijos. El desafío es ampliar nuestra visión de mundo, para aceptar en la sociedad a las personas con enfermedades”.

 

Andrea, además, ha sido docente por más de treinta años en la Facultad de Medicina de la Universidad de Concepción, y trabaja para el Servicio de Salud, en el Hospital Regional.

 

¿Cómo fue tu infancia?

Mi infancia fue muy feliz, positiva, con padres siempre presentes y respetuosos. Fui parte de un grupo familiar en que se compartían alegrías y responsabilidades. Una vida sencilla, con deportes simples ligados a la naturaleza.

¿Por qué estudiaste medicina?

Difícil pregunta; muchos egresamos muy jóvenes de la enseñanza media y sólo tenemos una idea muy vaga sobre la famosa “vocación”: la mayoría tenemos una inclinación aproximada sobre el área que más nos interesa: letras, biología, matemáticas o artes. En mi caso era el área biológica, y el contacto con personas me parecía interesante. La verdad es que tuve suerte, el trabajo como médico pediatra me llenó la vida: el estudio, la docencia y el trabajo diario siempre despertaron mi interés por cumplir con honestidad lo mejor posible. La vida como médico nos enseña a valorar la salud, algo que a todos nos parece normal y sólo nos damos cuenta cuando nos enfermamos. Ver a un niño sonreír es muy gratificante y justifica todo esfuerzo.

CORPORACIÓN

¿Qué te impulsa a estar más de treinta años colaborando desinteresadamente en la corporación?

El médico tiene muchas posibilidades para elegir el rubro que más llena su vocación: investigación, laboratorio o clínica. La clínica es la atención directa del paciente y su familia, y en todas las especialidades existen enfermedades crónicas. Mi vocación era claramente la pediatría, y en el momento de definir mi subespecialidad entre los requerimientos locales estaba la endocrinología y diabetes. Coincide con que ese año el tratamiento de la Diabetes mellitus tipo 1 (autoinmune, insulinodependiente), toma un gran vuelco en Chile: de ser un tratamiento basado en las indicaciones del médico, se transforma en una enfermedad en que el paciente debe asumir su autocontrol.

¿Cómo se logra un buen control?

Si el paciente y su familia desean un buen control, deben realizar múltiples glicemias capilares, evaluar los contenidos de hidratos de carbono de los alimentos y luego ajustar la dosis de insulina a sus requerimientos. Es decir, el médico sugiere las dosis de insulina a usar, y el paciente decide cuánto le corresponde en cada ocasión. El equipo de salud —integrado por enfermera, nutricionista y sicólogo— debe mantener sus conocimientos actualizados y transmitirlos de la mejor forma posible al paciente y su familia. En la corporación, trabajamos con un equipo de personas voluntarias motivadas por acoger a los recién diagnosticados y proporcionarles una red de apoyo. Entre las actividades durante el año están las actividades lúdicas para los niños, los talleres de capacitación para monitores y padres, charlas, sesiones familiares y el “campamento de verano”.

¿Para qué sirven los campamentos?

Los campamentos son una instancia educativa muy eficaz, ya que los niños y adolescentes aprenden en un ambiente entretenido y adaptado al mundo de ellos. Es una semana en que los normales son ellos y los raros somos los profesionales no diabéticos. Es la oportunidad para asumir su condición, expresar sus angustias, compartir sus experiencias y hacer nuevos amigos que comprenderán sus necesidades durante todo el año.

Si no existiera la corporación, ¿qué pasaría con los niños diabéticos?

Estas instituciones son indispensables para ayudar a las familias a asumir esta condición que acompañará al niño durante toda su vida. Hay países en que estos campamentos son parte obligatoria del tratamiento, son instancias en que el menor asume la responsabilidad de su control, lo cual le permitirá tener una vida normal tanto en la casa, como en el colegio, durante el deporte, giras escolares, estudios profesionales en otras ciudades y formar su propia familia.

¿Qué sientes cuando ves convertidos en adultos, sin mayores problemas médicos, a los que eran niños cuando empezó la corporación?

La idea de participar en la corporación es entregar las herramientas necesarias para “vivir con diabetes” y no “para la diabetes”. Hoy día la investigación y las políticas del Ministerio de Salud permiten el acceso a las tecnologías de punta, como lo son la bomba de infusión continua de insulina con monitoreo las veinticuatro horas del día, herramientas que sin duda permiten un control óptimo. Para mí es una alegría ver que muchos jóvenes logran una vida plena familiar y profesional y tienen como meta una diabetes sin complicaciones. 

 

“La vida como médico nos enseña a valorar la salud, algo que a todos nos parece normal y sólo nos damos cuenta cuando nos enfermamos. Ver a un niño sonreír es muy gratificante y justifica todo esfuerzo”.

“La idea de participar en la corporación es entregar las herramientas necesarias para “vivir con diabetes” y no “para la diabetes”. Para mí es una alegría ver que muchos jóvenes logran una vida plena familiar y profesional y tienen como meta una diabetes sin complicaciones”. 

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