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EDICIÓN | Septiembre 2017

EN EL PAIS DEL DRAGON

BUTAN

Visitamos el reino de Bután, situado en pleno Himalaya, entre India y China, y que con un pequeño territorio y solo setecientos mil habitantes, constituye un lugar único en el mundo.

Texto y fotos: Rodrigo Ponce V.

Hace muchos años cayó en mis manos un libro de la profesora canadiense Jamie Zeppa, quien relataba, en primera persona, su experiencia de vida en Bután, donde había llegado como parte de un programa de colaboración internacional de su universidad. En el país del dragón, se titula dicho libro. Fue la primera vez que supe de la existencia de este reino y me propuse visitarlo, de manera casi “obligatoria”.

Existe poca información sobre el reino de Bután y menos aún personas que hayan estado ahí. Caras de duda y sorpresa, pero sobre todo de interrogación, vi cuando contaba que planeaba ir hacia allá. Había estado hace algunos años recorriendo los Himalayas de Nepal, pero no había conseguido cumplir con mi determinación; y en este nuevo viaje a Nepal logré por fin aterrizar también en territorio butanés, o como ellos le llaman, La Tierra del Druk o La Tierra del Dragón Blanco.

El pequeño reino de Bután está situado en Asia, más precisamente entre China e India, habitado por poco más de setecientas mil personas, étnicamente de origen tibetano. Posee desde hace algunos años un sistema de monarquía constitucional, siendo en estos días el rey Jigme Khesar Namgyel Wanchuk quien dirige al país, con bastante éxito, y cuenta con el cariño y aprobación de sus súbditos; es común ver fotos e imágenes, de todos los tamaños posibles, en lugares públicos y carreteras con  la imagen de la familia real, que la completa la reina, el príncipe heredero y la reina madre.

Hasta el año 1974, el reino tuvo sus fronteras cerradas al turismo, pudiendo ingresar sólo invitados oficiales del rey; hoy el turismo constituye una importante fuente de ingresos, pero de todos modos se encuentra bastante controlado, pues además de requerir una visa de entrada, el visitante cuenta con permisos específicos de desplazamiento y es chequeado constantemente en la carretera en puntos de control especialmente establecidos para ello. En mi caso, el permiso detallaba exactamente las ciudades que podía visitar y la cantidad de días que tenía para hacerlo. Junto con el turismo, la otra fuente principal de ingresos es la generación hidroeléctrica, siendo India el cliente principal de dicha energía.

Bután es, definitivamente, un lugar distinto y fuera de lo común, por diversas razones. Lo primero que llama la atención al llegar es, por un lado, la limpieza y orden de sus calles (desde el aeropuerto hasta el río, todo luce impecable); la amabilidad y sonrisas de su gente, por otro, hacen que desde la llegada el visitante se maraville con el lugar. El butanés es educado y de risa fácil y, sobre todo, bastante orgulloso de serlo. Se saben distintos y originales. Prácticamente todas la personas usan la vestimenta tradicional: los hombres llevan el Gho, una especie de bata hasta las rodillas, de tela fina de distintos diseños (a rayas, a cuadros, etc.), mangas blancas, calcetines negros largos y mocasines o zapatos (asombro al menos es lo que sentí recién llegado, caminando cerro arriba, hasta los 3.100 mt, y ver a mi guía usando mocasines, que, además, parecían ingleses o italianos); las mujeres usan la Kira, consistente en vestido largo y blusa y otros adornos como pañuelos y telas. En todos los lugares oficiales es obligatorio su uso y en templos los hombres, además, llevan una especie de bufanda blanca sobre los hombros y brazos. Todos los niños usan lo mismo, además, y si se visita un colegio no se ven ni uniformes ni otro tipo de ropa. Cabe destacar que la educación primaria y secundaria son gratuitas, y que para la universitaria existen becas y ayudas del gobierno. La salud, asimismo, también es gratis para todos en los hospitales del país, y si por un tema de complejidad y gravedad hubiera que trasladar al extranjero a un butanés, el gobierno cofinancia ese gasto. No existen muchas diferencias sociales ni de ingresos y el trabajo no escasea. No resulta difícil entender entonces la conformidad de la gente con su rey y gobierno.

La originalidad no se queda ahí: Bután es un país orgánico. La agricultura prescinde del uso de químicos y pesticidas, y se procura reutilizar los desechos. Se mantiene todo muy limpio y se incentiva el reciclaje. La comida es principalmente arroz, papas, huevos y verduras. Y pollo. Cuando pregunto cómo siendo un país budista comen pollo, mi guía zanja la duda de forma categórica: los comemos, pero no los matamos. Los matan en la India y nosotros los importamos. ¡Somos budistas, no podemos matar! Tengo que admitir que la lógica es implacable.

El único aeropuerto se encuentra en la ciudad de Paro, donde aterrizo no sin algún sobresalto, pues la pista es bastante corta y se encuentra rodeada de cerros (recordemos que Bután se encuentra en medio de los Himalayas, la cadena montañosa más alta del mundo). En las cercanías de esta ciudad, y prácticamente colgando de una montaña rocosa de paredes verticales, visitamos Taktsang, El Nido del Tigre, acaso el templo más conocido del reino. Cuenta la historia que su constructor y fundador, Guru Rimpoché, llegó montado en un tigre volador (de ahí el nombre) y erigió el templo en este lugar casi inaccesible, por sobre los 3.000 mt. Está dividido internamente en nueve recintos, donde se pueden apreciar (y eventualmente participar) ceremonias budistas de cantos y rezos; aprovecho además de tomar y rociar mi cabeza con agua bendita (nunca está de más). Y antes de irme, bajo por estrechos pasadizos y escaleras de madera a una cueva donde se realizan retiros de oración y que es, ni más ni menos, el nido del tigre.

Nos desplazamos luego a Timphu, la capital, habitada por alrededor de sesenta mil personas. Todas las ciudades cuentan con una fortaleza, que es el edificio principal de la ciudad, usualmente de unos cuatro pisos de alto y al menos setecientos años de antigüedad. En su interior se ubican, al mismo tiempo, las oficinas administrativas de la ciudad y un monasterio; así, conviven en ellas funcionarios ataviados con sus trajes típicos y monjes de distintas edades. Todo en ellas sorprende, desde su arquitectura hasta sus pinturas en paredes, pasando por los cantos de los monjes; todo muy bien cuidado y resguardado, y todo muy bien controlado para su protección. En el caso de Timphu, la fortaleza data del año 1362.

Visito también Punakha, la antigua capital, y otras ciudades menores como Gantey, Trongsa, Wangduephodrang. Cada una tiene su encanto, cada una tiene su fortaleza. Todo el paisaje en esta áera es boscoso, abrupto. Afinando el ojo se ven monos deambulando entre lo árboles y muchas aves. Hay bastantes animales en Bután, pero el animal típico del reino es el takin, propio de este lugar, y que es bastante extaño. Nuevamente, la mejor explicación viene de mi guía: “lo que pasa es que el takin fue creado así: al santo tibetano Drukpa la gente le pidió un milagro y él, a cambio, pidió de comer una vaca y un carnero enteros; después de comérselos juntó todos los huesos y les dio vida y así nació el takin”. Observándolo, la historia parece bastante creíble.

Es usual oír esta clase de historias en Bután; no son leyendas, son historias. El Gurú Rimpoché nació, sin padre ni madre, a los ocho años dentro de una flor de loto (recordemos que el mismo Rimpoché llegó volando montado sobre un tigre al Nido del tigre). Drukpa creó al takin. Todos los puentes lucen banderas de oración, “para que sus mantras entren en el agua y beneficien a todos los serves vivos que viven en ellas o se aprovechen de ellas”.

Y así, en un lugar distinto y lleno de magia, nos encontramos con un concepto que ha llamado mucho la atención del mundo y que lo diferencia del resto de los países: el Indice Bruto de Felicidad (o felicidad interna bruta, o NGH —National Gross Hapiness— por sus siglas en inglés). De manera simple, significa que en el reino de Bután la riqueza se mide no sólo por el PIB, sino por este índice de felicidad, que se puede resumir así: el verdadero desarrollo humano debe ser material y espiritual, siendo sus pilares el desarrollo socioeconómico sostenible e igualitario, la preservación y promoción de valores culturales, la conservación del medio ambiente y el buen gobierno. Esos son los cuatro pilares de medición y son lo que hacen, sin duda, de este reino un lugar diferente. Se nota en su gente, en su cultura, en el respeto por sus tradiciones y la solidaridad y compasión por sus semejantes. Y por todo ser vivo, sin duda.

Paso mi última noche en Punakha. Me visita inesperadamente un ratón en mi habitación, a vista y paciencia de cuatro gatos; comento riendo que los gatos parece que no hacen su trabajo, pero mi guía, Chakka, riendo también, me corrige: “¡no son flojos, son budistas! Por eso no matan ratones”.

Me subo a mi avión a hélice que me lleva de vuelta a Nepal, para empezar el largo regreso a casa. La aerolínea se llama Druk Air y su emblema es —obviamente— un dragón, pintado en la cola del avión. Sobrevuelo el Himalaya, por encima del Makalu, Everest y Lhotse, entre otros muchos otros gigantes de piedra, e imagino al Gurú Rimpoché volando en sentido contrario montado en un tigre volador. Por alguna razón no es difícil imaginarlo. Es la tierra del Druk.

 

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